– Monsieur Duponte, entre las extravagancias de la prensa, es improbable que haya muchos artículos más que se hayan ocupado de la muerte de Poe.
Duponte me alargó mi cuaderno de notas y luego tamborileó sobre el gran cartapacio de los recortes.
– Monsieur Clark, yo no necesito precisamente esos artículos, sino los periódicos de los que fueron recortados. Y tal vez los números de esos periódicos de una semana antes y otra después de cada artículo.
– Pero yo examiné los periódicos enteros siempre que me fue posible, en busca de la mínima referencia al poeta en la columna más escondida, incluso la simple mención de su nombre. Le aseguro que ésos fueron los únicos artículos relativos a Poe que se pueden encontrar.
– ¡Será zopenco! -se lamentó, suspirando.
Supongo que es imposible dar cuenta de su actitud sin conocerlo personalmente, pero yo me había ido acostumbrando a las frecuentes exclamaciones de este tipo proferidas por Duponte, las cuales yo ya no interpretaba como insultos.
Duponte prosiguió:
– Los recortes no bastan, monsieur. Tan revelador es lo que rodea la información como la información misma. Pase por alto las columnas que hacen palpitar de emoción el corazón del vulgo, léalo todo además de eso, y aprenderá mucho. Usted ha sacrificado una gran porción de inteligencia en cada artículo al separarlo de la página donde venía.
A decir verdad, era difícil reprimirse de manifestar incomodidad ante el ritmo que llevaba Duponte. Supongo que yo debería haberlo previsto. Poe había reconocido las exigencias de una inteligencia tan compleja. En sus cuentos, C. Auguste Dupin emprende meticulosas revisiones de informaciones de prensa sobre los crímenes de que se trata, antes de aventurarse a resolver los casos.
Pero había una diferencia, en lo que a tiempo se refiere, entre esos relatos literarios y nuestra empresa: nosotros no estábamos solos. Del fondo de mi mente surgía, en toda ocasión, la fantasmal imagen de mi raptor, Dupin. (Comprobando esta frase, advierto que no debería escribir «Dupin» así, porque entonces pienso automáticamente en el C. Auguste Dupin de los cuentos de Poe. Aunque haga más gasto de tinta, pondré «Claude Dupin» o «barón Dupin».) En ocasiones, incluso creí ver su rostro en una ventana abierta, entre la multitud de la calle Baltimore, sonriéndome astutamente. ¿De veras había venido el barón a América, o su anuncio fue un engaño para confundir a sus acreedores de París?
Empecé a reunir todos los periódicos que Duponte había pedido. El imponente edificio del Baltimore Sun había sido la primera estructura de hierro de la ciudad. Aunque algunos consideraban hermosa la construcción de cinco plantas, ese término resultaba inadecuado. Imponente: eso era lo que uno pensaba mientras caminaba a través de los despachos del periódico, con las prensas y las máquinas de vapor silbando abajo, en el sótano, transmitiendo calor a las botas; y al sentir la crepitante maquinaria del telégrafo como una lluvia que cayera del techo del segundo piso. Uno se encontraba en medio de algo poderoso, algo que satisfacía a nuestros ciudadanos.
Visité también los competidores del Baltimore Sun, los periódicos whigs Patriot y American, así como los de tendencia demócrata) como el Clipper y el Daily Argus, y gradualmente aporté a Duponte todo cuanto había solicitado de Baltimore. Luego empecé a buscar en el ateneo más material de otros estados y cualesquiera nuevas noticias acerca de Poe.
No había avisado a Hattie ni a Peter de mi regreso. La prohibición que la tía Blum impuso a Hattie de que me escribiera persistió durante mi estancia en París. En sus últimas y escasas cartas, Peter decía poco de Hattie o de cualquier otro asunto de interés, pero aludió a ciertas cuestiones delicadas de negocios sobre las que necesitaba hablarme. Yo sentía un fuerte deseo de comunicarme con ambos. Pero era como si el mundo ajeno a mi relación con Duponte hubiera quedado en suspenso; como si me hubiera visto atrapado en un universo hecho tan sólo de la mente de Duponte y de sus ideas, y no pudiera recuperar mi lugar habitual en tanto la tarea emprendida no finalizara.
