Выбрать главу

– Monsieur -le susurré, sentándome a mi vez-, debe usted decirme sin falta cómo conocía la contraseña para ser admitidos.

– La explicación es bien simple. No di la contraseña.

– ¡Mi querido Duponte! ¡Si fue como un «ábrete, sésamo»! Si esto hubiera sucedido dos siglos antes, lo hubieran quemado por brujo. ¡No puedo seguir sin que me ilustre sobre ese punto!

Duponte se frotó un ojo, como si se estuviera despertando.

– Monsieur Clark, ¿por qué hemos entrado en este edificio? -preguntó.

No me importaba actuar como un estudiante si aquello me procuraba respuestas.

– Para ver si el barón Dupin también había estado aquí, y saber qué andaba buscando esta noche antes de que nos topáramos con él.

– Tiene usted razón, toda la razón. Ahora, si usted fuera el dirigente de una asociación secreta o privada, ¿tendría interés en hablar con un visitante que diera la contraseña correcta, como la que dan todos los bobalicones y borrachos que usted ha visto en esta tasca, o preferiría hablar con una persona concreta que llega al lugar y, de forma temeraria, da una contraseña totalmente incorrecta?

Aquello lo dijo sin bajar la voz, dando lugar a que muchas cabezas se volvieran. Guardé un breve silencio, y luego admití:

– Supongo que lo segundo. ¿Quiere usted decir que inventó la frase, bien consciente de que estaba equivocada, y que por el hecho de estar equivocada hemos sido admitidos con tanta prontitud?

– Exactamente. «Dios rosado» era tan buena como otra. Podíamos haber escogido cualquiera, pues lo que interesaba era nuestro aspecto. Ellos sabían que no formábamos parte de su clientela habitual, pero eran conscientes de que estábamos muy interesados en entrar. Ahora bien; aceptadas esas suposiciones, si se consideraba que nuestro propósito podía ser agresivo, incluso violento, como debieron pensar inicialmente, preferían tenernos aquí dentro, rodeados por sus corpulentos compinches y con las armas de que puedan disponer, antes de que nos quedáramos abajo, donde tal vez imaginaban que nuestros amigos podían estar escondidos junto a la puerta de la calle. ¿No piensa usted igual? Desde luego que no buscamos una confrontación violenta. Estaremos aquí poco rato, y sólo necesitamos unos momentos para empezar a comprender qué interés movía al barón.

– Pero ¿cómo llegaremos hasta el dueño de esto?

– Él se nos acercará, si no me equivoco -respondió Duponte.

Al cabo de unos minutos, un hombre de aspecto paternal, con barba blanca, se plantó ante nosotros. El amenazador portero avanzó pesadamente hasta situarse al otro lado de donde estábamos, cerrándonos el paso. Nos levantamos. El primer hombre, en un tono más áspero del que cabía esperar por su aspecto, se presentó tan sólo como el presidente de los whigs del Distrito Cuarto, y preguntó por qué estábamos allí.

– Tan sólo para ayudarle a usted, señor -dijo Duponte haciendo una inclinación-. Creo que un caballero ha tratado de entrar aquí hace poco, probablemente ofreciendo dinero a su portero a cambio de información.

El propietario se volvió a su portero.

– ¿Es verdad eso, Tindley?

– Me puso delante bastante pasta, señor George -admitió mansamente el portero-. Al muy imbécil lo eché, señor.

– ¿Y qué preguntaba? -indagó Duponte.

Aunque mi compañero carecía de autoridad allí, el portero pareció olvidarlo, y respondió:

– Estaba ansioso por saber si habíamos intervenido en las elecciones de octubre de hace dos años, si nos camelábamos a los votantes y cosas así. Le dije que éramos un club privado whig y que haría bien en darme la contraseña o largarse.

– ¿Aceptaste su dinero? -preguntó el jefe en tono severo.

– ¡Pues claro que no! ¡Aquello no era trigo limpio, señor George!

El señor George dirigió una mirada malhumorada al portero por decir su nombre.

