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Así era, y le repetí a Duponte cuáles eran aquellas razones. A Poe se le había encargado la edición de los poemas de la señora Marguerite St. León Loud, por lo cual su rico marido le pagaría la suma de cien dólares. Los periódicos informaron de que Poe aceptó este lucrativo acuerdo en sus últimas semanas, cuando el señor Loud, fabricante de pianos, visitó Richmond. Poe había dado instrucciones & Muddy Clemm de que le escribiera allí, a Filadelfia, bajo el extraño seudónimo de E. S. T. Grey, añadiendo: «Espero que nuestras tribulaciones acaben pronto.»

– Cien dólares significaría una enorme diferencia para Poe» pues tenía una gran precisión de dinero para sí mismo y para su revista -dije-. Cien dólares por encargarse de la edición de un librito de poemas era para Poe una tarea que podía hacer dormido. Él había dirigido unas cinco revistas, por lo cual apenas obtuvo retribución suficiente para alimentar a su familia. No tenemos ninguna prueba en contra de que Poe visitara Filadelfia, pero ¿cómo podríamos saber cuándo efectuó ese viaje?

– A través de la señora Loud, naturalmente.

Fruncí el ceño.

– Me temo que eso no ha sido de ninguna ayuda. He escrito cinco cartas a esa mujer, pero no he recibido contestación.

– Usted no ha interpretado bien mis palabras. No me propongo escribir a la señora Loud. Dadas sus circunstancias personales de aspirante a poetisa y esposa de un marido pudiente, es probable que esta temporada la pase en el campo o en la costa, de modo que la correspondencia resultaría ineficaz. No necesitamos molestar a esa pobre mujer para escucharla.

Duponte sacó del bolsillo de su abrigo un volumen delgado, bellamente impreso. Flores al borde del camino. Colección de poemas por la Sra. M. St. León Loud, publicada por Ticknor, Reed y Fields.

– ¿Qué es eso? -pregunté.

– Éste es, ni más ni menos, el libro de poemas que, podemos suponer, Poe se comprometió a editar, y que ha sido publicado recientemente con escasa repercusión… a Dios gracias.

Abrí el libro por el índice. Tengo mis dudas antes de reproducir una muestra. «Te requerí de amores», «A un amigo con motivo del nacimiento de un hijo», «La muerte del bisonte», «Invitación a una reunión de plegaria», «Soy yo, no temas», «Despedida a un amigo», «Contemplación de un monumento», «El primer día de verano» y, por supuesto, «El último día de verano». El índice sólo continuaba varias páginas. Duponte explicó que había encargado el volumen a una librería local.

– Sabemos que monsieur Poe nunca llegó a Filadelfia para editar los poemas de madame Loud -dijo Duponte.

– ¿Cómo, monsieur?

– Porque está muy claro que nadie ha cuidado de la edición de esos poemas, a juzgar por el terrorífico número de ellos que se han incluido. Si alguien ha hecho ese trabajo, el cielo lo perdone, no ha sido un poeta con la experiencia y los sólidos principios relativos a la brevedad y unidad del verso que caracterizaban a monsieur Poe, como sabemos.

Aquello parecía un hecho cierto. Ahora comprendí los beneficios prácticos que Duponte había obtenido de sus horas en el salón leyendo la poesía de Poe.

Sin embargo, me quedaba una duda a propósito de sus conclusiones.

– Pero, monsieur Duponte, ¿y si Poe fue a Filadelfia y empezó a ocuparse en la edición de los poemas, y sencillamente tuvo un desacuerdo con la poetisa, o desistió ante la calidad de su trabajo y regresó a Baltimore?

– Una pregunta inteligente, aunque también fruto de la falta de observación. Pudo suceder que Poe llegara a la residencia de los Loud para cumplir con su compromiso, y no pudiera alcanzar un acuerdo sobre algún aspecto último de la retribución o sobre otro tema delicado. En todo caso, debemos considerar esta posibilidad, aunque sea brevemente, antes de descartarla.

– No entiendo por qué, monsieur.

– Busque otra vez en el contenido del libro. Confío en que esta vez sabrá dónde detenerse.

Al llegar a este punto nos habíamos sentado a la mesa de un restaurante. Duponte se inclinó y miró el título que señalaba mi dedo.

– Muy bien, monsieur. Ahora lea los versos de estas páginas, hágame el favor.

El poema se titulaba «La muerte del desconocido». Empezaba así:

Estaban reunidos en torno a su lecho de muerte.

Su ojo desfallecido era vidrioso y apagado;

pero entre los muchos que lo contemplaban

ninguno lloraba o cuidaba de él.

¡Oh, qué cosa triste y temible

morir sin nadie, salvo extraños, cerca;

no ver en la habitación en penumbra

un rostro, una forma que evoquen algo querido!

– ¡Suena como la escena, según la conocemos, del hospital universitario donde Poe se estaba muriendo!

– Sí, tal como la imagina nuestra fantaseadora. Continúe, por favor. Me gusta bastante su forma de recitar. Tiene alma.

– Gracias, monsieur.

Los versos siguientes trataban de la muerte solitaria del hombre, sin «la presión de una mano, sin un beso de despedida». Continuaba así con la escena de la muerte:

¡Así pues, murió lejos de todos

los que hubieran podido llorar su temprana desaparición!

Manos extrañas cerraron sus párpados caídos

y lo condujeron a su tumba sin nombre.

Lo depositaron donde los altos árboles del bosque

arrojan oscuras sombras sobre su lecho,

y a toda prisa, en silencio, amontonaron

la hierba salvaje sobre su cabeza.

Nadie rezó, nadie lloró cuando todo acabó,

ni se demoró en el sitio sagrado;

sino que todos retornaron al mundo

y pronto olvidaron hasta su nombre.

– Su tumba sin nombre… La hierba salvaje de la tumba que debería ser sagrada… El entierro precipitado, en el cual nadie se demoró… ¡Sin duda éste es el entierro de Poe en el cementerio de Westminster! ¡Describe bien lo que vi!

– Ya hemos deducido que madame Loud viaja con cierta frecuencia, una probabilidad que corroboran los temas de varios de sus poemas, y así ahora, por los detalles, aceptamos que visitó Baltimore en algún momento de los dos últimos años, tras la muerte de Poe. Tomándose un interés natural por la muerte de un hombre al que iba a conocer en los días previos a su fallecimiento, reunió el material para esta descripción del entierro (tan próximo a los recuerdos que usted tiene) visitando el cementerio y preguntando al guarda o al que cavó la fosa, y quizá también a personas del hospital.

– Brillante -dije.

– Podemos leer cuidadosamente y llegar a varias conclusiones. Podemos decir que ella comparte su misma perspectiva, monsieur Clark, culpando a quienes dejaron de honrarlo. El poema no entra en detalles de la procedencia ni del aspecto de Poe previos a su muerte. Sabemos, entonces, que madame Loud siguió las noticias sobre la muerte de Poe desde lejos, no como alguien que acababa de separarse de Poe con el privilegio de haber oído de él alguno de sus planea. Por añadidura, su desaparición es la de un extraño, como se declara en el título del poema, no la de alguien a quien ella hubiera conocido. Eso nos da la mayor certeza de que no conoció a madame Loud, como había esperado, en Filadelfia. Ésta será tan sólo nuestra primera prueba documental de que Poe no consiguió llegar a esa ciudad.