– El vestido es un artículo único -convino Duponte-. Es una de las pocas posesiones que pueden ser desdeñables y valiosas a un tiempo. Cuando está mojado, el atuendo carece de valor para quien lo lleva; pero, como la experiencia nos enseña, inevitablemente se seca, y entonces, a los ojos del ropero, es tan valioso como un traje seco del mismo tipo. El ropero sólo obtiene beneficio cuando más tarde lo vende.
Sobre la mesa había un montón de las octavillas amarillas que vi fuera. Tomé una.
– Está usted dispuesto -dije-. ¡Está dispuesto! ¿Cuándo imprimió todo eso, monsieur?
– Primero hay más cosas que hacer -replicó Duponte-. Por la mañana.
Leí de nuevo la octavilla. Duponte anunciaba al público que pronunciaría una conferencia en la que explicaría la muerte de Edgar A. Poe. Inspirador del célebre personaje de Dupin -se leía-. Analista de gran fama en París, descubridor del infame asesino de monsieur Lafarge, la célebre víctima por envenenamiento, presentará una exposición detallada de cuanto le ocurrió a Edgar A. Poe el 3 de octubre de 1849 en la dudad de Baltimore. Todos los hechos han sido reunidos como fruto de la investigación y la reflexión personal. Entrada libre.
A la mañana siguiente, día de la conferencia de Duponte, me fui antes de que éste se levantara, a fin de distribuir más octavillas. Las coloqué en muchas tiendas, puertas y postes. Mandé avisar a Edwin, quien, después de enterarse de quién era Duponte, accedió a difundir el aviso por varios barrios de la ciudad, mientras iba y venía repartiendo periódicos. Yo tendía las octavillas a los viandantes y observaba cómo sus rostros reaccionaban con interés mientras leían.
Cuando una mano se disponía a tomar una, levanté la vista para encontrarme con un rostro sombrío ante mí. Henry Herring agarró la octavilla y fijó sus ojos en mí por encima del borde del papel.
– ¿Qué significa todo esto, señor Clark?
– Ahora se entenderá todo -dije- acerca de la muerte de su primo.
– A decir verdad, apenas me considero emparentado con él.
– Entonces no tiene por qué preocuparse -respondí, recuperando la octavilla-. Pero sí estaba lo bastante próximo a él para haber sido una de las pocas personas que asistieron a su entierro.
Herring apretó los labios hasta reducirlos a una delgada línea.
– Usted no lo comprende.
– ¿Se refiere a Poe?
– Sí -rezongó-. ¿Sabe usted que cuando Eddie vivía aquí, en Baltimore, antes de casarse con Virginia, cortejó a mi hija? ¿Le informó su amigo Eddie de esa infame conducta? Le escribió poemas, uno detrás de otro, declarándole su amor -explicó en tono disgustado-. ¡Mi Elizabeth!
Herring empezó a producir chasquidos contrayendo la mejilla. Pero para entonces mi atención se había desplazado a otro lugar. Embargado aún por la emoción del día que se avecinaba, había estado imaginando la cara del barón Dupin al ver la octavilla…, suponiendo que los asaltantes franceses no hubieran caído sobre él. Henry Herring dijo unas pocas palabras más: consideraba de mal gusto ventilar los asuntos de un hombre muerto en circunstancias deshonrosas.
Me quedé mirando la rama de un árbol que se meneaba con el viento. Paseando la vista en derredor vi octavillas de Duponte en una gloriosa abundancia en todos los rincones. Eso fue lo que me produjo alarma.
Si el barón tenía noticias de la conferencia de Duponte y de las octavillas, ¿no enviaría a Bonjour y a cuantos bribones pudiera contratar para reventarla o para ahogarla con sus propios anuncios? Por lo menos haría eso. Desde su propia perspectiva, tan sólo sería algo gracioso. Pero ni uno solo de los anuncios había sido retirado. ¿Iba a permitir aquello el barón? ¿Iba a hacerse atrás con tanta facilidad…? A menos que…
– ¡El barón! -exclamé.
– ¿Adonde diablos va usted?
Herring me llamaba mientras yo me alejaba a todo correr.
