– Así es. Él estaba aquí… tal vez con otro de los parientes de Poe; no puedo recordarlo.
Había otra particularidad. Neilson Poe me dijo que se enteró de la situación de Edgar cuando éste se hallaba ya en el hospital. Si había otro pariente junto con Henry Herring y no era Neilson, ¿quién era? Snodgrass prosiguió:
– Le pregunté al señor Herring si deseaba llevarse a su pariente a su casa, pero se negó en redondo. «En ocasiones anteriores, estando borracho, Poe se mostró muy ofensivo y desagradable», me explicó el señor Herring. Sugirió que un hospital era un lugar más adecuado que un hotel. Mandamos a un mensajero por un coche para trasladarlo al hospital universitario Washington.
– ¿Quién acompañó al señor Poe al hospital?
Snodgrass bajó la vista, incómodo.
– O sea que mandó a su amigo solo allí -dijo el barón.
– No podía permanecer sentado, ¿sabe?, y en el coche no quedaba sitio una vez echado a lo largo de los asientos. ¡No podía ni andar! Lo transportamos como si fuera un cuerpo muerto, y lo montamos en el carruaje. Se nos resistió y murmuraba, pero nada inteligible. Por entonces no creímos que su enfermedad fuera fatal. Por desgracia estaba embotado por la bebida, que lo torturó hasta el final.
Snodgrass suspiró. Yo ya sabía lo que el doctor sentía por la supuesta adicción de Poe a la bebida. Entre los papeles de su estudio, Duponte había hallado algunos versos sobre el tema de la muerte de Poe. «¡Oh! Fue una escena triste de presenciar» contenía estos versos de Snodgrass:
Tu orgulloso corazón joven y tu noble cerebro
se precipitaron en la corriente demoníaca; tu mente
ya no era apta para el esfuerzo
del pensamiento melodioso y sublime.
– Así fue la muerte de Poe -concluyó ahora Snodgrass hoscamente, dirigiéndose al barón-. Espero que esté usted satisfecho y no se empeñe en proyectar más luz sobre el pecado de Poe. Sus fallos ya se han lamentado bastante en público, y yo he hecho cuanto he podido para no hablar más de ello.
– A ese respecto, doctor, no tiene por qué preocuparse -le dijo el barón-. Poe no bebió nada.
– ¡Cómo! ¿Qué quiere decir? No me cabe ninguna duda. Fue un exceso, señor, lo que mató a Poe. Su enfermedad era mania a potu; incluso los periódicos han informado de ello. Yo conozco los hechos.
– Usted fue testigo de los hechos -dijo el barón con una sonrisa- y los conoce, pero me temo que no conoce la verdad. -El barón Dupin impuso silencio a Snodgrass con un gesto-. No necesita molestarse en defenderse, doctor Snodgrass. Usted hizo cuanto pudo. Pero no fue usted, señor, ni tampoco adicción alguna al alcohol lo que consumó la caída de Poe. Aquel día actuaban fuerzas muchísimo más diabólicas en contra del poeta. Y él está todavía por rehabilitar.
El discurso del barón iba dirigido ahora más a sí mismo que a Snodgrass. Pero éste agitaba la mano en el aire como si hubiera recibido el peor insulto.
– Señor, yo soy un experto en ese campo. ¡Soy dirigente de las comisiones a favor de la templanza de Baltimore! Conozco a un… a un… borracho, ¿no?, cuando me lo encuentro delante. ¿Qué intenta usted hacer? Ya puestos, ¡podría usted tratar de asaltar los cielos!
El barón repitió las palabras despacio, como cerrando un círculo, con las ventanas de la nariz dilatadas como los ollares de un caballo de guerra.
– Edgar Poe debe ser rehabilitado.
Capítulo 18
«Poe no había bebido nada», dijo el barón, y la bebida no fue la causa de su muerte, tal como informó la prensa.
Estaba frente a Duponte, ahora en mi biblioteca, sentado en el borde de la silla.
Naturalmente, yo no quería parecer demasiado complacido por la conversación del barón con Snodgrass, pues no era mi propósito elogiarlo más de la cuenta. Después de todo, él era nuestro principal rival y obstáculo.
