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La despreciable mascarada del barón me perseguía. Me rondaba. Me producía dentera. Pero no creo que inquietara a Duponte ni la mitad que a mí. Cuando me lamenté de la maniobra del barón, la boca de Duponte formó un enigmático arco, como si encontrara divertida aquella befa, como si se tratara de un juego de niños. Y cuando se encontró con su competidor, le dirigió una inclinación, como antes. El aspecto que presentaba el barón era asombroso, en particular de noche y viéndolos juntos a los dos. La única manera segura de distinguirlos acabó siendo la identidad de sus fieles asociados: yo por un lado y mademoiselle Bonjour por el otro.

Finalmente, un día, me enfrenté a Duponte.

– Cuando ese diablo se burla de usted y lo imita, usted permanece imperturbable.

– ¿Y qué me aconsejaría hacer, monsieur Clark? ¿Proponerle un duelo? -preguntó Duponte con una suavidad probablemente superior a la que yo merecía.

– ¡Sacudirle un buen guantazo, desde luego! -dije, aunque no me imaginaba a mí mismo haciéndolo-. Al menos yo me pondría hecho una furia con él.

– Comprendo. Pero ¿ayudaría eso a nuestra causa?

Pensé que quizá no, pero respondí:

– Así es. Creo que eso le recordaría que no está solo en este juego. ¡Él cree, dada la infinita impostura que encierra su cerebro que ya ha vencido, monsieur Duponte!

– Entonces ha caído en una creencia errónea. La situación es completamente opuesta. El barón, lo temo por él, ya ha perdido. Ha llegado al final, lo mismo que yo.

Me incliné hacia delante, incrédulo.

– ¿Quiere decir…?

Duponte hablaba de nuestra auténtica finalidad: desentrañar el misterio completo de Poe…

Pero veo que he dado un salto excesivo adelante, como tiendo a hacer. Reconstruiré mis pasos antes de regresar al diálogo anterior. He empezado a describir mi vida de espía, estimulado por el deseo de Duponte de conocer los secretos y los planes del barón.

Como ya he señalado, el barón cambiaba de hotel con frecuencia para eludir a los perseguidores. Yo estaba al corriente de sus alojamientos porque seguía a un fatigado mozo trasladando su equipaje de su hotel hasta ponerlo en manos de un colega. No supe cómo respondía el barón a las preguntas sobre la peculiar práctica de cambiar de hoteles cada vez que firmaba en la hoja de registro. Si alguna vez me hubiera encontrado haciendo lo mismo, y no pudiera aducir la razón verdadera -«Pues mire usted, señor, mis acreedores andan buscándome para disminuir mi estatura en una cabeza»-, contaría que estaba escribiendo una guía de Baltimore para extranjeros, y que necesitaba elementos de juicio en materia de hospedaje. Los hoteleros descargarían sobre mí una lluvia de ventajas. Ésta era una buena idea, y estuve tentado de escribírsela al barón como una anónima sugerencia.

Mientras tanto, Duponte me dio instrucciones para averiguar más acerca de Newman, el esclavo al que el barón había contratado, y así trabé conversación con él una tarde, en el salón de un hotel.

– Después de la primavera me voy de Baltimore -me dijo Newman cuando le formulé mis preguntas sobre el barón-. Tengo un hermano y una hermana en Boston.

– ¿Y por qué no se va ahora? Hay estados en el norte que le protegerían -comenté.

Señaló un aviso impreso, en el vestíbulo principal del hotel. Advertía que ninguna persona de color «vinculada o libre» podía abandonar la ciudad sin depositar primero su documentación y contar con el aval de un hombre blanco.

– Yo no soy un nigger lo bastante estúpido como para dejar que me cacen y me maten. Sería como si me presentara ante mi amo y le pidiera que me pegara un tiro.

Newman tenía razón: seguirían su rastro aun en el caso de que su amo no se preocupara especialmente de su pérdida.

Debería incluir aquí una nota adicional, para evitar cualquier perplejidad, acerca del lenguaje del joven esclavo. Entre los africanos, tanto esclavos como libres, en los estados sureños como en los norteños, el empleo de la palabra nigger no designaba la raza. He oído a negros referirse a un mulato con ese término e incluso llamar a sus amos «ellos, los nigger blancos». Nigger lo usaban los negros para calificar a un sujeto al que tenían por inferior, con independencia de su tipo, color o clase. Esto redefine ingeniosamente la fea palabra, hasta que sin duda sea desplazada de nuestro lenguaje. Para quienes siempre dudaron de la inteligencia de esa maltratada raza, señalo este giro lingüístico y me pregunto si los blancos hubieran dado en hacer lo mismo.