Aunque mi estancia en el extranjero se prolongó tan sólo una temporada, advertí con percepción agudizada todos los cambios ocurridos en Baltimore. La ciudad iba creciendo de día en día, o ésa era la impresión que daba. Por todas partes había cascotes, escaleras de mano, viguetas y útiles de construcción. Almacenes de cinco pisos habían superado en altura las viejas mansiones. Todo eso llevaba el marchamo de la novedad, como el polvo de las obras, que extendía una opaca palidez sobre la ciudad. Pero había algo más que no sé cómo definir. Insatisfacción. Melancólica inquietud. Eso es lo que se percibía yendo por la calle.
En la sala de lectura del ateneo me senté a una mesa, con mi cuaderno de notas, y abrí un periódico. Recorrí las columnas, deteniéndome varias veces para estudiar algún fragmento interesante de noticias que se hubieran producido en mi ausencia. Entonces lo vi. Mi corazón se aceleró a causa de la sorpresa, el alborozo y el temor. No hubiera sido capaz de concretar cuál de esas sensaciones era la dominante. Pasé al siguiente periódico, y luego a otro. No se trataba de una mención suelta en las últimas páginas. No. ¡Había menciones por doquier! ¡Todos los diarios publicaban algún comentario sobre la muerte de Poe! Quedaban muchos detalles por aclarar acerca de las misteriosas circunstancias del fallecimiento del poeta, escribía el Clipper. «El tema predilecto de conversación en los círculos literarios ha sido la muerte de aquel hombre melancólico que fue Edgar A. Poe», decía un semanario de a dólar. El escritor era al mismo tiempo un ser extraño y temeroso.
Los artículos apenas aportaban detalles concretos. En lugar de eso, cada página era como un repartidor de prensa que voceara ad infinitum algún ahorcamiento sensacional, pero sin explicar los antecedentes.
Me apresuré hacia la entrada de la sala, donde se sentaba el anciano empleado. Otro usuario de la sala de lectura se encontraba al otro lado del escritorio, pero como no se dirigía al empleado, lo hice yo.
– ¿Qué es todo eso a propósito de Edgar Poe? ¿Qué ha sucedido? -pregunté.
– Señor Clark -respondió el empleado mirándome con gran interés-, ¡ha estado usted ausente mucho tiempo!
– No hace tantos meses, mi buen señor, apenas se manifestaba interés alguno por la muerte de Edgar Poe. Ahora es un tema que aparece en las columnas de todos los periódicos.
El empleado parecía dispuesto a contestar, cuando fuimos interrumpidos.
– ¡Sí, sí!
Ambos nos volvimos al otro lector, en el que yo me había fijado. Era un hombre corpulento, con cejas como de alambre. Antes de continuar sepultó su enorme nariz en un pañuelo.
– También yo lo he leído -dijo adoptando un tono de familiaridad y propinándome un suave codazo, como si hubiéramos comido en el mismo pesebre.
Lo miré inexpresivamente.
– ¡La muerte de Poe! -continuó-. ¿No es maravilloso?
Estudié al desconocido.
– ¿Maravilloso?
– Desde luego -replicó con suspicacia-. ¿Considera usted a Poe un genio, caballero?
– ¡Y en el más alto grado!
– ¿De veras cree usted que no se ha escrito en el mundo mejor prosa que «El escarabajo de oro»?
– Tan sólo lo supera «Un descenso al Maelstróm» -respondí.
– Bien, pues entonces ¿no es maravilloso que finalmente reciba la atención que merece de los redactores de periódicos? Quiero decir, la tristísima muerte de Poe.
Se llevó la mano al sombrero, saludando al empleado, y luego abandonó la sala de lectura.
– Decía usted… ¿Qué es lo que ha llamado su atención? -me preguntó el empleado.