– ¿Monsieur? ¡Monsieur Duponte!
Lo llamé mientras aún tenía en la mano el pomo de la puerta de mi casa. Atravesé a la carrera, ansiosamente, el vestíbulo principal, subí por la escalera e irrumpí en la biblioteca. No estaba allí. Supe que había ocurrido algo.
No, Duponte no estaba.
Oí los leves pasos de Daphne en la sala, con otro sirviente. Corrí tras ella y le pregunté dónde estaba Duponte.
Negó con la cabeza. Parecía asustada o quizá sólo desconcertada.
– Se fue con sus amigos, señor Clark.
No, no, pensé, con las palabras agarradas a mi pecho.
Un joven se presentó y dijo que el señor Duponte tenía una visita; pero como la persona estaba imposibilitada, el señor Duponte debería acudir a la puerta para verla. El carruaje aguardaba allí. Daphne replicó que sería mejor que el visitante se acercara a la puerta, como era costumbre. Pero el cochero insistió. Ella informó a Duponte, quien, después de dedicar al asunto alguna reflexión, acudió.
– ¿Y entonces? -la urgí a continuar.
Daphne parecía haber suavizado su animadversión hacia Duponte, pues sus ojos se empañaron y se los frotó ligeramente antes de proseguir:
– Había un hombre sentado en el coche, como un rey… No creo de ninguna manera que estuviera lisiado, pues se levantó en toda su estatura y tomó al señor Duponte del brazo. Y él…, señor…
– ¿Qué?
– ¡Era idéntico al señor Duponte! Como gemelos exactos, a fe mía. -Y diciendo esto se inclinó-. El señor Duponte montó en el] coche, pero con un temblor en la cara que daba pena. Como si supiera que dejaba algo tras él para siempre. ¡Cómo me hubiera gustado que estuviera usted aquí, señor Clark!
¡Yo había sido un bobo, un asno! ¡El barón no se había apoderado de nuestras octavillas anunciando la conferencia porque pensaba apoderarse del propio conferenciante!
No había rastro del barón en los hoteles que empecé a recorrer. Pero en primer lugar acudí a la policía para denunciar la desaparición de Auguste Duponte, y entregué el retrato pintado por Van Dantker, que le había quitado al barón. También facilité un dibujo, que esbocé a toda prisa, del barón y sus compinches, incluidos los diversos cocheros, mozos y mensajeros que en un momento u otro observé que había empleado. Luego, recibí un mensaje en el que se me citaba en la comisaría.
Aguardaba en su despacho el mismo oficial White con el que hablé a raíz de la muerte de Poe. Mantenía las manos fuertemente entrelazadas.
– ¿Ya lo han encontrado? ¿Han encontrado a Duponte?
– ¿O Dupin? -preguntó-. Esos retratos que nos dio nos ayudaron, señor Clark. Pero todos los empleados del hotel a los que interrogamos reconocieron a Duponte no como Duponte sino como Dupin. ¿Advierte sus semejanzas incluso en el dibujo que usted hizo a partir de la pintura?
Apenas podía contener mi agitación.
– La razón de que se parezcan es que el barón Dupin ha estado intentando, de manera flagrante, imitar a monsieur Duponte, y el artista, Van Dantker, era cómplice de la suplantación.
White cambió la posición de las manos y se aclaró la garganta.
– ¿Duponte pretendía ser Dupin?
– ¿Qué? No, no. Todo lo contrario, oficial White. Dupin quiere demostrar que él fue el modelo real para el personaje de Poe,…
– ¡Otra vez Poe! ¿Qué tiene esto que ver con él?
– ¡Muchísimo! ¿Sabe? Auguste Duponte es el modelo para el personaje de C. Auguste Dupin. Por eso ha venido. Para resolver el misterio de la muerte de Poe. Ha estado viviendo en mi casa y se ha dedicado a esa tarea, y por eso no se le ha visto mucho. Por no mencionar que la mayor parte de sus salidas las hace por la noche… Bien; el francés de Poe hace lo mismo. Mientras tanto, el barón Claude Dupin ha pretendido ser también el modelo de Dupin, al tiempo que imitaba a Duponte.