– ¿Y qué hay del otro negro? -pregunté.

– ¿Quién?

– El otro negro contratado por el barón.

Estaba suficientemente convencido de que al extraño al que vi una vez con el barón le había sido encomendada mi vigilancia; debía espiarme como yo lo espiaba a él.

– No hay otro, señor, ni blanco ni negro. El barón no quiere que demasiada gente sepa realmente cómo es de cerca.

Al aproximarme de nuevo al barón, me sorprendió, y no dejó de complacerme, advertir que había moderado la jactancia que acostumbraba desplegar. En varias ocasiones oí que Bonjour le formulaba una pregunta más bien elemental sobre sus conclusiones relativas a Poe, y que el barón Dupin vacilaba. Esto alimentaba mis esperanzas de éxito para nosotros. Pero supongo que eso también me inspiraba un negativo e incómodo temor de que Duponte estuviera igualmente desorientado, como si existiera una vinculación mágica entre ambos hombres. Quizá ésta era una sutil consecuencia, en mi mente, del nuevo y sorprendente parecido entre Claude Dupin y Auguste Duponte, como si el uno fuera real y el otro, una imagen en el espejo, al igual que en el predestinado último encuentro del propio William Wilson de Poe. Otras veces parecía que ambos eran imágenes especulares de un mismo ser.

Pero sus comportamientos eran bastante diferentes.

En público, el barón continuaba con sus proclamas chillonas e impertinentes. Empezó a ofrecer suscripciones, para un boletín que se proponía publicar, y una serie de conferencias que pensaba dar acerca de los verdaderos y sensacionales detalles de la muerte de Poe. «Vengan, hagan corro, hagan corro, caballeros y féminas, ¡nunca llegarán a creer lo que ocurrió ante sus narices!», proclamaba en tabernas y posadas, como un charlatán de feria. Debo reconocer que resultaba superficialmente convincente, casi como un nuevo señor Barnum. Uno esperaría de él, poco menos, que en medio de una muchedumbre callejera anunciara aquello de ¡ahora transformaré este recipiente lleno de salvado en un… conejillo de Indias… vivo!

¡Y el dinero que lo seguía dondequiera que fuese! No puedo contar el número de baltimorenses que de buen grado pusieron cantidades abundantes en manos de aquel cuentista; baltimorenses, y lo digo con tristeza, que no daban señales de hacer otro tanto por un libro de poesía de Poe. Así que se dedicó una verdadera fortuna a la idea de que el barón Dupin desvelaría los acontecimientos de las últimas y más oscuras horas del poeta en esta tierra. Yo recordaba la época en que dos actores interpretaban simultáneamente Hamlet en escenarios próximos de Baltimore, y todo el mundo defendía con pasión a su Hamlet favorito, pero no por el drama en sí, sino por la competición a que daban lugar.

Las conferencias se pronunciarían en la sala de reuniones del instituto Maryland. El barón empezó a enviar telegramas repitiendo los mismos anuncios de conferencias, que a continuación tendrían efecto en Nueva York, Filadelfia, Boston… Sus planes eran expansivos, mientras que los nuestros parecían caer cada vez más bajo la sombra del barón.

En tanto se desarrollaban estos acontecimientos, el barón aún abría más la caja de Pandora de los rumores en los periódicos.

Algunas muestras: Poe fue encontrado en una zanja por un vigilante, tras haber sufrido un atraco; o el moribundo Poe yacía sobre unos barriles en el mercado de Lexington, cubierto enteramente de moscas; no, decía otro, Poe se reunió con antiguos cadetes de West Point, donde el poeta había aprendido a manejar el mosquetón y las municiones, y aquéllos estaban comprometidos ahora en cierta operación gubernamental reservada que introdujo a Poe en una peligrosa intriga, probablemente relacionada con sus actividades durante su juventud salvaje, cuando luchó a favor del ejército polaco contra los rusos; pero eso no sucedió así, su triste fin fue el resultado de los excesos cometidos en la bulliciosa y desenfrenada celebración del cumpleaños de un conocido; o Poe fue culpable de suicidio. Una amistad femenina manifestaba que el espectro de Poe le había enviado poemas desde el mundo espiritual, en los que contaba ¡haber recibido una paliza fatal durante el intento de robo de ciertas cartas! Mientras tanto, un periódico local recibió un telegrama de otro periódico antialcohólico de Nueva York, que aseguraba haber conocido a un testigo de los rabiosos excesos de Poe el día antes de que fuera descubierto en Ryan's, asegurando por su comparecencia el Día del Juicio que Poe fue el culpable de todo.