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– No siga pensando en las dificultades de Poe, señor Clark. La verdad que hay tras su muerte está ahora más allá de lo que puede descubrirse. Ya lo ve.

Hattie me visitaba los días que conseguía zafarse de su tía y de Peter. Me trajo comida y algún regalito. En mi estado de ansiedad y confusión apenas podía hallar palabras para expresarle mi gratitud. Evocaba muchos episodios de nuestra infancia para calmarme los nervios. Mantuvimos francas conversaciones a propósito de todos los temas. Me dijo lo que sintió cuando yo estaba en París.

– Me daba cuenta de que tenía usted grandes sueños, Quentin. -Suspiró-. Sé que no nos aguarda una vida de mutua felicidad, Quentin. Pero sólo quiero decirle que no debe creer que su marcha o el que no me dijera nada más me produjo enfado o melancolía. Si me he mostrado melancólica es porque usted no sentía, usted desde luego no sabía que podía explicármelo todo al detalle y que a cambio recibiría mi amistad sin reservas.

– Peter tenía razón. Fue el egoísmo lo que desencadenó todo esto. Quizá yo no hice lo que hice por lo que los escritos de Poe significaban para el mundo, sino por lo que significaron sólo para mí. ¡Quizá eso sólo exista en mi mente!

– Precisamente por eso es importante -replicó Hattie tomándome de la mano.

– ¿Cómo no pude verlo? -me pregunté, agitada y nerviosamente-. Su muerte ha cobrado para mí la mayor importancia a expensas de su vida. Precisamente lo que me preocupaba que otros hicieran. A expensas también de mi vida.

Las lluvias y las inundaciones dificultaron en exceso el viaje hasta la prisión desde otros barrios de la ciudad. Separado de Hattie, no contaba con otra compañía que la de los desolados presos. Nunca me sentí tan desamparado, atrapado, acabado.

Una vez, una noche en que el sueño me había envuelto piadosamente, oí unos pasos ligeros que se acercaban a mi celda. Hattie. Había vuelto, pese a lo peor de las inundaciones y las lluvias. Se acercó por el corredor con paso apresurado y elegante, resguardada de la inmundicia de las celdas por su brillante capa roja. Resultaba extraño que no hubiera un guardián junto a ella y además-según aprecié cuando recuperé la plena lucidez- aquéllas no eran horas de admisión de visitantes. Emergió de las sombras de las otras celdas, se acercó a mí y me agarró las muñecas con tal fuerza que no pude moverme. Pero no era Hattie.

A la débil luz, la piel dorada de Bonjour mostraba ahora un matiz lívido. Sus ojos se abrían en una mirada que parecía abarcarlo todo simultáneamente.

– ¡Bonjour! ¿Cómo ha conseguido burlar a los guardianes?

Aunque, suponía yo, si alguien podía conseguir entrar y salir libremente de una cárcel, esa persona era Bonjour.

– Necesitaba encontrarlo.

Su presa cedió, y de pronto me consumió el temor. Había venido a matarme para vengar al barón, para llevar personalmente a cabo una ejecución. Podía cortarme el cuello sin vacilar, y cuando me encontraran decapitado, nadie sabría que ella estuvo allí.

– Ya sé que no le disparó al barón -dijo, leyendo correctamente en mis ojos la mirada asustada-. Debemos encontrar al que lo hizo.

– ¿Es que no lo sabe tan bien como yo? Los acreedores…, aquellos matones que seguían al barón allá donde fuera.

– No los envió ningún acreedor. El barón saldó las cuentas con sus acreedores hace semanas, en cuanto pudo, después de recaudar las suscripciones para su conferencia sobre Poe. La cantidad superó lo que esperábamos. Esos asesinos no lo andaban buscando por dinero.

Me sorprendió oír eso.

– Entonces, ¿quiénes eran?

– Necesito averiguarlo. Se lo debo al barón. Y usted lo necesita para la mujer a la que ama.

Bajé la mirada a mis pies descalzos.

– Ya no me ama.

Cuando levanté los ojos pude ver la boca de Bonjour abrirse despacio, formando un círculo que era como una interrogación. Pasó a otro tema.

– ¿Dónde está su amigo? Debe ayudarnos a dar con la respuesta.

– ¿Mi amigo?-pregunté, sorprendido-. ¿Duponte? ¡Cómo he esperado el momento de preguntarle eso a usted! ¡Pensé que había corrido la peor suerte después de que usted y el barón lo raptaran!

