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El oficial White hacía circular una selección aceptable de periódicos y publicaciones como parte de las libertades del calabozo para los presos que sabían leer. Yo los aceptaba, pero sólo lo simulaba, pues en realidad me entregaba a otra lectura más importante, que había introducido sin que reparasen en ella. Cuando forcejeé con el barón Dupin en el liceo, de forma semiinconsciente le arrebaté de las manos las notas que llevaba para su conferencia. Aunque apenas Comprendía su significado, me las eché al bolsillo del abrigo antes de acompañar al oficial White a la comisaría.

Mientras tuve la luz de una vela en mi celda, las estudié metidas en una revista. Edgar Poe no se ha ido, sino que nos lo han quitado, decía el escrito del barón. No era inelegante del todo, pero de ningún modo podía aspirar al mérito literario. Mientras leía, me lo aprendía lie memoria. Pensé en Duponte leyendo por encima de mi hombro. Sólo mediante la observación podemos sacar la verdad de aquello que está equivocado.

En una ocasión, leyendo esas páginas, fui interrumpido por la proximidad de un visitante. La desgarbada figura de un hombre entró en el vestíbulo escoltada por el escribiente. Era un hombre desconocido para mí, con una cara inexpresiva. Apoyó el paraguas en la pared y se sacudió el agua acumulada sobre sus gigantescas botas, que parecían representar la mitad de su estatura.

– Qué mal huele aquí… -dijo para sí, arrugando la nariz.

Nos llegaba el canto de una borracha desde el corredor de las celdas para mujeres. El visitante se limitó a permanecer de pie en silencio. No hallando ningún rasgo concreto de simpatía en él, hice lo mismo.

Quedé sorprendido cuando se reunió con el extraño una atemorizada joven, que apretaba en torno a sí su capa.

– Oh, querido Quentin, ¡mire adonde ha ido a parar!

Hattie, al borde de las lágrimas, me miraba compasivamente.

– ¡Hattie!

Saqué el brazo y la tomé de la mano. Apenas parecía posible que fuera real, incluso con la cálida piel de sus guantes. Volviendo a fijarme en el desconocido, le solté la mano.

– ¿No está Peter con usted?

– No, no quería ni oír hablar de mi visita. No dirá una palabra de la situación. Cuando fue a la conferencia estaba muy indignado» Quentin. Consideraba que debía hacer algo para tratar de detenerlo. Creo que sigue siendo su amigo.

– ¡Pues debe saber que soy inocente! ¿Cómo pude tener que ver con el tiro que le pegaron al barón? El barón había raptado a mi amigo para evitar que hablara…

– ¿Su amigo? ¿Ese amigo le ha puesto en esta penosa situación, señor Clark? -dijo el hombre que estaba junto a Hattie, volviéndose hacia mí con un fruncimiento parecido al de Peter.

Hattie le pidió paciencia. Y dirigiéndose a mí:

– Es el primo de mi prometido, Quentin. Uno de los mejores abogados de Washington para casos como éste. Puede ayudarnos, estoy segura.

Pese a la desesperación en que ahora me hallaba, me sentí reconfortado por la palabra «ayudarnos».

– ¿Y el barón? -pregunté.

– No hay esperanzas de que se recupere -espetó mi nuevo abogado.

– He escrito a su tía abuela para que venga en seguida; ella ayudará a que todo esto se enderece.

Hattie prosiguió como si no hubiera oído las terribles palabras; si lo que había dicho su primo era verdad, el barón estaba a punto de morir, y a los ojos del mundo yo sería condenado por asesinato.

Pocos días después, me trasladaron desde la comisaría del distrito a la cárcel de la ciudad y condado de Baltimore, a orillas de Jones Falls. Aquella atmósfera redobló mi desesperanza. Las celdas vecinas estaban al límite de su capacidad, con algunos acusados de delitos graves y, junto a ellos, los que con escasas esperanzas aguardaban la celebración de sus procesos o, con perversa ansiedad, su ahorcamiento.