– ¡Vaya cara que puso el doctor Snodgrass! -continué como de pasada-. Dupin hubiera podido darle un directo en la mandíbula. -Me eché a reír-. Snodgrass, ese falso amigo, lo merecía, si alguien me lo hubiera preguntado.
Un pensamiento extraño me vino a la mente. O, en realidad, una pregunta. En los cuentos de Poe ¿había sugerencias, me interrogué a mí mismo, de que C. Auguste Dupin había sido abogado? No pude responderme. La pregunta repiqueteaba en mi cabeza sin que pudiera rechazarla.
– ¿Y nada más?
– ¿Qué? -dije sobresaltado, al darme cuenta de que se había producido un embarazoso silencio.
– ¿Ha observado algo más hoy, monsieur? -preguntó Duponte, empujando hacia atrás su silla hasta medio camino del escritorio de los periódicos.
Le conté los otros puntos de interés, en particular la súbita e inexplicable presencia de Henry Herring en el Ryan's, antes de que Snodgrass tuviera oportunidad de llamarlo, y las detalladas descripciones del desastrado atuendo de Poe. Cuidé incluso de no volver a pronunciar el nombre del barón Dupin, tanto por mí mismo corno por Duponte.
– ¡Neilson Poe, Herring! ¡Y ahora Snodgrass! -exclamé con desagrado.
– ¿Qué quiere decir, monsieur? -preguntó Duponte.
– Ambos asistieron al entierro de Poe; eran, pues, hombres encargados de honrarlo. En lugar de eso, Snodgrass presenta una visión de Poe como un borracho. Neilson Poe no emprende acción alguna para defender el nombre de su primo. Henry Herring llega rápidamente al Ryan's, antes incluso de ser llamado por Snodgrass, sólo para mandar a su pariente, solo, al hospital en un coche de alquiler.
Duponte se pasó pensativamente una mano por la barbilla, chasqueó la lengua y luego giró en su silla, de modo que me dio la espalda.
Por entonces, había empezado a desarrollarse con fuerza en mi mente la idea de que, al estimular mi papel de espía, Duponte se habla propuesto sobre todo mantenerme ocupado. Después de la perturbadora entrevista consignada más atrás, apenas hablé con él salvo para informarle de detalles de mis últimos hallazgos, que él solía recibir con complaciente indiferencia. Algunas noches, si él ya se había retirado cuando yo regresaba a Glen Eliza, le dejaba una concisa nota en la que le explicaba lo observado aquel día. Por lo demás, yo no podía olvidar su sombrío desinterés cuando supo que la jugada de Bonjour había conducido al grave malentendido entre Hattie y yo frente a Glen Eliza. Supongo que Duponte se percató de la frialdad de mi conducta, pero nunca hizo comentario alguno al respecto.
Un día, tras el desayuno, dije:
– Estoy pensando en mandar una carta a aquel periódico antialcohólico de Nueva York que aseguraba estar al tanto de los excesos de Poe. Le he dado muchas vueltas. Alguien debería pedirle que hiciera público el nombre del supuesto testigo.
Al principio, Duponte se abstuvo de replicar. Finalmente levantó la vista, como envuelto en una nube de confusión.
– ¿Qué piensa del artículo de esa publicación de la liga de la templanza, monsieur Duponte?
– Pues que es una publicación de la liga de la templanza. Su deseo manifiesto es la eliminación universal del consumo de bebidas alcohólicas, pero esa gente tiene una necesidad distinta y, de hecho, de lo más contradictorio, monsieur: un repertorio de personas notorias en el que apoyarse, arruinadas por la bebida, para demostrar a sus lectores por qué su publicación en pro de la templanza debe seguir existiendo. Poe se ha convertido en una de aquellas personas.
– Así pues, ¿usted no cree que el testigo de la revista sea real?
– Dudoso.
Esto levantó mis esperanzas y, por un instante, restauró del todo mi buena relación con mi compañero.
– Y usted está convencido, monsieur, de que podríamos usar ese argumento para desmentir lo que se dice en la publicación. Pero ¿podemos probar que Poe no bebió estando allí?