Выбрать главу

En la primera, Poe ofrecía a Snodgrass, quien por entonces editaba una revista llamada The Notion, los derechos de publicación del segundo de los cuentos de Dupin. «Desde luego que yo no puedo permitirme ofrecérselo sin cargo alguno -escribía Poe con firmeza-, pero si accede a admitirlo, le solicitaría 40 dólares.» Pero Snodgrass lo rechazó, y Gmham's hizo lo mismo. Poe publicó «El misterio de Marie Rogét» en otra parte.

En la segunda carta, el escritor pedía al doctor Snodgrass que colocara una reseña favorable de la obra de Poe en una revista que entonces editaba Neilson Poe, esperando que éste se sintiera obligado por ser su primo. El intento al parecer fracasó, y Poe volvió a escribir, contrariado. «Presentía que N. Poe no iba a insertar el artículo -decía-. Le hago una confidencia: creo que él es el peor enemigo que tengo en el mundo.»

Me apresuré a compartir el dato.

– ¡Neilson Poe, monsieur! Edgar Poe lo llama su peor enemigo… ¡No imaginaba que le correspondiera ese papel en todo esto!

Como nuestro tiempo era demasiado breve para tratar de cada tema, Duponte me indicó que copiara rápidamente en mi cuaderno todos los datos sobre Poe que me parecieran importantes. Después de pensarlo, añadió que también los datos que me parecieran poco importantes. Tomé nota de la fecha de la carta de Poe en la que mencionaba a Neilson: 7 de octubre de 1839, ¡exactamente diez años antes del día de la muerte de Poe!

«Es tanto más despreciable -escribía Poe a propósito de Neilson- cuanto más insistentes son las profesiones de amistad que me dirige.» ¿Y Neilson no me contó ese mismo cuento cuando lo conocí? No sólo éramos primos, sino amigos, señor Clark. Neilson Poe, con su corazón ansiando su propia fama literaria, con una esposa que era la hermana y casi una copia de la mujer de Edgar, ¿habría deseado cambiar su vida por la del mismo hombre al que al parecer denigraba?

Esto no fue todo lo que encontré en las cartas de Poe a Snodgrass acerca de sus parientes de Baltimore. Poe calificó a Henry Herring (el primer conocido de Poe que llegó al Ryan's) de «hombre carente de principios».

Duponte se detuvo en mitad de la operación de abrir todos lo» cajones posibles de la habitación.

– Vigile la calle desde el otro lado de la casa, monsieur Clark, por si se acerca el coche del doctor Snodgrass. Cuando llegue, debemos irnos inmediatamente, y asegurarnos de que la criada irlandesa no dirá nada de nuestra visita.

Estudié el rostro de Duponte en busca de cualquier indicio de cómo pensaba cumplir con el segundo objetivo. Me dirigí a una habitación que daba a la fachada principal. Mirando por la ventana, advertí que un coche pasaba por las inmediaciones, pero después de dar por un momento la sensación de que reducía la velocidad, los caballos prosiguieron en dirección a High Street. De regreso al estudio encontré a Bonjour inclinada sobre la chimenea, de tal manera que su vestido negro y su delantal refulgían con las llamas.

– ¿Todo en orden, señores? ¿Puedo hacer algo por ustedes mientras aguardan al señor? -preguntó, imitando la voz de la criada de la planta baja, y lo bastante alto para que ella pudiera oírla. En un tono más contenido, comentó-: Ahora ya ve que su amigo no es más que un buitre de la investigación que lleva a cabo mi jefe.

– Estoy muy bien aquí, señorita, gracias; sólo estaba mirando esas feas nubes de lluvia -dije también en voz alta, y luego, más bajo-: Auguste Duponte no imita a nadie. Resolverá esto de la forma que monsieur Poe merece. Él podría ayudarla, si quisiera, mejor que ese ladrón, mademoiselle; ese al que usted llama marido y jefe.

