Oh, sí, la gestión. Fui a ver a dos zánganos que me habían citado en relación con varias inversiones heredadas de mi padre. Debido a un aplazamiento de la prolongación del ferrocarril de Baltimore y Ohio hasta este último río, se vieron afectados varios de mis intereses, y enviaron un grueso portafolios con documentos que requerían una revisión por mi parte. Como es natural, tuve poco tiempo, con todo lo que estaba ocurriendo, para examinar muy meticulosamente aquellos papeles.
Aquella tarde me encontré de nuevo en las cercanías de donde fue descubierto Poe el 3 de octubre de 1849. Decidí dirigirme al establecimiento, el hotel Ryan's, donde Poe se había presentado en deplorables condiciones. Pensé en lo que yo hubiera podido hacer o decir en aquel momento para salvar a Poe o, al menos, para tranquilizarle en aquellos cruciales momentos, ahora hacía dos años.
Mi melancólica ensoñación se vio interrumpida por un grito a la vuelta de la esquina. No era algo que tuviera gran importancia en medio del ruido alocado de las calles de una ciudad como Baltimore, donde se oía el golpear de cascos de los coches de bomberos, y el continuo griterío no cesaba ni por las noches hasta que, en ocasiones, estallaba en disturbios entre compañías de bomberos rivales o contra grupos de extranjeros. Pero aquel grito solitario, crepitante como un aria de muerte en una ópera, me provocó auténticos escalofríos.
– ¡Reynolds…!
– ¡Reynolds…!
Fue la palabra que gritó Poe en el hospital cuando se estaba muriendo.
Recuerden ahora dónde escuché ese grito. Me hallaba ante el lugar desde el que Poe fue trasladado a su lecho de muerte en el hospital. Imaginen mi desorientación al pensar que, de repente, me veía involucrado en la vida de otro…, la muerte de otro.
Me deslicé hacia delante. ¡Y lo oí de nuevo!
Torcí para tomar la calle siguiente y me interné en las sombras de un estrecho pasaje entre dos edificios, acercándome al lugar de donde procedían los sonidos. Un hombre bajo, con gafas y levita, avanzaba directamente hacia mí, obligándome a retroceder de un salto. Ahora reconocí la voz del hombre que iba en su persecución.
– ¡Por qué, señor Reynolds! -tronó el perseguidor.
– Déjeme, haga el favor -replicó el hombre; bueno, ahora estamos en condiciones de decir replicó Reynolds.
– Buen señor -protestó el barón Dupin-, debo recordarle que yo soy un agente especial.
– ¿Agente especial? -repitió Reynolds en tono de duda.
– Para la mismísima corona británica -puntualizó patrióticamente el barón.
– ¡La corona británica! -exclamó Reynolds-. ¿Y por qué querría hostigarme? ¡Pues al infierno con la corona!
– La honda preocupación ¿es una especie de hostigamiento? Una cosa es completamente opuesta a la otra. Yo sólo quiero conocer toda la historia, para su protección.
El barón Dupin sonrió. Hablaba con su fogosidad habitual, y esta vez no llevaba su peludo disfraz.
– ¡Pero yo no tengo ninguna historia que contar!
– Usted no se da cuenta, pero sí la tiene. Mi querido Reynolds, hay círculos muy interesados en conocer el desarrollo de los acontecimientos ese día, como últimamente ya ha visto usted en los periódicos. Su reputación, su trabajo como carpintero, el buen nombre de su familia podrían peligrar si la verdad no se aclara cuanto antes. Usted estaba ese día en el Ryan's. Usted vio…
– Yo no vi nada -dijo Reynolds-. Nada fuera de lo ordinario. Era día de elecciones. ¡Había jolgorio, claro! El año anterior hubo un gran alboroto a propósito de la elección de sheriff: ambos bandos, con sus partidarios. Los días de elecciones son más bien salvajes en Baltimore, señor barón.
