Volví a pensar en la mujer del parque…, en el entusiasta de Poe en la sala de lectura…, y en Bonjour plantando libros para que más personas pudieran encontrarlos.
Se volvió para marcharse, pero la retuve. Si alguien nos estuviera mirando, con mi mano envolviendo la muñeca enguantada de una joven, se suscitaría un pequeño escándalo que se propagaría a la velocidad del telégrafo hasta llegar a oídos de la tía de Hattie Blum. En Baltimore, las frescas brisas del norte se sumaban a la rígida etiqueta del sur, y eso daba lugar al cotilleo.
Fue un impulso doble lo que me hizo tomarla de la mano. En primer lugar, me cautivaba una vez más su descuidada belleza, tan sorprendentemente transformada en Baltimore, tan distinta de la apariencia normal de las jóvenes locales, como salidas de un figurín. En segundo lugar, ella podía saber algo de la muerte de Poe. Tercero -pues supongo que el impulso podría considerarse triple-, yo sabía que en el lugar de donde procedía, París, tocar la mano de una dama era un gesto que pasaba casi inadvertido, y eso me animó. Pero sus ojos me miraron echando fuego, y con un suspiro aparté mi mano.
Me resulta difícil describir la sensación que me invadió al contacto, siquiera momentáneo, con aquella dama. Era la sensación de que en un momento dado podía verme transportado a cualquier lugar del mundo, a la vida de cualquiera, casi como si no hubiera restricción alguna para mi cuerpo; era en cierto modo un sentimiento espiritual, un sentimiento tan ligero como una estrella en el firmamento.
En cuanto la hube soltado, en medio de los anaqueles de libros y para mi sorpresa, sus manos se alzaron hacia mí y me aferraron con mucha más firmeza que la que yo empleé con ella. No pude desprenderme de sus dedos en mis manos, y permanecimos de pie mirándonos cara a cara largo rato.
– ¡Caballero! ¡Aparte la mano, haga el favor! -exclamó en un tono ultrajado y virginal.
Su exclamación atrajo las inquisitivas miradas, como los ojos de Argos, de cuantos se hallaban en la tienda, sentados a cada mesa y en cada banco. Una vez me hubo soltado, traté de parecer que me entretenía mirando distraídamente los libros que tenía más a mano. Para cuando las miradas se apartaron, ella ya se había marchado. Eché a correr a la calle y la localicé, con la parte posterior de la cabeza protegida ahora por una sombrilla de rayas.
– ¡Alto! -grité, apresurándome a colocarme a su lado-. Sé que sus intenciones son buenas. Se preocupó de mi seguridad cuando el tiroteo en las fortificaciones. ¡Me salvó la vida!
– Parecía usted dispuesto a ayudarme cuando creyó que el barón me obligaba a servirlo. Eso fue… -se mordió el labio inferior al pensar en aquello- inusual.
– Debe usted saber que este asunto es demasiado importante como para suscitar emociones baratas a través de los periódicos. Tienen que parar eso ahora mismo.
– ¿Cree que puede apartarnos de nuestra tarea con tanta facilidad? He leído algo de su amigo Poe. Parece que su arte consiste principalmente en decir cosas sencillas de una manera que las hace difíciles de comprender, y cosas triviales de una forma misteriosa que las hace parecer solemnes. -Bonjour se detuvo por un momento para mirarme. También yo me paré-. ¿Está usted enamorado, monsieur Clark?
Yo había dejado de concentrarme en Bonjour. Mi mirada se había posado en las inmediaciones, donde una mujer caminaba a buen paso por la acera. Tendría unos cuarenta años y era bastante atractiva. Mis ojos la siguieron calle abajo.
– ¿Está usted enamorado, monsieur? -repitió suavemente Bonjour, siguiendo el objeto de mi mirada.
– Esa mujer… Se parece mucho a la que vi acompañando a Neilson Poe, un primo de Edgar, ¿sabe?…
No hubiera querido dejar escapar aquellas palabras.
– Ah, ¿sí? -dijo Bonjour.
Su tono, más suave, me impulsó a concluir la frase.
– Se parece mucho a un retrato que vi de Virginia Poe, la difunta esposa de Poe.