La mañana antes fui acusado oficialmente de intento de asesinato del barón Dupin. Mis declaraciones de que al barón había que detenerlo, combinadas con mi aparición en el escenario del liceo, fueron ampliamente citadas. El primo de Hattie sacudió la barba con un gesto de desaprobación ante el hecho de que un oficial de policía grandemente respetado fuera un testigo contra mí. La policía también había encontrado un arma de fuego al registrar Glen Eliza; el arma de la que eché mano para mi seguridad cuando visité a John Benson, la cual distraídamente dejé a la vista de todos.

Las tempestades empeoraban de día en día. La lluvia no cesaba. Cada vez que aflojaba una era para arreciar con más fuerza aún, como si tan sólo hubiera recobrado aliento. Se dijo que un puente había sido arrastrado en Broadway, cerca de la calle Gay, y que golpeó otro puente, de modo que los dos se fueron río abajo por medio Baltimore, derribando en su recorrido casas enteras de las orillas. En la cárcel, mientras tanto, el aire mismo parecía cambiar, henchido de apremio y desasosiego. Vi a un preso chillar de manera espantosa, apretándose la cabeza con las manos, como si algo estuviera pugnando por salir de ella. «¡Ya viene! -gritaba apocalípticamente-. ¡Ya viene!» También empeoraron los enfrentamientos entre los presos más desesperados y los guardianes, pero no me daba cuenta de si se debía a la atmósfera o a otras causas. A través de los barrotes de mi ventana podía ver la orilla de Jones Falls rendirse gradualmente a la bullente extensión de ligua de lluvia. Sentía que a mí me pasaba lo mismo.

Mi abogado volvía cada vez con peores noticias del exterior. Los periódicos, que yo sólo podía leer con desgana, eran muy veleidosos sobre mi culpabilidad. Ahora escribían que el francés gravemente herido e ingresado en el hospital era el modelo de los cuentos de análisis de Poe, y que lo eliminé por celos, debidos a mi enfermiza preocupación por Poe. Los periódicos whigs consideraban mi acción como la de un asesino en algún sentido heroico. Los demócratas, quizá como reacción contra los whigs, estaban convencidos de que yo era un villano y un cobarde. Pero unos y otros habían decidido sin la menor duda que yo era el criminal. Los diarios considerados neutrales, especialmente el Baltimore Sun y el Transcript, mostraban su preocupación porque el episodio podría dañar significativamente las relaciones de nuestro país con In joven República francesa y con su presidente, Luis Napoleón.

Yo protestaba a voces diciendo que el barón Dupin de ninguna manera era el Dupin real, aunque creo que el primo de Hattie pensaba que la objeción escogida por mí en este asunto era de lo más extraña. Edwin vino a verme varias veces, pero la policía no tardó en acribillarlo a preguntas, por considerar sospechoso que un negro tuviera que ver conmigo, así que le pedí que se abstuviera de visitarme a fin de protegerse de tales interrogatorios. John Benson, mi benevolente fantasma, acudió también a aquel miserable lugar. Le estreché calurosamente la mano, en mi desesperación por contar con un aliado.

Las sombras de los barrotes se proyectaban sobre su rostro macilento. Me contó que se pasaba casi todo el día trabajando en los libros de contabilidad de su tío.

– No se me tolera ni un error. Ni el mismo diablo estuvo nunca tan presionado por el negocio -dijo.

Me miró oblicuamente a través de los barrotes, como si en cualquier momento pudiéramos intercambiar nuestros puestos si no eran cuidadosos en la elección de las palabras.

– Quizá debería usted confesar, señor Clark -me aconsejó.

– Confesar ¿qué?

– Que se ha visto desbordado por Poe. Desbordado, por así decirlo.

Yo esperaba poder obtener de él un apoyo más valioso.

– Benson, debe decirme si descubrió usted algo más sobre cómo murió Poe.

Se sentó en un taburete, alargando las piernas, desalentado y soñoliento, y repitió su sugerencia de que considerase hacer una completa confesión.