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– ¿La primera, monsieur Duponte?

– Sí.

– Pero ¿por qué dio Poe instrucciones a su suegra para que le escribiera con un nombre falso, E. S. T. Grey?

– Quizá ésa sea nuestra segunda prueba -dijo Duponte, aunque por el momento pareció satisfecho con dar por terminado el tema en este punto.

Ahora Duponte salía con más frecuencia. Quedó liberado de permanecer en Glen Eliza cuando, tras muchas disputas y muchas réplicas altisonantes de Van Dantker a las demandas extravagantes de Duponte, el artista decidió que podría terminar la pintura sin más posados. No deseando que aquel hombre le causara más distracciones, mandé recado de que pasara a cobrar por su trabajo, pero él replicó que se le pagaría con otro encuentro aquella tarde. Como aquello carecía de sentido, acudí a casa de Van Dantker, sólo para ser testigo de cómo el barón Dupin salía de ella. El barón se llevó la mano al sombrero y sonrió.

Presa de la excitación, informé de ello a Duponte, que se limitó a sonreír ante la idea de que Van Dantker fuera un espía.

– Monsieur Duponte, ¡puede haber escuchado cada palabra que pronunciamos, aunque se quedara sentado haciendo ver que sólo se preocupaba de su pintura!

– ¿Ese bobo de Van Dantker? ¡Escuchar algo! ¡Ja!

Eso es cuanto pude conseguir que Duponte dijera sobre el asunto.

Al convertirse en observador del «espíritu de la ciudad», Duponte caminaba a pasos tan lentos como en París. Yo solía acompañarlo en aquellos paseos, cuidando de no distanciarme de él, como antes había ocurrido. A menudo esas excursiones se llevaban a cabo de noche. Casi podría decir, como el narrador de «Los crímenes de la calle Morgue» decía de C. Auguste Dupin, que buscábamos nuestra tranquila observación «entre las luces y las sombras de la populosa ciudad». Sólo que no había luces. Ustedes ya han comprobado que en Baltimore, a diferencia de París, se ve muy mal una vez anochecido.

Pero en cierta ocasión, recuerdo, en medio de la pobre iluminación choqué de cabeza, con un desconocido. «Mil perdones», dije levantando la mirada hacia él. El hombre iba envuelto en un abrigo negro, pasado de moda. Su respuesta permaneció en mi mente el resto de la noche: bajó la mirada y se alejó sin decir palabra.

A Duponte no le preocupaba el deficiente alumbrado de Baltimore.

– Con la luz del día veo -dijo-, pero de noche entreveo.

Era un búho humano. Sus excursiones mentales eran cacerías nocturnas.

En dos ocasiones durante esas caminatas sin rumbo, incluida aquella en la que choqué con el desconocido, nos encontramos con el barón Claude Dupin y con Bonjour. Baltimore era una ciudad grande y en crecimiento, de más de ciento cincuenta mil habitantes, por lo que las posibilidades de que dos partes cruzaran sus caminos al mismo tiempo debían ser matemáticamente modestas. Supongo que el hecho de que nos encontráramos tenía algo que ver con el magnetismo. O acaso el barón se apartaba de su camino para mofarse de nosotros. El aspecto del barón había empezado a cambiar en torno al rostro y algo en los ojos. Yo me preguntaba si había ganado peso. ¿O quizá lo había perdido?

Al barón le gustaba demostrar el «enorme» caudal de conocimientos que había acumulado sobre la muerte de Poe.

– Precioso bastón de paseo -me dijo una vez el barón-. ¿Es lo que se lleva ahora?

– Es de Malaca -respondí orgulloso.

– ¿De Malaca? Como el de Poe cuando lo encontraron. Oh, sí, todo lo que ustedes han descubierto nosotros ya lo sabíamos, mis queridos amigos. Como, por ejemplo, por qué usó el nombre de E. S. T. Grey. ¿Y qué hay de la ropa que no le iba? ¿Han leído en los periódicos que se trataba de un disfraz? Es verdad, pero no por voluntad de Poe…

En tales ocasiones el barón dejaba las frases sin terminar, enigmáticamente, o compartía una carcajada con Bonjour. Ella se nos quedaba mirando a Duponte y a mí, sin observar la falsa cortesía debida a su marido. Aquel día el barón dijo:

– ¡Qué enormes descubrimientos están al alcance de la mano» amigos míos! ¡Con esto vamos a sacar el pasaporte para la gloria!