Lo cierto era que el hecho de ver a aquella mujer parecía acercarme a la vida de Edgar Poe. Su figura pronto quedó bloqueada por la multitud. Entonces me di cuenta de que Bonjour ya no estaba a mi lado. Mirando en derredor, advertí que se estaba aproximando a la mujer, ¡a aquella copia de Virginia Poe!, y sentí ira contra mí mismo por haber revelado lo que sabía.
– ¡Señorita! -la llamó Bonjour-. ¡Señorita!
La mujer se volvió y se situó frente a Bonjour. Yo permanecí al margen, pues si bien no creía que la mujer me hubiera visto en la comisaría, deseaba mantenerme seguro.
– Oh, lo siento -dijo Bonjour, con un convincente acento sureño que imitaba el de algunas beldades a las que habría oído por la ciudad, y continuó-: Se parecía tanto a una dama a la que yo conocía…, pero me he equivocado. Quizá ha sido solamente por ese encantador gorro…
La mujer le dedicó una amable sonrisa y se dispuso a volver la espalda a Bonjour.
– ¡Pero es que se parece tanto a Virginia! -dijo ahora Bonjour como hablando para sí misma.
La mujer se volvió de nuevo.
– ¿Virginia? -preguntó con curiosidad.
Pude advertir una expresión de gozo extenderse por el rostro de Bonjour, al saber que había logrado su objetivo.
– Virginia Poe -dijo Bonjour adoptando un aire sombrío.
– Ah, ya -replicó la mujer en voz baja.
– Sólo la vi una vez, pero las aguas del Leteo nunca la borrarán de mi memoria -dijo Bonjour de corrido-. ¡Es usted tan hermosa como lo era ella!
La mujer bajó la vista ante el cumplido.
– Soy la esposa del señor Neilson Poe -se presentó-. Josephine. Me temo que nadie igualará nunca en hermosura a mi querida hermana.
– ¿Su hermana, señora?
– Sissy. Quiero decir Virginia Poe. Era mi hermanastra. Era toda coraje y seguridad en sí misma, incluso en su situación de debilidad. ¡Siempre que veo su retrato…!
Se detuvo, incapaz de seguir con el hilo de sus pensamientos. ¡Así que era aquello! Neilson estaba casado con la hermana de la difunta esposa de Edgar Poe. Tras algunas palabras de condolencia, caminaron juntas y Josephine Poe respondió tranquilamente a las preguntas sobre Sissy. Yo las seguí a corta distancia para escuchar.
– Una noche, en la época en que Edgar y Sissy residían felices en Filadelfia, en la calle Coates, Sissy cantaba acompañándose a su querido piano cuando se le rompió un vaso sanguíneo. Se derrumbó en mitad de la canción. Aquello fue como un preludio de su pérdida. Especialmente para Edgar. El invierno de su muerte se hallaban en una situación de pobreza tal que lo único que podía dar calor a Sissy en sus frías habitaciones era el gabán de Edgar, que la envolvía, y un gato color carey tendido sobre su regazo.
– ¿Y qué fue de su marido después?
– ¿Edgar? La oscilación entre la esperanza y la desesperación, durante tantos años, creo que lo condujo a la locura. Necesitaba la devoción de una mujer. Decía que no viviría un año más sin un amor verdadero y tierno. La gente dice que recorrió el país varias veces en busca de una esposa tras la muerte de Sissy, pero creo que su corazón seguía sangrando por ella. Pocas semanas antes de morir se comprometió para casarse de nuevo.
Las mujeres intercambiaron unas pocas palabras más antes de que Josephine se alejara con una graciosa despedida. Bonjour se volvió hacia mí y me dedicó una risita infantil.
– Muy mal le irá si se pone en contra del barón en uno de sus casos, monsieur Clark. Ya ve que no nos ocultamos en las sombras ni nos demoramos en pequeños detalles.
– ¡Por favor, mademoiselle! ¡Aquí, en Baltimore, en América, usted no tiene por qué mantenerse atada al barón y a sus planes! Yo escaparía de él cuanto antes. ¡Aquí no hay ataduras!
Manifestó interés abriendo mucho los ojos.
– ¿Aquí no hay esclavitud?