– «Barón» a secas, querido amigo. Poe llamó ansiosamente a «Reynolds» en su lecho de muerte, en su habitación del hospital. -Así pues, el barón también había descubierto aquello-. ¿No cree usted que eso se sale de lo ordinario? ¿Podríamos considerarlo extraordinario! ¿Había alguna razón para que él le recordara en sus últimas horas?
– No recuerdo haber conocido a ningún Poe allí. Puede usted preguntar a los otros vocales. Insisto en que me dispense.
Pegado a la pared, me asomé lo suficiente para ver la cara del barón después de que Reynolds se alejara. Permaneció de pie en el mismo lugar. Su sonrisa estaba contraída, como si hubiera probado algo agrio o acabara de robarle la cartera a Reynolds. (¿Y hubiera sido sorprendente que lo hiciera?) En todas sus actividades, el barón parecía saborear la victoria. Aunque era un abogado envilecido que huía de sus acreedores -y aunque ahora Reynolds no quisiera trato alguno con él-, el barón por lo general confiaba en sus expectativas.
Solo, plantado en la calle, el barón se pasó la lengua por el labio inferior varias veces, como si se dispusiera a desplegar su futura elocuencia. Su rostro y su porte parecían apagados cuando no estaba ladrando o arrullando a alguien. Sus engranajes y sus bombas debían moverse constantemente. La claridad de su intelecto brilló mientras murmuraba una palabra para sí mismo. Esa palabra fue:
– ¡Dupin!
Masculló la palabra «Dupin» como si fuera una maldición. Sin duda parece extraño que un hombre pronuncie su propio nombre como una injuria, como si descargara un puñetazo en su propia barbilla. Resulta menos extraño, quizá, si piensan en ello no como su nombre, sino como su herencia y legado, de los que abominaba! El barón, sin embargo, era el tipo que se consideraba a sí mismo una culminación, más que un retoño de todo cuanto le había precedido. Cuando le preguntaban quiénes fueron sus antepasados, podía responder lo mismo que el emperador Napoleón a los reyes: «Yo soy un antepasado.»
Pero no. Su imprecación, «Dupin», no iba dirigida ni a sí mismo ni a su familia. El barón no se proponía denostar a nadie sino a la figura de C. Auguste Dupin. El personaje cuya paternidad y autoridad trataba de demostrar. ¿Por qué murmuraba de aquella forma sobre el Dupin literario? Este engaño en el que se había apoyado desde mi primer encuentro con él en París, a saber, que él podía ser el Dupin real, era ahora un espectro demasiado poderoso para él…, y esto sólo podía admitirlo, si es que lo hacía, cuando se hallaba completamente solo, como él creía estarlo ahora en la calle. No podía disputar, ni argumentar, ni ponerse la máscara del Dupin real, como solía hacer en la vida y en el foro. O lo era o no lo era. Había desesperación en aquella escena; algo vulgar, en definitiva. Pensé que quizá estaba admitiendo algo, disponiéndose a hundirse. Estaba equivocado.
Me asomé, protegido ahora tras un poste que sostenía el toldo de un establecimiento de daguerrotipos. No tardó en avanzar por la calle un carruaje que reconocí. Era el mismo coche de alquiler que estuvo esperando al barón y a Bonjour la otra noche. Imaginaba que de algún modo el barón había engatusado o amenazado al cochero original para conseguir el uso privado del carruaje. Bonjour se apeó, y el mismo negro enjuto y de piel clara ocupaba el pescante. Más tarde supe que el barón se había asegurado el servicio de aquel esclavo delgado y todavía adolescente, cuyo nombre era Newman, para que fuera su cochero y su mensajero. Le había dicho a Newman que si hada bien su trabajo compraría su libertad a su dueño.
Bonjour informó en tono sosegado al barón, en francés, de que al caer la noche «nos reuniremos con él en el cementerio de Baltimore». Es todo cuando pude oír.
Regresé a Glen Eliza y saqué del anaquel la guía de la ciudad. El barón Dupin había revelado que el «Reynolds» que estaba en la calle con él era carpintero. En la guía, la entrada del apellido que tanto me había intrigado, correspondiente a aquella ocupación y con una dirección próxima a donde vi a los dos hombres, decía así: