– ¿Por qué los periódicos…? -Mis pensamientos se perdieron en el recuerdo de lo que el otro hombre acababa de decir. Pregunté señalando la puerta-: ¿Quién era ese caballero que estaba ahí delante y que acaba de despedirse?
El empleado no lo sabía. Me excusé y corrí hasta la esquina de la calle Saratoga, pero no había rastro de él.
Me impresionó tanto esa combinación de fenómenos -los periódicos, el extraño entusiasta de Poe, la inquietud que parecía aquejar a la ciudad-, que al principio no presté mucha atención a una mujer mofletuda y de cabello plateado, sentada en un banco no lejos del ateneo. Estaba leyendo ¡un libro de poemas de Edgar A. Poe! En este punto podría decir que yo disponía de una ventaja única de observación. Habiendo adquirido todos los volúmenes publicados de los escritos de Poe, era capaz de reconocer las ediciones a gran distancia por pequeños detalles de su aspecto, tamaño y grabados, únicos y propios de cada uno. Supongo que mi orgullo no podía ser mucho porque no abundaban las colecciones. A Poe no le gustaban las pocas que había. «Los editores timan -se lamentaba en una de las cartas que me dirigió-. Estar controlado es estar arruinado. Estoy decidido a ser mi propio editor.» Pero eso no llegó a suceder. Su situación financiera era un desastre, y la prensa periódica seguía retribuyéndole miserablemente por sus escritos.
Permanecí de pie vigilando el banco de la mujer y la observé enderezar el dedo para pasar las páginas con las puntas dobladas y manchadas. Ella no advirtió mi presencia, tan ensimismada estaba en las páginas finales del cuento, las del sublime hundimiento de «La caída de la Casa Usher». Antes de que me diera cuenta, había cerrado el libro, con aire de honda satisfacción, y se escabulló como si huyera de las ruinas del desmoronamiento de los Usher.
Decidí indagar en una librería próxima sí el debate sobre Poe había atraído más público. Era uno de los establecimientos con menos probabilidades de Henar sus anaqueles con cajas de cigarros, retratos de indios y cualquier cosa que no fueran libros, lo cual se había convertido en una creciente tendencia de esos comercios desde que cada vez más personas adquirían los libros por suscripción. Me demoraba en el vestíbulo principal cuando vi a otra mujer mientras cometía el más insólito de los delitos.
Estaba subida a una de las escaleras de mano de la tienda, empleadas para examinar el contenido de las estanterías más altas. El delito, si así puede llamarse, no era la sustracción de un libro, lo cual ya hubiera resultado bastante digno de señalar y extraño, sino la colocación en el anaquel de un libro sacado de entre los pliegues de su mantón. Luego subió al siguiente peldaño de la escalera y añadió otro libro a los expuestos, extraído también del mantón. La mujer quedaba oscurecida a mi vista por el resplandor que entraba por la amplia claraboya, pero sí pude ver que llevaba un bonito vestido y un sombrero. No era una de las vistosas mariposas que se encontraba uno paseando por la calle Baltimore. Su nuca hacía presagiar una piel dorada, como también la porción de brazo que dejaba ver su guante. Bajó de la escalera y se dirigió a una hilera de estanterías. Avancé por el pasillo que se extendía paralelamente a aquélla y la encontré aguardando en el extremo.
– Es de mala educación -dijo en francés, con un fruncimiento de sus labios recorridos por una cicatriz- que un hombre se quede mirando fijamente.
– ¡Bonjour! -Mi antigua captora en la fortaleza de París, la compatriota del barón Dupin, se encontraba delante de mí-. Mis excusas. En ocasiones parece que me quedo con la mirada fija, como si estuviera ido, ¿sabe?
Pero aquélla no había sido una de mis miradas ensimismadas. Su belleza letal volvió a mostrarse en cuanto me echó la vista encima, y yo me dediqué a mirar a todas partes para romper su dominio sobre mí. Tras recuperarme, dije en un susurro:
– ¿Qué diablos está usted haciendo?
Sonrió como si aquello fuera lo más evidente.
