Выбрать главу

»Nunca más volví a ver al señor Poe, pero nunca olvidé lo que hizo. Lo quise por eso y lo sigo queriendo, aunque lo conocí poco tiempo. Cuando me liberaron trabajé en varios periódicos locales Ahora ayudo a envolver los periódicos que se van a repartir en los diversos puntos de la ciudad. En uno de esos periódicos eché un vistazo a las quejas de usted a los editores acerca del momento de la muerte de Poe, de que Poe había sido utilizado por la prensa, y de que incluso su tumba no llevaba inscripción. Hasta entonces no supe dónde había sido enterrado. Cuando acabé el trabajo del día, fui allí y dejé un recuerdo en el lugar que usted describía.

– ¿La flor? ¿Fue usted quien la dejó?

Asintió.

– Recuerdo que Eddie iba siempre bien vestido, y que en ocasiones llevaba una flor blanca como aquélla en el ojal.

– Pero ¿adonde fue una vez que hubo depositado la flor?

– No es un cementerio para negros, como sabe, y atraería sospechas si rondaba por allí al caer la noche. Mientras estaba arrodillado junto a la tumba oí acercarse deprisa un carruaje, y me apresuré a marcharme.

– Era Peter Stuart, mi socio de bufete, que iba a ver dónde estaba yo.

– Después de eso, todos los días leía los periódicos por repartir, y vi otro artículo nada caballeroso acerca del carácter de Poe… Hace tiempo los Ridgeway me enseñaron a leer, y gracias a su diccionario Webster pude descifrar todas aquellas groserías. Me parece que a los vivos les gusta demostrar que son mejores que los muertos. Pasó mucho tiempo hasta que otro tipo, un extranjero, empezó a recorrer las redacciones de los periódicos, armando mucho ruido a propósito de Poe. Decía querer justicia para Poe, pero desde mi punto de vista se proponía excitar bajas emociones.

– Ése es el barón Dupin -expliqué.

– Hablé con ese hombre más de una vez, pidiéndole que respetara la memoria de Poe. Pero me recordó aquel dicho de que el muerto al hoyo… Sencillamente, se deshizo de mí o trató de convencerme de que podría ganarme un dinero si lo ayudaba.

Recordé el día que vi al barón con su brazo en el hombro de Edwin y pensé que estaban conspirando.

– Fue por entonces cuando volví a verlo a usted, señor Clark. Lo vi a usted y a ese barón cuando se dirigió a él y discutían sobre Poe. Decidí averiguar más sobre usted y lo seguí. Lo vi acompañar a aquel joven esclavo a la estación y defenderlo ante ese traficante, Hope Slatter.

– ¿Conoce a Slatter?

– Fue Slatter quien tramitó mi venta a mi segundo amo. Por entonces yo no tenía nada en contra de Slatter en particular, porque no era más que un chico y ésa era la vida que conocía. Él hacía su trabajo. Pero acudí a él una vez, años más tarde, para preguntarle quiénes eran mis padres, pues él los había vendido y separado, aunque prometía a todos los amos que nunca separaría a las familias. Slatter era el único hombre que lo sabía, pero se negó a responderme y me echó amenazándome con su bastón. Desde entonces nunca puedo levantar la vista cuando lo veo por la calle con sus ómnibus ruidosos, conduciendo esclavos a sus barcos. Es extraño, pero siempre lo relaciono en mi mente con Poe… Supongo que no llegué a penetrar en el corazón de ninguno de los dos, pero sé que uno me puso cadenas y el otro me las quitó.

»Presencié su desafío a Slatter. Me pareció que usted podría necesitar ayuda… y eso sucedió esta noche en plena tormenta. De nuevo lo seguí.

– Probablemente me ha salvado la vida, Edwin.

– Hábleme de esos hombres.

– Villanos de primer orden. El barón debe grandes cantidades de dinero a poderosos intereses, allá en París. Por eso busca aclarar el misterio de Poe, por dinero.