– Y ustedes dos ¿qué tienen que ver con eso? ¿Los han enviado los demócratas?

Pude ver que Duponte estaba satisfecho con lo que con tanta presteza se nos había revelado: qué clase de club era aquél, qué pretendía el barón y el nombre del dirigente de la sociedad. Ahora el rostro de Duponte se iluminó con una nueva idea.

– Yo vivo lejos de América y no podría distinguir a un whig de un demócrata. Hemos venido sólo a hacerles una advertencia amistosa -dijo Duponte, persuasivo-. Ese caballero que les ha visitado esta noche no quedará satisfecho con la respuesta de su portero. Creo que puedo ponerles en la pista de qué pretende ese truhán. Se propone enfrentarse a ustedes a propósito de los principios morales de su club.

– Ah, ¿es eso? -dijo el propietario, considerando la cuestión-. Bien, pues le agradezco de veras su preocupación. Ahora, ustedes dos será mejor que ahuequen el ala antes de que haya más líos aquí.

– A su disposición, señor George. -Y Duponte hizo una inclinación.

Capítulo 14

Al día siguiente, seguí presionando a Duponte para saber por qué se había apresurado a aceptar la petición del barón Dupin de evitar hablar con testigos. Se desataría ahora una carrera para reunir información, y no podríamos ponerle ninguna traba. Estaba ansioso por conocer los planes de Duponte para combatir al barón.

– Creo que usted intenta engañarme. Desde luego que hablará con personas que sepan algo de la última visita de Poe.

– Me mantendré completamente fiel a mi compromiso. No, no entrevistaré a esos testigos.

– ¿Por qué? El barón Dupin no ha hecho nada para merecer su compromiso. Ciertamente no ha hecho nada para buscar a testigos! ¿Cómo comprenderemos lo que le pasó a Poe si no podemos hablar con quienes lo vieron en persona?

– Sería inútil.

– Pero ¿no mantendrían frescos los recuerdos desde la época de la muerte de Poe, que aconteció hace sólo dos años?

– Sus recuerdos, monsieur, apenas los conservan hoy día, y el tan influidos por los relatos del barón. Él ha contaminado los periódicos y los cotilleos de Baltimore con sus sofismas y sus malas artes. Todos los testigos reales quedarán viciados, si no lo están ya, para cuando nos hallemos en condiciones de localizarlos.

– ¿Cree usted que mentirían?

– A propósito, no. Sus verdaderos recuerdos de aquellos sucesos, y los relatos que pueden hacer de ellos, irremediablemente se reconfigurarán según la imagen inducida por el barón. Es como si hubiera reclutado a sus testigos para un juicio y les hubiese pagado para declarar. No, con las aportaciones de esos testigos no podríamos ir mucho más allá de los hechos más básicos, y sospecho que reuniremos esa misma información en el curso natural de los acontecimientos.

Probablemente deducirán ustedes que Duponte era una persona ceremoniosa. Tienen razón y están equivocados. No se atenía a las normas de urbanidad ni prodigaba las afabilidades desprovistas de sentido. Fumaba cigarros dentro de la casa, sin cuidar de quién estaba en la habitación. Tendía a ignorarlo a uno si no había nada que decir, y a contestar con una palabra escueta cuando consideraba que era suficiente. En cierto modo era un amigo siempre a punto, pues se convertía en el compañero de uno sin los acostumbrados rituales y sin demandas de amistad. Sin embargo, se inclinaba y se sentaba siempre en una postura absolutamente correcta (aunque una vez de pie quedaba de manifiesto lo cargado de hombros que era). En sus tareas observaba el mayor rigor y seriedad. De hecho, conseguía que uno se sintiera muy incómodo si lo interrumpía mientras estaba ocupado. Podía tratarse de la acción más anodina imaginable, como remover unas gachas de avena, pero parecía que aquello era infinitamente más importante que cualquier cosa que uno tuviera que decirle y romper así su concentración, aunque la casa estuviera ardiendo a su alrededor.