Bonjour, olvidando las exigencias de su comedia, cerró de un portazo.

– ¡Desde luego que no! Duponte es un ladrón de marca, monsieur Clark; él roba los pensamientos de la gente, se aprovecha de sus fallos. El barón es un gran hombre porque es él mismo en toda circunstancia. La mayor libertad de que yo puedo gozar es estar con él.

– Usted cree que asegurando la victoria del barón aquí le habrá pagado la deuda que contrajo cuando la libró de la cárcel, y así quedará libre de este matrimonio al que él la obligó.

Bonjour echó la cabeza atrás, divertida.

– ¡Bien! Se equivoca de medio a medio. Le sugeriría que no me juzgara aplicando el análisis matemático. Se está usted pareciendo demasiado a su compañero.

– ¡Monsieur Clark! -me llamó Duponte, en tono bronco, desde el estudio.

Desplacé ansiosamente el peso del cuerpo de un pie al otro. Bonjour se me acercó y me estudió.

– ¿No tiene usted esposa, monsieur Clark?

Mis pensamientos se oscurecieron.

– La tendré -respondí sin convicción-. Y la trataré bien y aseguraré nuestra mutua felicidad.

– Monsieur, la joven francesa carece de libertad. En América una muchacha es libre y apreciada por su independencia hasta que se casa. En Francia los papeles están invertidos. Ella sólo es libre una vez casada… y entonces alcanza una libertad inimaginable. Una esposa puede tener tantos amantes como las que tiene su marido.

– ¡Mademoiselle!

– A veces, en París, un hombre está mucho más celoso de su querida que de su esposa, y una mujer puede ser más leal a su amante que a su marido.

Me dirigí a la puerta. Bonjour se demoró un momento antes de apartarse con un gesto burlonamente cortés. Cuando regresé al estudio, Duponte dijo:

– Monsieur, aquí está la nota que quizá nos diga más que ninguna otra cosa; la nota cuyo contenido escuchó usted en parte en el puerto. Escriba cada palabra y cada coma en su cuaderno. Y rápido: creo oír rodar otro carruaje que se acerca por el sendero. Escriba pues: «Muy señor mío: Hay un caballero extremadamente fatigado en Ryan's…»

Una vez completadas nuestras transcripciones, Bonjour nos condujo rápidamente abajo.

– ¿Hay una puerta trasera? -susurré.

– El doctor Snodgrass está precisamente en la cochera.

Dimos media vuelta. La criada de la planta baja apareció súbitamente.

– ¿El duque ya se marcha?

– Me temo que se me ha hecho tarde -dijo Duponte-. Tendré que ver al doctor Snodgrass en otra ocasión.

– No dejaré de decirle que han estado aquí -replicó en tono seco- y que se han quedado solos en su estudio, entre sus efectos personales, durante casi media hora.

Duponte y yo nos quedamos helados ante esta advertencia, e interrogué con la mirada a Bonjour, quien estaba igualmente complicada en el asunto.

Bonjour dirigió a su vez una mirada más bien vaga a su colega. Cuando me volví hacia Duponte, vi que éste había entablado una conversación privada con la muchacha irlandesa, susurrándole algo con expresión sombría. Al término de su parlamento, ella asintió ligeramente y un leve sonrojo se extendió por sus mejillas.

– ¿Dónde está, pues, la otra puerta? -pregunté al advertir que ella y Duponte parecían haber alcanzado algún acuerdo.

– Por aquí -dijo la criada, precediéndonos.

Cruzamos el vestíbulo posterior, como si pudiéramos oír el taconeo de las botas del doctor Snodgrass en los peldaños de la puerta principal. Mientras descendíamos por el sendero, Duponte se volvió y se llevó la mano al sombrero, despidiéndose de las dos mujeres.

– Bonjour -dijo.

– Monsieur, ¿cómo convenció a la criada del doctor para que cooperase, a fin de que no se culpara a Bonjour? -le pregunté cuando caminábamos por la calle.