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Después de una noche insomne, con imágenes de Duponte y del barón Dupin alternándose y mezclándose en mi mente con los más dulces ecos de la sonora risa de Hattie, por la mañana llegó un mensajero con una nota del empleado del ateneo. Se refería al hombre que le había entregado aquellos artículos relacionados con Poe, aquel primer indicio de la existencia del Dupin real. El empleado habla recordado o, más bien, había visto al hombre en persona, y le pidió SU tarjeta de visita para enviármela.

El hombre que le había pasado los artículos era el señor John Benson, un nombre que para mí no significaba nada. La satinada tarjeta era de Richmond, pero llevaba una dirección de Baltimore escrita a mano. ¿Pretendió alguien que diera con el verdadero Dupin? ¿Tenía alguien un motivo para atraerlo a Baltimore y que resolviera la muerte de Poe? ¿Fui yo el escogido para eso?

A decir verdad, mis esperanzas de responder a esas preguntas eran débiles. Me parecía probable que el anciano empleado, aunque bienintencionado, simplemente hubiera confundido a aquella persona con el hombre al que vio sólo un momento dos años antes.

Pensé en las figuras que parecían arrastrarse desde las sombras en torno a mí la noche anterior. Antes de aventurarme fuera aquel día, me hice con el revólver que mi padre conservaba en una caja para llevarlo en sus viajes de negocios a países menos civilizados que comerciaban con Baltimore. Me eché el arma al bolsillo del abrigo y me encaminé a la dirección impresa en la tarjeta de Benson.

Yendo por la calle Baltimore vi, a distancia, a Hattie de pie frente al escaparate de una tienda de modas. Le hice una seña formal, pues no sabía si se proponía marcharse sin dirigirse a mí.

Echó a correr con brusco arranque y me abrazó calurosamente. Aunque me estremecí ante aquella muestra de afecto, y por el placer de estar de nuevo cerca de ella, pensé con verdadera consternación y ansiedad que si notaba el bulto del revólver en mi abrigo, albergarla de nuevo las dudas sobre mi conducta que la habían atormentado. Se echó atrás con la misma rapidez con que se me había acercado» como si temiera que nos espiaran.

– Querida Hattie -dije-, ¿no aborrece la sola idea de verme?

– Oh. Quentin. Sé que ha conocido nuevos mundos, que ha tenido nuevas experiencias fuera de las que hubiéramos podido compartir.

– Usted no imagina quién era aquélla. ¡Una ladrona! Por favor, quiero que comprenda. Hablemos en un lugar tranquilo.

La tomé por el brazo para que me acompañara, pero lo retiró suavemente.

– Es tardísimo. Esta noche iré a Glen Eliza para tener una explicación. Ya le dije que las cosas han cambiado mucho.

¡Aquello no podía ser!

– Hattie, yo necesitaba llevar a cabo lo que me parecía justo. Pero pronto todo volverá a la normalidad.

– Mi tía no quiere que vuelva a pronunciar nunca más su nombre, y ha dado instrucciones a todos nuestros amigos de que nunca mencionen nuestro compromiso ni en voz baja.

– Sin duda a la tía Blum se la podrá convencer fácilmente… Lo que me escribió en su nota sobre que usted había encontrado a alguien… ¿Es eso verdad?

Hattie hizo un leve gesto con la cabeza.

– Me voy a casar con otro hombre, Quentin.

– No será por lo que presenció en Glen Eliza.

Negó con la cabeza, pero la expresión de su rostro permaneció inmóvil y ambivalente.

– ¿Quién es él?

Y allí estaba la respuesta.

Peter salió de la tienda frente a la cual se hallaba Hattie, contando unas monedas que le había dado la dependienta. Al verme se volvió avergonzado.

– ¿Peter? -exclamé-. No.

Él dejó que su mirada vagara sin objetivo.

– Hola, Quentin.

– ¡Que usted… está prometida a Peter! -Me adelanté y susurré a Hattie, para que él no pudiera oír-: Querida señorita Hattie, Hattie, dígame una sola cosa: ¿es usted feliz? Dígame sólo eso.

