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Su tono de mofa me produjo enfado. Yo sabía que Duponte trató de investigar personalmente el caso cuando mademoiselle Gautier fue detenida, pero desistió desesperado. Le repetí esta historia al barón.

– Trató de investigarlo: ¿es eso lo que le dijeron? Pues sepa, monsieur, que el amigo Duponte investigó el caso. Y nunca desistió. Tuvo el éxito de siempre.

– ¿Éxito? ¿Cómo? ¿Quiere decir que al final ella no fue ejecutada?

– Recuerdo vívidamente -empezó el barón- mi primera visita al piso de Auguste Dupin en París.

El barón Dupin encontró un lugar para dejar su sombrero y su bastón, puesto que Duponte no se lo ofreció. El barón deseaba más luz. E1 abogado consideraba que la buena iluminación era una ventaja cuando demostraba mediante vehementes movimientos de las manos y variadas expresiones del rostro por qué era preciso cooperar con él. Por descontado que con Auguste Duponte no se apoyó en ninguna de las habituales rutinas de persuasión, pero las circunstancias eran terribles. Su carrera se hallaba en una encrucijada traicionera. Y también estaba en juego la vida de una mujer.

El barón nunca había visto antes a Duponte. Como todas las personas informadas de París, y como todos los delincuentes, sabía quién era Auguste Duponte. El barón había establecido una norma estricta como abogado. No aceptaba el caso de un acusado que hubiera sido detenido gracias a la raciocinación de Duponte. La razón de ello no era la obvia: que el barón suponía que una persona señalada por Duponte era automáticamente culpable. Sucedía que la reputación de Duponte era tan sólida por aquellos días, que una vez un juez, se enteraba de que los cargos se habían imputado gracias a la intervención de Duponte, resultaba casi imposible conseguir un veredicto de no culpabilidad.

Ahora el barón veía una oportunidad. Podía utilizar el ciego afecto que sentía Duponte por Catherine Gautier para vencer en su caso más importante. El barón estaba convencido de que cada caso era el más importante, pero aquél era especiaclass="underline" se trataba de un caso que a cualquier otro abogado le hubiera parecido del todo imposible. Esto le indujo a mostrarse más decidido.

– Vamos a organizar una defensa conjunta -le dijo el barón a Duponte-. Nuestra finalidad es devolver la libertad a mademoiselle -añadió en tono animoso-. Su ayuda, monsieur Duponte, sería sumamente valiosa… En realidad, de lo más decisivo. Usted será el héroe de la absolución.

La verdad era que el barón no creía tal cosa, pues sabía que el héroe iba a ser él. Duponte permanecía inmóvil en un sillón, junto a la chimenea apagada.

– Mi ayuda confirmará que está perdida -respondió casi ausente.

– No tiene por qué ser así, monsieur Duponte -objetó el barón, excitado-. Usted tiene fama de ver lo que otros no pueden ver. Si los demás sólo ven que ella es culpable, usted puede usar su talento, su genio, para que vean su inocencia. La Sagrada Biblia dice que todos somos culpables, monsieur, pero ¿no se sigue de eso que todos somos inocentes?

– Nunca oí decir que era usted un erudito en materia religiosa, monsieur Dupin.

– Barón, por favor.

Duponte se lo quedó mirando sin pestañear. El barón se aclaró la garganta.

– Le propongo una elección, monsieur, que seguramente resultará atractiva para su inteligencia. Usted puede emplear su genio para rescatar a una persona a la que ama, una persona que lo ha amado a usted, de un destino que entraña la muerte más negra. O bien usted puede permanecer sentado, ocioso, en su lujosa vivienda, y dejarse consumir para siempre en soledad. Es una burrada… Quiero decir que hasta un burro podría saber lo que había de decidir. ¿Cuál será su destino?