Supe que Duponte no había sufrido daño alguno, al menos a manos de Bonjour. Para mi sorpresa, Bonjour dejó libre a Duponte poco después de sacarlo de Glen Eliza. El barón Dupin le había dado instrucciones de liberar a su rival a la hora de empezar su fatal conferencia. El barón no quiso matar a Duponte; más bien quiso matar su espíritu. Imaginaba que Duponte acudiría a toda prisa al liceo, y llegaría a tiempo para ser testigo del triunfo de su rival, de modo que la victoria del barón se vería amplificada por la desmoralización del barón. Pero Duponte eludió esta derrota, pues no apareció, y si lo hizo, nadie lo vio.

– ¿Se resistió Duponte cuando lo secuestraron? ¿Se resistió?

Bonjour guardó silencio, dudando de si la respuesta me decepcionaría.

– No. Fue lo bastante inteligente como para no luchar, pues el barón estaba decidido a llevar adelante su plan. ¿Dónde puede andar ahora Auguste Duponte, monsieur Clark?

– Me han encerrado aquí, Bonjour. ¡No tengo la más remota idea de dónde está!

Sus ojos se fijaron en los míos con una intensidad que me hizo sentir incómodo. No pude dejar de pensar que con Hattie casada con Peter, ¿qué esperanzas de amor me quedaban? ¡Qué no hubiera dado yo en aquel momento a cambio de una muestra de afecto, por la fortaleza que me habría infundido! Quizá mis pensamientos eran tan fáciles de leer que ella empezó a acercárseme. Miré a otra parte para no dar la impresión de una insinuación inapropiada. Pero ella colocó su mano en mi hombro, y como yo bajaba la vista, alzó mi rostro entre los barrotes hacia el suyo, en un largo momento que me hizo estremecer más por la sorpresa que por la calidez de su boca. La cicatriz que había visto en sus labios parecía formar una hendidura en el mismo lugar de mi propio rostro, y algo parecido a una corriente recorrió mi cuerpo helado. Estaba rehecho. Cuando el beso terminó,.sentí que Bonjour también había quedado de algún modo prendida en él.

– Debe pensar en cómo encontrar a Duponte -dijo en voz baja, en un firme tono de mando-. Él puede dar con el asesino.

Después de unos días me esforcé por desentrañar aquel enigma. Y transcurrido un tiempo después de la visita de Bonjour a medianoche, me conquistó de nuevo la soledad triste e inexorable de la prisión.

Una vez, cuando desperté de uno de mis prolongados periodos tic inconsciencia, encontré un libro en la mesita de madera de mi celda. No me hacía a la idea de su procedencia ni de quién lo puso allí. Al verlo, cerré los ojos con fuerza y me volví a un lado, pensando que formaba parte de alguna ensoñación que mi cerebro había construido para empeorar aún más mi suerte.

Se trataba de uno de los volúmenes de Poe editados por Griswold. Era el tercero -el último tomo-, el que apenas podía yo sufrir ponerle la vista encima. Los dos primeros volúmenes contentan una selección, embrollada pero decente, de la prosa y la poesía de Poe, pero para este tercer volumen el chapucero editor, el señor Rufus Griswold, había compuesto un ensayo sumamente difamatorio.

El invierno que siguió a la muerte de Poe vi los anuncios insertados en la prensa por Griswold, solicitando a los corresponsales de Poe que le enviaran copias de sus cartas para incluirlas en aquel ensayo. Pero dado que yo conocía el obituario que dedicó a Poe, con sus insanas mentiras, no me pasó por la cabeza atender aquella demanda. Pero escribí en seguida a Griswold diciéndole que tenía en mi poder cuatro cartas firmadas personalmente por Poe, y detallándole las razones por las que nunca las compartiría con él, a menos que enfocara el asunto de una manera más digna. No tuvo la gallardía de contestarme.

Esperé, sin embargo, que Griswold hubiera acabado por entender cuáles eran sus responsabilidades como cuidadoso albacea literario (¡no verdugo literario!) tras la publicación de los primeros volúmenes. En cuanto a este tercer volumen, que en su momento llegó a mis manos, lo dejé de lado y nunca más volví a mirarlo, tras abrirlo por la página en que Griswold mancillaba la memoria del que en otro tiempo fuera su amigo. De hecho, me había comprometido conmigo mismo a quemar el libro.