Guardó silencio, luego asintió vivamente y puso una mano sobre mí.

– Quentin, tenemos que hablar -dijo Peter.

Pero yo no aguardé. Me alejé a toda prisa, pasando ante Peter sin llevarme siquiera la mano al sombrero. Hubiera deseado que ambos desaparecieran.

– ¡Quentin! ¡Por favor! -me llamó Peter.

Me siguió un breve trecho, pero desistió cuando comprendió que no me detendría… o quizá cuando vio la ira que relampagueaba en mis ojos.

Casi olvidé el arma oculta en mi abrigo, habida cuenta el peso mortal de aquel nuevo descubrimiento. De camino hacia la dirección del señor Benson, atravesé algunas de las más hermosas y bien equipadas calles de Baltimore.

Después de explicar que yo era un desconocido que deseaba tratar brevemente de un asunto con el señor de la casa, y excusándome por no aportar una carta de presentación, fui conducido al interior por un sirviente de color. Me acomodé en un sofá de la sala. Las estancias estaban decoradas a la última moda, con papel más bien exótico en las paredes, de sabor oriental, con varias pequeñas siluetas ni fondo. El único gran retrato, que colgaba tras el sofá, al principio no me llamó la atención.

Hablando científicamente, no sé si los sentidos de una persona pueden descubrir que los ojos de una pintura lo están mirando, pero mientras aguardaba al dueño de la casa, se despertó en mí una curiosa sensación que me hizo levantar la cabeza. Tal como estaban dispuestas, las lámparas proyectaban una intensa luz en torno a la pintura. Me levanté, y los ojos pintados se encontraron con los míos, El rostro era pleno, fatigado pero rebosante de vivacidad, como salido de un pasado idealista. Pero los ojos… No, qué torpe era. Me hallaba bajo los efectos de un encantamiento que elevaba mi tensión emotiva y que obraba a partir de las tensiones experimentadas en los Últimos días. Aquel rostro sombrío era el de un hombre mayor, con el cabello blanquecino, la barbilla gruesa, mientras que la suya era casi puntiaguda. ¡Pero los ojos! Era como si hubieran sido trasplantados desde las oscuras órbitas del Fantasma, el hombre cuya imagen seguía invadiendo mi mente a intervalos regulares, advirtiéndome que no me mezclara, cuando empecé, sin ayuda alguna, la investigación que me había llevado tan lejos. Me apresuré a rechazar esta insana idea de reconocimiento, pero aun así mi preocupación persistió. Durante mi espera recordé la poca fe que puse en la utilidad de aquella visita, y sentí que la formal disposición de la sala de recibir resultaba sofocante. Decidí dejar mi tarjeta y regresar a Glen Eliza.

Pero desistí al oír acercarse a alguien.

Unos pasos lentos descendieron por la escalera, y de detrás de la curva que aquélla describía, apareció el señor Benson.

– ¡El Fantasma! -exclamé, en un suspiro.

Allí estaba. El hombre singular que muchos meses atrás me advirtió que me mantuviera alejado del caso Poe. Era una versión más joven de los ojos que tenía tras de mí en la pared. El hombre que pareció disolverse en el humo y la niebla mientras yo perseguía su sombra por la calle. Sin pensar en ello, sin considerar lo que debía hacer a continuación, mi mano se sumergió en el bolsillo del abrigo y mis dedos encontraron la culata del revólver.

– ¿Qué dice? -preguntó, llevándose una mano a la oreja, dubitativo-. ¿Ha dicho Fenton? Benson, señor. John Benson.

Me imaginé apuntándole a la boca con el arma. Aquélla, después de todo, fue la boca que me incitó a investigar a Poe, que me condujo a todo esto, a todas aquellas decisiones, a descuidar a mis amigos, ¡a la irreversible traición de Hattie y Peter!

– No, Fenton no. -Ignoro qué perverso impulso me llevó a corregir a un hombre para que supiera que había sido mi enemigo largamente buscado. Apreté los dientes alrededor de la palabra-: Fantasma.

Me estudió cuidadosamente, levantando un dedo hasta sus labios en una pensativa consideración de mi respuesta.