El barón no solía tender a la discusión empleando términos profundos, pero tampoco los eludía. Mademoiselle Gautier había salvado su vida convirtiéndose en la amante de un estudiante parisiense rico, que la retiró. En su circunstancia, la mayoría de las muchachas caían en la prostitución, pero Catherine Gautier logró evitarla. No fue ése, sin embargo, el caso de su hermana, pese a los desvelos de Catherine. La ruina de su hermana sería también la suya, pues compartían no sólo el apellido, sino un parecido lo bastante acusado ionio para ser confundidas en la calle por conocidos, tenderos y policías. Éste era un motivo suficiente para que Catherine eliminara aquella mancha en su identidad. Por lo mucho que había averiguado el barón, era sumamente improbable que la acusada llevara a cabo tina acción punible, y había dado con los nombres de muchos villanos, compañeros de la hermana en su nueva profesión, que muy fácilmente podrían ser mostrados como culpables aportando las pruebas más nimias.

– Si investigo el asunto de la muerte de su hermana -empezó a decir Duponte, y el barón se estremeció al oír aquellas palabras-, si lo hago, no quisiera que otros supieran que estoy en ello.

El barón prometió no revelar nada a la prensa sobre la ayuda de Duponte.

En efecto, Duponte investigó la muerte de la hermana de Gautier, tal como prometió. No tardó en descubrir, sin el menor género de duda, la secuencia de los acontecimientos que desembocaron en aquella muerte. Sus conclusiones apuntaron indiscutiblemente a su amante, Catherine Gautier, como la responsable. Pasó su información al prefecto, sacando a la luz a un testigo que la policía no había descubierto, y arruinando con ello todas las oportunidades del barón Dupin de vencer por otros medios. Este giro de los acontecimientos llevó al barón a la desesperación. Era demasiado orgulloso para aceptar la derrota de buen grado. Requirió muchos favores y gastó muchos miles de francos más de la que ya por entonces era una deuda cuantiosa, a fin de manipular el caso. Pero no resultó efectivo. Las pruebas aportadas por Duponte resultaban demasiado sólidas para ser invalidadas. El barón estaba ahora arruinado financieramente y en cuanto a su reputación.

Mientras tanto, el agente Delacourt, en su ambición de ascender en la prefectura, aseguró a Duponte y a Gautier que con las nuevas pruebas, que presentaban a la joven confusa y engañada, pero de ningún modo perversa, y tomando en consideración su sexo, la sentencia sería benévola. Pero pocos meses más tarde fue ejecutada, en presencia de Dupin y Duponte, junto con las tres cuartas partes de los parisienses.

– En primer lugar -dije-, en este asunto Duponte sufrió más que usted. No sólo minó su capacidad para proseguir la tarea a la que lo impulsaba su genio, sino que también perdió a la única mujer que amó, ¡y por obra suya! No se desquite de su deshonra atormentando ahora a Duponte. No puede utilizar la muerte de Poe para ese propósito. ¡No lo consentiré!

El barón replicó:

– Recuerde el hermoso axioma legal super subjectum materiam: a ningún hombre puede hacérsele responsable profesionalmente de opiniones fundadas en hechos que le han sido sometidos por terceros. -El barón permaneció de pie junto a mi asiento-. Yo no empecé esto, monsieur. Empezó usted. Usted me impulsó a investigar la caída de Poe. Usted está en su terreno, ¿no se da cuenta? Sea fiel a sus compromisos, amigo Quentin. Usted me dio a entender que podría rehabilitarme. Mi nombre fue triturado por detractores y difamadores porque la sombra de mi genio creció demasiado y se negó a acomodarse a sus pequeñas vidas, con lo cual los ojos que nos escrutan convierten cualquier pecadillo venial en pecado mortal con el fin de acabar con nosotros. Mire por dónde, es el mismo caso de nuestro querido Poe.

– ¿Se compara usted con Poe? -pregunté, visiblemente estupefacto.

– No tengo por qué, puesto que el amigo Poe ya es cosa del pasado. ¿Por qué cree usted que escogió el personaje de Dupin como el mejor de sus héroes? Él vio en el genio del descifrador de enigmas sus propias capacidades divinas para comprender lo que dioses y hombres nunca podrían penetrar. ¿Y cuál es la recompensa? El prefecto de policía, no el héroe de Dupin, es quien recibe las felicitaciones de todas las partes. Mientras que otros autores la mitad de buenos que Poe ganaban dinero en las revistas, él luchó por última vez para sobreponerse a la adversidad, luchó hasta el final, hasta que acabó apartado… de la existencia.