– En primer lugar, usted se equivoca. Yo no he actuado así en beneficio de Bonjour, como usted presupone. Segundo, le he explicado a la criada que, con toda honradez, no nos íbamos porque debíamos acudir a otra cita.
– Entonces, ¿le ha dicho la verdad? -pregunté sorprendido.
– Le he explicado que su interés o capricho hacia usted era sumamente inadecuado, y que prefería que nos marcháramos de manera discreta y tranquila antes del regreso de su patrón, el cual podría darse cuenta de aquello por sí mismo.
– ¿Que se había encaprichado de mí? -repetí-. ¿De dónde ha sacado esa idea, monsieur? ¿Le ha dicho ella algo que yo no he oído?
– No, pero ciertamente lo consideró al mencionarlo yo, pensando que algo debió haber exteriorizado al respecto en su expresión; así pues, pensó que aquello tenía que ser cierto. Mantendrá silencio sobre nuestra visita, se lo aseguro.
– ¡Monsieur Duponte! ¡No alcanzo a entender esa táctica!
– Usted es el prototipo del joven apuesto -replicó, y añadió-: al menos para los cánones imperantes en Baltimore. Que usted apenas sea consciente de ello sólo sirve para que le entre más decididamente por los ojos a una joven. Desde luego que la criada se percató de ello desde que llegamos. Se le fueron los ojos detrás de usted inmediatamente. Ella no llegó a planteárselo… hasta que yo lo mencioné.
– Monsieur, todavía…
– No hablemos más de eso, monsieur Clark. Debemos continuar nuestro trabajo en relación con el doctor Snodgrass.
– Pero ¿qué quiso usted decir con que «no he actuado así en beneficio de Bonjour»?
– Bonjour no necesita nuestra ayuda, y no hubiera dudado en sacrificarnos a sus propósitos de haber tenido oportunidad. Obraría usted muy inteligentemente si recordara eso. Yo actué como lo hice en beneficio de la otra chica.
– ¿Qué quiere decir?
– Si la criada hubiera intentado acusar a Bonjour de conducta impropia, creo que la pobre no hubiera terminado bien a manos de mademoiselle. Desde luego que es cosa sabia salvar vidas siempre que sea posible.
Reflexioné un momento sobre mi ingenua valoración de la situación.
– ¿Adonde iremos ahora, monsieur?
Señaló mi cuaderno de notas.
– A leer, claro.
Pero un nuevo obstáculo nos aguardaba. Mientras estuvimos ocupados, llegó a Glen Eliza mi tía abuela. Su propósito no encerraba ningún misterio: le habían llegado noticias de mi regreso a Baltimore, y venía a comprobar por qué no me había casado aún tras mi comentado traspié. Mantenía una larga amistad con la tía de Hattie Blum (¡una conspiración de aquellos personajes!) y debieron llegar a sus oídos retazos extravagantes de medias verdades acerca de que otra mujer era la explicación de mi conducta.
Hasta casi dos horas después de nuestro regreso a casa no me enteré de su presencia. Tras nuestras tareas en casa de Snodgrass, nos entretuvimos en el ateneo para comparar algunos de los datos que habíamos descubierto con artículos de prensa. En Glen Eliza proseguimos una delicada conversación sobre los diversos hallazgos efectuados. Como Duponte y yo estábamos poniendo en orden los datos reunidos en casa de Snodgrass, di órdenes tajantes de que no se nos interrumpiera. En la mesa de la biblioteca el montón de papeles había aumentado de grosor, con periódicos, listas y notas, por lo que permanecimos en la muy espaciosa sala de estar, que ocupaba más de la mitad del segundo piso de la casa. Al cabo de un buen rato, ya al atardecer, fui a consultar algo al otro lado de la casa, cuando me detuvo Daphne, la mejor de mis doncellas.
– No puede entrar, señor -dijo.
– ¿Que no puedo entrar en mi biblioteca? ¿Y por qué?
– La señora insiste en que no la molesten, señor.
Obedientemente, solté el pomo de la puerta.
– ¿La señora? ¿Qué señora?