Siempre le gustaba hacerlo todo a lo grande.

– Mi buen amigo Duponte -dijo otro día el barón saludando a mi compañero durante un paseo después del desayuno, estrechándole la mano vigorosamente-. Es magnífico encontrarlo con tan buena salud. Tendrá usted un tranquilo viaje de regreso a París, puedo asegurárselo. Hemos dado pasos enormes y estamos a punto de completar el trabajo que nos ha traído aquí.

Duponte se mostró educado.

– Así pues, yo habré hecho una estupenda visita a Baltimore.

– ¡Desde luego! -dijo el barón en un susurro inteligible, con un teatral giro de cabeza-. Creo que en ningún otro sitio he visto a tantas mujeres hermosas de una sola ojeada como en Baltimore.

Di un respingo por el tono de su comentario. Bonjour no le acompañaba en aquella ocasión, pero me hubiera gustado que estuviera.

Cuando nos separamos del barón, Duponte se volvió hacia mí, apoyó una pesada mano en mi hombro y permaneció un rato sin decir una palabra. Me recorrió un escalofrío.

– ¿Para qué está usted preparado, monsieur Clark? -preguntó en tono tranquilo.

– ¿Qué quiere decir?

– Cada vez está más cerca del meollo de la investigación, cada vez más cerca, de día en día.

– Monsieur, mi deseo es ayudar en cuanto pueda.

La verdad era que yo no sentía estar cerca de nada que tuviera que ver con las tareas o planes de Duponte; de hecho, ni siquiera a sus proximidades, y desde luego yo no creía haber pasado de la periferia en lo tocante a desentrañar la verdad sobre la muerte de Poe.

Duponte movió la cabeza con gesto fatalista, como si descartara la posibilidad de que yo pudiera comprender.

– Quiero que siga investigando en los asuntos del barón, si lo tiene a bien.

Cogido completamente por sorpresa, manifesté mi asentimiento.

– Nos ayudaría averiguar la táctica que emplea el barón -dijo Duponte-. De la misma forma que descubrió usted a monsieur Reynolds.

– ¡Pero usted desaprobó contundentemente mi contacto con Reynolds!

– Tiene razón, monsieur. Su descubrimiento de Reynolds careció por completo de sentido. Pero como he dicho antes, uno necesita saber todo lo que carece de sentido para averiguar qué, de cuanto hemos encontrado, sí lo tiene.

Yo no sabía exactamente qué imaginaba Duponte cuando me preguntó para qué estaba preparado. No lo sabía y sí lo sabía. Era obvio que si seguía al barón me exponía más directamente a la posibilidad de recibir algún daño.

Pero no creo que eso fuera todo. Con su pregunta quiso saber si, una vez concluido aquello, me proponía reanudar la vida que había llevado antes. Si yo supiera lo que estaba a punto de ocurrir, ¿lo mandaría a él de vuelta a París en el primer vapor, y optaría por replegarme al tranquilo santuario de Glen Eliza?

Libro IV

FANTASMAS AHUYENTADOS
PARA SIEMPRE

Capítulo 15

Así es como me convertí en nuestro agente secreto.

El barón Dupin cambiaba de hotel cada pocos días. Yo imaginaba que estas mudanzas venían impulsadas por sus constantes temores de que sus enemigos de París hubieran dado con su pista aquí aunque eso se me antojaba muy rebuscado. Pero luego empecé A fijarme en dos hombres que parecían observar regularmente al barón. También observaba yo al barón, por supuesto, y por eso me resultaba difícil vigilar de cerca al mismo tiempo a aquellos dos. Vestían como si llevaran uniforme: abrigos negros pasados de moda, pantalones azules y sombreros de tres picos que les ocultaban el rostro. Aunque físicamente no se parecían el uno al otro, ambos tenían la misma mirada inexpresiva, como los ojos desdeñosos de las estatuas romanas del Louvre. Esos ojos se dirigían a un mismo objeto: el barón. Al principio pensé que podrían estar trabajando para el propio barón, pero me di cuenta de que evitaban con el mayor cuidado su proximidad. Después de cruzarme varias veces con aquellos hombres, recordé dónde había visto por primera vez a uno de ellos. Fue durante uno de mis paseos con Duponte. Tropecé con él en las cercanías del lugar de uno de nuestros encuentros con el barón. Quizá por entonces ellos hubieran localizado a su objetivo.