Las inundaciones habían hecho rebosar el alcantarillado y habían abierto brecha en la pared del hospital. Me senté y vi a través de aquélla la oscuridad del estrecho paso que se abría ante mí. Yo sabía que la alcantarilla discurría por debajo del largo y alto muro que rodeaba la prisión y llegaba hasta Jones Falls. No había el menor obstáculo entre aquí y allá. Como no me había expuesto a la luz durante días, mis ojos inmediatamente estuvieron en condiciones de entender las circunstancias en que me hallaba, incluso en medio de aquella oscuridad.
Mi mente giraba con rapidez, vivazmente. Una renovada energía me resucitó de aquella fúnebre indolencia. Había estado yaciendo en ella. Una idea a medio formar, una certidumbre me impulsó adelante, hacia donde el agua pútrida alcanzaba mis tobillos, el pecho y me llegaba a los hombros. Incluso cuando me vi flotando en las aguas torrenciales me pareció que me desplazaba a la mayor velocidad, hasta que emergí allá donde las sombrías torres de la prisión sólo podían distinguirse en el lejano horizonte.
Ésta era mi idea: Edgar Poe seguía vivo.
Yo no estaba enfermo, como ustedes podrían pensar. No había degradación de mi agudeza mental, pese al prolongado desafío del encarcelamiento que me había llevado a tomar conciencia de esa idea a medio formar. Edgar Poe nunca estuvo muerto.
A medida que mis ojos se habituaban al exterior de la prisión por vez primera en los que me parecían meses o años (hubiera creído lo uno o lo otro si en este punto me lo hubieran dicho), todo el conocimiento relacionado con el caso de la muerte de Poe tomó forma en mi cerebro de una manera nueva y terrible.
Quizá hubiera debido encontrar ayuda, descanso, protección en aquel momento. Quizá nunca hubiera debido abandonar los confines de la prisión donde, resulta extraño decirlo, me encontraba a salvo de lo que me aguardaba fuera. Pero ¿qué hubieran hecho ustedes? ¿Permanecer allí, en el camastro, contemplando la luz de las estrellas? Consideren ahora lo que hubieran hecho de haber sabido con súbita claridad que Edgar Poe se contaba entre los vivos.
(¿No lo había visto Duponte? ¿No lo había considerado en todo su análisis?)
No nos preocupamos de lo que le sucedió a Poe. Hemos imaginado a Poe muerto para nuestros propios fines. En cierto sentido, Poe sigue estando muy vivo.
Recordé que en nuestro primer encuentro, Benson dijo esto o al menos algo muy parecido. Benson parecía saber más de lo que me contaba. ¿Lo sabía? ¿Encontró algo que no pudo revelar en su investigación precursora, y me ofreció una sugerencia, un indicio de la secreta verdad?
Podía ver los rostros de los hombres en el entierro, como daguerrotipos en mi mente; aún podía verlos avanzar hacia mí aquel día con el paso apresurado y cubiertos de barro.
Piensen en eso…, piensen en la prueba. George Spence, el guardián, no había visto a Edgar Poe desde hacía muchos años, e insistió en el aspecto poco familiar que tenía cuando lo llevaron a enterrar. Neilson Poe vio a su primo sólo a través de una cortina en el hospital universitario, ¿y no me dijo en su despacho que el paciente parecía otro hombre completamente distinto?
Mientras tanto, el entierro que yo presencié se llevó a cabo A toda prisa, quizá en tres minutos, con pocos testigos e incluso sin una oración, que se suprimió; fue algo irrelevante, silencioso, como ya se vio. Incluso Snodgrass, el intransigente doctor Snodgrass, manifestaba ansiedad, esquivez, como si se recriminara a sí mismo por algo en relación con el final y el entierro de Poe. Pensé de nuevo en el poema que encontramos en el escritorio de Snodgrass, escrito por él sobre el tema, y que revelaba su idea de la embriaguez de Poe. También recordaba el día del entierro.
¡Pero todavía me obsesiona esa escena funeral! ¡Con frecuencia evoco con vergüenza y tristeza tu sepelio -otro más triste no se ha visto- en aquel descuidado lugar de reposo!