– Su tía. Ha llegado a Glen Eliza con su equipaje durante su ausencia, señor. Estaba muy fatigada a causa del viaje, ha pasado un frío horroroso y los mozos del tren casi le pierden los bultos.
Quedé confuso.
– He estado en la sala y no me he enterado de eso. ¿Por qué no me lo dijeron?
– Usted llegó a toda prisa y, aun antes de poner pie en la puerta de la calle, usted ordenó que no se le molestara. ¿No fue así, señor?
– He de saludarla como es debido -dije, arreglándome la chalina y alisándome el chaleco.
– Está bien, pero entre sin ruido; ella necesita mucho silencio para aliviarse de la jaqueca que padece, señor. Estoy segura de que le desagradó mucho la otra interrupción.
– ¿Qué otra interrupción, Daphne?
Entonces recordé que, no más de media hora antes, Duponte había ido en busca de un libro que, según recordaba, estaba en la biblioteca. Seguro que mi fiel sirvienta también había advertido a Duponte de las órdenes rigurosas dadas por mi tía abuela.
– ¡El caballero se negó a escucharme! Entró directamente…
Daphne se explicó con acalorada desaprobación y con una fresca evocación de sus aprensiones a propósito de Duponte.
Pensé en el encuentro de Duponte y la tía Blum unas semanas antes, e imaginé la reacción de mi tía abuela ante una conversación similar, y eso me producía un latido en la cabeza. Ahora recapacité sobre mi deseo de saludarla, especialmente dado el probable humor de una mujer de edad avanzada, como ella, después del retraso del tren y del encuentro con monsieur Duponte. Regresé, pues, a la sala de estar. La presencia de la tía abuela representaba una interrupción no pequeña. Claro que no podía adivinar la influencia que la anciana podía tener, en última instancia, en todo aquello.
El siguiente recuerdo vivido que tengo de aquella noche fue cuando me desperté. Había caído en un incómodo sueño en uno de los largos sofás de la sala de estar. Los papeles que estuve revisando estaban desparramados por la alfombra. Hacía aproximadamente una hora que había anochecido, y Glen Eliza estaba sumida en un misterioso silencio. Al parecer, Duponte se había retirado a sus habitaciones, en el tercer piso. Un ruidoso golpe me sacudió y me agudizó la conciencia. El viento soplaba a través de las largas cortinas, y una sensación de gran ansiedad revoloteó dentro de mi estómago.
Los pasillos de aquella parte de la casa estaban desiertos. Recordando a mi tía abuela, ascendí por la escalera, en plena corriente de aire, y pasé, deslizándome, ante las habitaciones donde la habrían instalado los sirvientes, pero encontré la puerta abierta y la cama hecha. Me encaminé de nuevo a la biblioteca, empujé la puerta sin hacer ruido y penetré en la habitación débilmente iluminada.
– Tía abuela Clark -dije suavemente-. Espero que no sigas despierta, después de este día tan difícil.
La habitación estaba desocupada, pero se había producido una perturbación en ella. Había sido saqueada, con papeles tirados y libros desparramados por toda la pieza. No había rastro visible de la anciana. En el pasillo vi una figura envuelta en una capa oscura, que pasó a la carrera. Fui tras la sombra de aquella figura atravesando las amplias estancias de Glen Eliza, hasta que se lanzó por una ventana abierta próxima a la cocina, en el primer piso, y echó a correr por un sendero en dirección a la zona arbolada, detrás de la casa.
– ¡Al ladrón! -grité-. Tía -murmuré para mí, presa de un súbito temor.
Siguiendo la pequeña depresión que discurría a lo largo de la casa en dirección a la calzada de grava, el ladrón frenó su avance para decidir qué camino tomar, quedando en posición enteramente vulnerable. Caí sobre él y lo derribé, dando un gran salto y emitiendo un gruñido.
– ¡De aquí no pasas! -grité.
Caímos juntos formando un ovillo y volví su cuerpo para verle la cara, atenazándolo por la muñeca y pugnando por apartar la capucha de su capa de terciopelo. Pero no era un hombre.