No tenía adonde dirigirme sin hacerme vulnerable a los dos hombres que iban tras de mí o al que se acercaba por el frente. Decidí que contaba con más oportunidades si me enfrentaba a un solo hombre, y cargué en dirección a él. Cuando intenté rebasarlo me agarró del brazo y tiró de mí.
– ¡Por aquí! -me dijo, conteniéndome mientras yo me debatía.
Dejé que me condujera a una calle más oscura y estrecha. Ahora corríamos uno junto al otro. Desplazó su mano a mi espalda, ayudándome a mantenerme erguido.
Los hombres nos seguían. De pronto mi compañero empezó a cruzar por detrás y por delante de mí mientras corríamos.
– ¡Haga lo mismo! -me gritó.
Comprendiendo su propósito, seguí su ejemplo. En medio de la lluvia y de la oscuridad los dos matones no serían capaces de distinguir quién era quién.
Ahora se alejó de mí y, tras un momento de vacilación y confusión, uno de los matones fue tras él. El otro seguía mi camino con renovado vigor. Al menos el número de manos que podían estrangularme en cualquier momento había quedado reducido a la mitad. Ni siquiera tuve tiempo de pensar en la razón de que aquel extraño, al que yo consideraba adversario, me hubiera auxiliado frente a los asesinos.
Se había abierto una posibilidad de ventaja, pero debía actuar con rapidez. Miré atrás y vi al matón detenerse en plena carrera y levantar la pistola. La descarga resonó como un trueno. La bala me atravesó limpiamente el sombrero, que salió volando. La rabia en sus ojos y sus gruñidos a voz en grito me espantaban más que la pistola. Mi bastón de Malaca me resbaló varias veces en la mano a causa de la cortina de agua, y estuvo a punto de caérseme, pero no lo permití.
La lluvia amainaba y toda la tierra se tornó fangosa. Yo resbalaba y me deslizaba por las calles sin que mi solitario perseguidor cejara en su propósito. Traté de gritar reclamando ayuda, pero mi capacidad para emitir sonidos se malograba en la misma garganta, y aunque ambos renqueábamos a causa de la irregularidad del terreno, si me detenía me expondría a un grave riesgo. Además, con mi ropa empapada y desaliñada, con la cabeza descubierta, parecía un vagabundo salvaje, el mayor temor de los habitantes de la ciudad. Nadie acudiría en mi socorro esta vez. Buscando un refugio en el distrito de los negocios, descubrí la puerta de un gran almacén que había sido abierta de par en par por el viento. Corrí al interior y di con una escalera.
Subí a toda prisa al piso superior y choqué con una rueda recién pintada que me llegaba hasta el cuello. Entonces me di cuenta de dónde estaba.
Me rodeaban ruedas, calesas, estribos y ejes: había ido a parar a la fábrica de carruajes Curlett's, en Holliday. En el primer piso había una sala donde se exhibían y se vendían los últimos modelos de carruajes. Junto con la manufactura de pianos a unas manzanas de distancia, el edificio representaba una nueva idea: fábrica, almacén y punto de venta en un solo local.
– Hasta aquí hemos llegado, valiente -dijo una voz, hablando ahora en francés. El matón apareció en la puerta. Una sonrisa forzada se dibujó en medio de sus jadeos, y me dirigió una mirada salvaje-. Ya no hay adonde correr. A menos que quiera saltar por lo ventana.
– No pretendo tal cosa. Lo que quiero es que hablemos corno hombres civilizados. Yo no tengo la menor intención de evitar que aniden sus deudas con el barón.
Se acercó y yo me eché atrás. Me miró inquisitivamente.
– ¿Es eso lo que cree, monsieur? -Emitió una risa ahogada muy desagradable-. ¿Cree que estamos aquí para reclamar a un aprovechado unos pocos miles de francos? -preguntó, en tono ofendido-. La cosa va mucho más allá. Lo que está en juego es la futura paz de Francia.
– ¿El barón Dupin? ¿Un abogado en desgracia? ¿Que él tiene que ver con el futuro de Francia?
Mi rostro exteriorizó mi extrema confusión, y él me miró con airada impaciencia.