¿Hubo alguien que lo conociera en años recientes y que viera el cuerpo sin vida yaciendo en su ataúd, antes de que descendiera bajo tierra? Y la mayor parte de aquellos testigos -Neilson Poe, Henry Herring, el doctor Snodgrass- no querían decir nada del entierro, como si se tratara de algo que no debía revelarse. ¿Acaso sabían algo más? ¿Que Poe, en realidad, aún respiraba y estaba vivo? ¿Había sido ocultado por agentes extranjeros que escondían algo? ¿O él, Edgar Poe, perpetró el postrer engaño al mundo?
Ya ven que el razonamiento de mi mente, que admito se producía en un estado de gran excitación, no era fruto de un trastorno ni algo insustancial. Demostraría que Poe no ha muerto aún, y todo lo ocurrido daría un vuelco de forma inmediata. Continué a pie después de atravesar la alcantarilla, directamente al viejo cementerio presbiteriano de Westminster. Su situación, próxima al centro de la ciudad, lejos de las grandes extensiones de agua, lo había dejado, así como las calles circundantes, al margen de las peores consecuencias de la inundación, aunque todavía discurrían arroyuelos a través de la hierba del camposanto, y algunas grietas y rincones conservaban agua estancada.
Hablaría con el guarda e insistiría para obtener plenas respuestas. Pero cuando crucé la cancela se me impuso una decisión diferente. Aunque estaba oscuro, mis ojos conservaban el exagerado poder visual resultante de mi prolongada estancia en las celdas sombrías de la prisión. Con el simple relámpago de una tormenta que se estaba formando, localicé con toda precisión la tumba de Poe, que continuaba afrentosamente desprovista de inscripción. ¿Quién reposaba en ella?
Aparté las ramas y otros desechos que la cubrían y empecé a cavar en la hierba con mis manos desnudas. Con cada penacho de hierba que arrancaba del centro, aparecía debajo una corriente de agua. Lo intenté alrededor, pero no tuve mejor suerte. En algunos lugares, el suelo estaba tan endurecido que se me astillaban las uñas, mezclándose la broza y el barro con mi sangre.
Comprendiendo que sólo podría efectuar avances limitados por aquel procedimiento, crucé el camposanto y tuve la suerte de encontrar una pequeña azada. Con este instrumento comencé la tarea de romper la costra de tierra en un círculo en torno a la tumba. Hundía la azada en el suelo con decisión. Me rodeaban montones de desperdicios. El trabajo era agotador y me consumió hasta un grado tal que al principio no presté atención al ruido repentino que se acercaba a mí. Me concentraba en lo que vi debajo.
Se trataba de un ataúd ordinario, de pino. Adelanté la mano y pude tocar la fría superficie de madera reblandecida. Aparté la tierra de la tapa y mis dedos encontraron el lugar donde ajustaba, pero cuando me disponía a levantarla me vi obligado a soltarla.
El perro de raza híbrida del guarda corría hacia mí ferozmente. Se detuvo a escasos metros, y pensé por un momento que había hecho una pausa porque recordaba que habíamos trabado amistad. Pero no era ése el caso. O si lo recordaba, aún estaba más furioso por mi traición a nuestra mutua confianza. Estaba completamente seguro de que yo trataba de robar un cadáver de sus dominios. (¡Todo lo contrario, bravo can! ¡No hay cuerpo que robar!) Entre las tumbas, gruñó y entrechocó las mandíbulas, y en mi estado de intensa excitación creí ver en aquélla las tres mandíbulas de Cerbero. Traté de alejarlo con la azada, pero él se limitó a agacharse, y en cualquier momento no me lanzaría a la garganta.
Ahora apareció el guarda, saliendo de la cripta donde una vez le encontré, sosteniendo una linterna. Con aquel aire tan denso y en [llena oscuridad apenas podía verlo. Parecía como si todo él fuera de un color. Me lo imaginé como el hombre que fue hallado petrificado en aquella misma bóveda.