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– Ya he visto hombres antes-replicó Bonjour, divertida.

– ¡No escandalices al joven doctor, querida! -advirtió el barón levantando la voz.

– Quizá deberíamos llevarnos a este caballero fallecido a casa para estudiarlo nosotros -dijo Bonjour, empujando la mesa. El doctor Moran protestó vigorosamente. Bonjour continuó-: Vamos, doctor, nada de hacer las cosas a medías: cuando uno encuentra algo, suyo es. Además, me pregunto, barón, si la familia de esta joven que hemos subido en el montacargas estaría interesada en saber que el cuerpo ha desaparecido de la tumba y se encuentra aquí, esperando a que este doctor dandi lo trocee.

– ¡Creo qué muy interesada, querida! -confirmó el barón.

– ¿Qué? ¡Pero nosotros hacemos esto para salvar vidas! ¡Ustedes mismos han traído el otro cadáver!

– Porque usted nos lo encargó, doctor -le recordó Bonjour-, y usted lo ha aceptado a cambio de la información que mi jefe le pide.

El barón se inclinó junto a Moran y dijo sotto voce:

– Como puede ver, ha cometido un error, doctor.

El heroísmo que se traslucía en la voz del médico se deshinchó.

– Ahora entiendo de qué va la cosa. Muy bien. Volvamos pues a Poe. Le dije, tratando de reconfortarlo, que pronto gozaría de la compañía de sus amigos. Me interrumpió con mucha energía y dijo, lo recuerdo, Lo mejor que podría hacer mi mejor amigo sería volarme los sesos con una pistola. Cuando comprendió lo que le había ocurrido, quería que se lo tragara la tierra, etcétera, que es lo que uno dice cuando tiene el espíritu deprimido. Luego se sumió en un violento delirio hasta el sábado por la noche, cuando empezó a llamar a «Reynolds» una y otra vez, durante seis o siete horas, hasta la mañana, tal como les dije el otro día. Debilitado por el esfuerzo, dijo: «Señor, ayuda a mi pobre alma», y expiró. Eso es todo.

– Lo que nos preguntamos ahora -comentó el barón- es si Poe fue inducido a tomar algún tipo de estímulo artificial, una droga (opio, quizá) que lo llevara a esa situación.

,-No lo sé. La verdad, señor, es que la situación de Poe era muy triste y rara, pero su persona no despedía ningún olor especial a alcohol, por lo que yo recuerdo.

Durante esta conversación, alterné la cuidadosa atención a sus palabras con los desesperados intentos por calmar mi corazón desbocado y mi respiración agitada después de haber estado a punto de ser descubierto por Bonjour. Cuando dieron por terminada la entrevista, que dejó satisfecho al barón, y me convencí, por sus pasos, de que habían abandonado el cuarto piso, ascendí dejando atrás el cadáver y me colé por la abertura de la pared. Comprobé que no había nadie, y penetré en el aula. Pegado al suelo, expulsé todo el aire que había respirado con la pestilencia de la muerte, y respiré ahora alentado de forma rápida y gratificante.

Quizá ustedes me juzguen con dureza por no haber relatado en seguida mis aventuras a Duponte, pero ya habrán comprobado la frecuente inflexibilidad de sus posturas filosóficas. Y yo no tengo un temperamento particularmente filosófico. Duponte nació para analista y razonador; yo, para observador. Aunque pueda ocupar tan sólo un peldaño inferior en la escala de la sabiduría, la observación requiere práctica. Quizá Duponte, y en general nuestras investigaciones, necesitaban un ligero empujón hacia lo pragmático.

Hubiera debido explicar más atrás, cuando andaba buscando datos sobre Henry Reynolds, cómo tuve acceso a los periódicos que guardábamos en la biblioteca sin que Duponte se diera cuenta. Desde el primer día que desembarcamos en Baltimore, Duponte se instaló en la biblioteca y examinó todo el contenido del que ahora era su sanctum. Pero cuando leía otras cosas se trasladaba de la biblioteca, cada vez más atestada, a diferentes habitaciones y dormitorios de Glen Eliza cuya existencia yo había olvidado. Elegía el libro extraño que yo tenía en mi anaquel; o uno de los atlas de mi padre de alguna oscura provincia del mundo; o un folleto en francés que mi madre trajo del extranjero. Duponte también leía a Poe, una costumbre que no escapaba a mi interés.