Subí unos pocos peldaños de la escalera en la que la había visto encaramada, y saqué el libro que ella había colocado en el estante. Era una edición de los cuentos de Poe.
– Es lo contrario de lo que acostumbro: poner cosas valiosas en un lugar.
Se echó a reír con alegría infantil ante esa idea. Cuando sonreía adoptaba el aspecto de una niña, en particular ahora, que se había cortado mucho el cabello.
– ¿Valiosas? ¡Éstas sólo son valiosas para lectores capaces de apreciar a Poe! -dije-. ¿Y por qué pone los libros tan arriba, donde son difíciles de encontrar?
– A la gente le gusta esforzarse para alcanzar algo, monsieur Quentin.
– Usted ha hecho esto por orden del barón Dupin. ¿Dónde está él?
– Ha empezado a trabajar para resolver la muerte de Poe. Y lo logrará.
La cabeza, me daba vueltas.
– ¡Él no tiene nada que ver con esto! ¡No tiene nada que hacer aquí!
– Considere esto una suerte -replicó ella crípticamente.
– Yo no considero una suerte que utilice este asunto tan serio para divertirse y lucrarse.
– Pues ha encontrado una actividad más útil que asesinarlo a usted.
– ¿Asesinarme a mí? -Traté de que mi voz sonara cortés-. ¿Y por qué habría de hacerlo?
– Cuando usted escribió sus cartas al barón Dupin, se refirió por extenso a la necesidad urgente de ayuda para desentrañar la muerte del añorado señor Poe. «El mayor genio conocido, según las publicaciones literarias americanas, y cuya desaparición se lamentará siempre», etcétera.
Aquello era una repetición literal de mi manera de pensar.
– Imagine la sorpresa del barón cuando llegamos aquí, a Baltimore, hace unas semanas. Ninguna dama lamentándose de la desaparición del pobre Poe. Ningún tumulto demandando justicia para el poeta. Fueron pocas las personas que pudimos encontrar que supieran con detalle quién fue Edgar Poe, aparte decir que se trataba de un escritor de fantasías extrañas para el vulgo. La mayoría ignoraba, desde luego, que el tal monsieur Poe había pasado a mejor vida.
– Es cierto -admití en tono de desafío-. Son muchos, mademoiselle, los que mostrarán recelo e indiferencia hacia el genio, y la singularidad de Poe lo convierte en un blanco apropiado para eso. ¿Y qué pasa?
– El barón Dupin ha venido a dar respuesta a la demanda de aclarar la muerte de Poe. ¡Y aquí no se aprecia demanda alguna!
Guardé silencio. Supongo que no podía argumentar en contra de la frustración del barón, pues yo mismo había experimentado idéntico sentimiento.
– Me habrá culpado a mí -murmuré.
– Bueno, no imagine que mi amo se muestra muy indulgente con usted. En realidad, al comprobar que hemos viajado muy lejos y con gran gasto sin ninguna finalidad, el barón no tardó en ponerse furioso.
Creo que debí de mostrar aprensión, porque ella sonrió.
– No tema nada, monsieur Quentin -dijo, pero por alguna razón su sonrisa me hizo sentir menos seguro. Quizá se debía a la cicatriz que le dividía en dos la boca-. No creo que esté usted expuesto a alguna amenaza… de momento. Sin duda ha visto lo que ha ocurrido últimamente con el reconocimiento de Poe en su ciudad.
– ¿Se refiere a los periódicos? -Y empecé a sacar conclusiones-. ¿Tienen ustedes algo que ver con eso?
Se explicó. En primer lugar, el barón insertó anuncios en todos los periódicos de la ciudad, ofreciendo sustanciosas recompensas n cambio de «información vital» sobre la «misteriosa y desdichado muerte» del poeta Poe. Realmente no esperaba recibir en seguida noticias de testigos. Antes bien, los anuncios sirvieron para su verdadero propósito: suscitar preguntas. Los redactores de los periódicos se emocionaron y siguieron su camino. Ahora la gente clamaba por más y más Poe.
– Estamos contribuyendo a avivar la imaginación del público -dijo Bonjour-. Creo que los libros de Poe han conocido ahora Un auge de ventas.