– ¿Y cuál es su relación con todo eso, señor Clark?

– ¡No tengo relación alguna con esos hombres que pretendían despacharme al otro mundo! Cualesquiera ideas que se han formado en sus mentes son pura fantasía. No me conocen de nada.

– Me refiero a su relación con todo el asunto en general. Dice que ese barón trata de desentrañar el misterio de Poe por mero interés. Muy bien. Y usted ¿qué persigue?

Pensé en las pasadas reacciones, en las miradas decepcionadas de los amigos que perdí, en Peter Stuart y Hattie Blum, y dudé en responder. Pero Edwin no parecía pretender juzgarme. Su carácter abierto me hacía sentir cómodo.

– Supongo que mis razones no son muy diferentes de las suyas al auxiliarme esta noche. Poe me liberó de la idea de que la vida debe seguir un camino fijo. Él era América…, una independencia que desafiaba el control, por más que mantenerse controlado lo hubiera beneficiado. De algún modo la verdad que hay en Poe es algo personal para mí, y de la mayor importancia.

– Entonces anímese, señor. Todavía le queda mucho por hacer a favor de la buena causa.

Edwin hizo una seña al camarero, quien puso ante mí una taza de té que desprendía vapor. No creo haber probado nunca algo tan maravilloso.

Capítulo 25

Mi regreso a casa fue más llevadero de lo que ustedes podrían imaginar después de una noche como aquélla. Me embargaba una sensación de alivio. Había dejado atrás a mis dos perseguidores, lejos, en algún lugar de Baltimore. Pero aquella nueva sensación de alivio se debió a algo más que eso, incluso a algo más que a la camaradería de Edwin.

El día había sido largo. Me vi transportado al sanctum del barón Dupin, me enteré del doloroso secreto del pasado de Auguste Duponte, descubrí algo de Poe a través de revelaciones relacionadas con el vestido y el bastón, y el pleno significado de todo eso aún lo estaba asimilando mi mente. Pero había sucedido algo más. Mientras recorría las calles, bajo una lluvia que ahora no pasaba de alguna neblina ocasional, vi aquella misma octavilla…, una hojita amarilla impresa en negro, colgando de las farolas por toda la ciudad. Había un vagabundo mirando una, bajo el mechero de gas, con las manos en los bolsillos de su raído traje.

Me paré frente a él y toqué el papel para asegurarme de que era real. Vi que el hombre tiritaba, me quité el abrigo, se lo di y se envolvió en él con un gesto de agradecimiento.

– ¿Qué dice?-preguntó.

Se quitó el torcido sombrero, que tenía la copa abollada. Comprendí que el indigente no sabía leer.

– Algo notable-comenté, y leí en voz alta, en un tono vibrante que hubiera rivalizado con una de las presentaciones del barón.

Vaya aspecto que debía presentar! Con mi traje hecho jirones, empapado, mal cortado y de otra talla, sin abrigo, con la cabeza descubierta y despeinado, apoyando mi cuerpo fatigado en el precioso pero maltrecho bastón de Malaca. La vista de mi persona en el espejo del vestíbulo principal de Glen Eliza parecía corresponder u otro mundo. Sonreía ante ese pensamiento mientras subía por la escalera.

– A Poe no lo atracaron -le dije a Duponte antes, incluso› de saludarlo-. Ahora veo adonde quería usted ir a parar. El bastón de Poe, este tipo de Malaca, tenía un estoque oculto en su interior. Según la prensa, había «jugado» con el bastón en el despacho del doctor Cárter, en Richmond. Esto significa que conocía la existencia del estoque. Si le hubieran robado la ropa o le hubieran hecho objeto de violencia, habría tratado de usarlo.

Duponte asintió. Quise explicarme más.

– Y la ropa. Su ropa, Duponte, debió quedar empapada a causa del mal tiempo el día en que fue descubierto. En toda la ciudad hay tiendas de ropa dispuestas a cambiar un traje por otro.