A veces la concentración con la que leía a Poe me recordaba a mí mismo, puesto que durante años me había alimentado de aquellos cuentos. Pero por lo general su propósito no era tan erudito. Duponte leía mecánicamente, como un crítico literario. El crítico nunca permite que la lectura se sobreponga a él; nunca sitúa las páginas golosamente cerca de su rostro ni desea ser arrastrado a través de las grietas de la mente del autor, pues semejante viaje implicaría renunciar al control. Así, con frecuencia, alguien leerá la reseña de un crítico en una revista a propósito de un libro que él ya ha leído, deseoso de comparar perspectivas, y pensará: «¡Éste no puede ser el libro que yo leí! Ha de ser otra versión en la que todo está cambiado, ¡y también he de encontrarlo!»

Yo consideraba que encajaba bien con eso el desapasionado examen que Duponte hacia de las obras de Poe. Creía que de este modo Duponte penetraba en el carácter esencial de Poe y en las misteriosas circunstancias que habíamos empezado a estudiar.

– ¡Si pudiera saberse en qué barco llegó Poe a Baltimore! -dije una tarde.

Duponte se animó al instante.

– Los periódicos locales se refieren a ese detalle como uno de los que siguen ignorándose a propósito de su llegada. Que ellos no lo sepan, monsieur, ciertamente no equivale a que tales detalles se sitúen más allá de los límites de lo desconocido. La respuesta se da claramente en los artículos de la prensa de Richmond, publicada en los últimos meses de la vida de Poe.

– Cuando Poe daba conferencias sobre varios temas de poesía y literatura.

– Exactamente. Lo hacía para reunir dinero destinado a su proyectada revista The Stylus, tal como decía en las cartas que le dirigió a usted, monsieur Clark. No podemos saber en qué barco hizo Poe la travesía de Richmond a Baltimore, pero eso no importa, y no modifica el hecho de que el propósito de ese viaje siga siendo desconocido. Sin embargo, la razón que lo trajo a Baltimore es del todo comprensible para cualquier persona que se ponga a pensarlo. De los rumores recogidos en los periódicos de los dos años previos a su muerte resulta que Poe se había visto envuelto en varias uniones románticas tras la muerte de su esposa. En este último período, acababa de comprometerse con una mujer rica de Richmond, con lo que su viaje a Baltimore es probable que tuviera como finalidad un interludio romántico. En vista de que los redactores de todos los periódicos sabían que su futura, una tal señora Shelton, era rica, cosa que, naturalmente, sabía todo el mundo (pues los periodistas raras veces saben algo que el vulgo no sepa antes), y en vista, pues, de que la existencia de esa fortuna era ampliamente conocida, Poe pudo sentir la necesidad de desmentir la opinión del público de que iba a casarse porque esa señora era un buen partido.

– ¡Seguro que nunca se casaría con alguien por su dinero!

– Fuera o no así, y la indignación de usted al respecto es del todo irrelevante, el resultado es exactamente el mismo. Lo cual facilita nuestra investigación. Si Poe se hubiera propuesto casarse con esa señora por el dinero, tendría aún más razones para desmentir la opinión de que era así, con el fin de evitar que el compromiso se deshiciera en caso de que la señora entrara en sospechas. Si los motivos de Poe eran desinteresados, como cree usted, su finalidad seguiría siendo la misma: conseguir dinero, esta vez para atender a sus propios gastos, en lugar de depender de manera improcedente de su prometida. Tanto en un caso como en el otro, no consiguió lo que esperaba en Richmond, por lo que acudiría a Baltimore a fin de procurarse apoyo profesional y suscriptores para The Stylus, y así atender a sus planes en materia económica, independientemente de la señora Shelton.