Con un brusco manotazo agarré la gigantesca rueda que había junto a mí y la empujé con las fuerzas que me restaban. Alargó la mano y la bota para detenerla y cayó a su lado, sin impulso ni daño.
Me lancé a través de la nave, pero sabía que él tenía razón: no había dónde ir. Aunque no hubiera estado mortalmente cansado y empapado, el almacén era un gigantesco espacio atiborrado de piezas de carruajes. Traté de saltar sobre una calesa a medio terminar, pero mi bota tropezó y me derrumbé, lo que suscitó el eco de una brutal risotada.
Al caer no fui a dar en el suelo; fue algo mucho peor que eso. Me había quedado enredado en una cuerda en torno a la trasera de un coche, que unía ciertas piezas aún no fijadas en el vehículo. Mientras empujaba y daba puntapiés para liberarme de la cuerda, me encontré con el cuello atrapado en un estrecho lazo. Sostuve el bastón con una mano, utilizando su extremo para agarrarme al carruaje que tenía detrás, y traté desesperadamente de soltarme de la confusa maraña de nudos alrededor de la cuerda que me presionaba el cuello. Pero a cada movimiento, apretaba más.
Los pasos pausados del hombre se acercaban. Montó en el coche, que aún no tenía techo. De pie por encima de mí y sonriéndose, con un súbito y resuelto movimiento apartó de un puntapié mi bastón. Aunque yo seguía aferrando un extremo, el otro, que había estado utilizando para agarrarme al carruaje, se había desplazado y ahora me encontré colgando. Cada vez que trataba de sujetarme a la trasera, con el bastón o con la mano, mi perseguidor se complacía en golpear más fuerte con el pie. Sintiendo que los nudos de aquel horrible lazo se estrechaban fatalmente en torno a mi cuello, introduje el cayado del bastón en el punto más ancho entre la cuerda y el cuello. Mientras tanto, moví los pies, pero las escasas pulgadas entre el extremo inferior de mi cuerpo y el suelo sencillamente no podían reducirse.
¡Ahorcarse en un carruaje! Casi podía compartir la sonrisa terrible dé mi verdugo ante semejante destino.
Mientras permanecía suspendido allí, agarré fuertemente el bastón con ambas manos, en una especie de plegaria desdichada y desesperanzada. Lo aferraba tan fuerte que en los poros de la madera quedaría más tarde una señal blanca de mis palmas húmedas. Apretando los párpados, me sorprendió sentir de repente que el bastón se abría paso, como si mis manos tuvieran la fuerza de cuatro hombres. La mitad se estaba desprendiendo a causa del tirón. El bastón, como advertí de inmediato, constaba realmente de dos partes diferenciadas, unidas en el centro. En la separación podía ver el brillo del acero.
Empujé con más fuerza y resultó que toda la mitad superior del bastón era una pieza deslizante que ocultaba un estoque. Un estoque de medio, no, de metro y medio de longitud una vez descubierto por completo.
– Poe -susurré, con el que pudo haber sido mi último aliento.
De inmediato corté el lazo en torno a mi cuello, y en cuanto estuve libre basculé hacia la trasera del coche, a la que me agarré con la mano desocupada.
Lo primero que vi al levantar la vista fue al francés encaramado in lo alto de la calesa, observando con curiosidad. En su confusión al descubrir mi arma, había dejado la pistola colgando junto a su costado. Con un grito penetrante, blandí el estoque por encima de mi cabeza. Le alcanzó en un lado del brazo. Luego, con los ojos cerrados, retiré el estoque y de nuevo lo impulsé hacia delante. Él dejó escapar Un chillido agudo.
Caí al suelo, de espalda. Mis botas se apoyaron en la trasera de la calesa. El matón, furioso y pálido, dando terribles voces a causa de su herida, abrió mucho los ojos mientras yo empujaba con ambas piernas, con toda mi fuerza. El carruaje a medio construir salió rodando por la nave y, tras salírsele una rueda del eje, volcó, quedando sobre el hombre como una gigantesca tumba. Una pieza del carruaje cortó una de las tuberías próximas, que dejó escapar un chorro de vapor, sumando su silbido a aquel caos.