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– ¿Sabe usted que le pagaron sólo cincuenta y seis dólares por mi primer cuento de Dupin? -dijo Neilson al advertir el objeto de mi interés-. En el tiempo transcurrido desde su muerte he visto a la prensa ensalzarlo y estrellarlo. He visto a ese vergonzoso e injusto biógrafo hacer con Edgar lo que ha querido. Recuerde que es también mi apellido, señor Clark. Poe es el nombre de mi esposa, y mis hijos non Poe, como lo serán los hijos de mis hijos. Yo soy Poe. En los Últimos meses he leído y releído casi todo lo que escribió mi primo, y a cada página que volvía he sentido mayor afinidad con él, una proximidad del orden más elevado, como si las mismas palabras pudieron haber salido de mí y él hubiera conseguido extraerlas de nuestra sangre común. Dígame, señor Clark, ¿lo conoció usted? -preguntó de improviso.

– No.

– ¡Bien! -Al advertir mi sorprendida reacción, continuó-: Sólo quiero decir que es mejor así. Trate de conocerlo a través de las palabras que publicó. Su genio era de una rara cualidad, difícil de hallar apoyo en este mundo de revisteros, y no podía por menos de creer que todos estaban en su contra y que, con el tiempo, incluso los amigos y parientes se convertirían en enemigos. Su percepción temerosa y ansiosa en este punto, era el resultado de un mundo duro para las aspiraciones literarias; una dureza que yo descubrí por mi mismo en mi juventud. Su vida fue una serie de experimentos sobre su propia naturaleza, señor Clark, que lo apartó de los movimientos, de nuestro mundo y lo llevó a un conocimiento que consistía sólo en la perfección de la literatura. No podemos conocer a Edgar Poe como hombre, pero podemos conocerlo bien como el genio que fue. Por eso no podía ser debidamente leído hasta después de su muerte… por mí, por usted y ahora, quizá, por el mundo. -Hizo una pausa-, ¿Se siente mejor ahora, señor Clark?

Me encontré en situación de pensar con más claridad: me habla librado de la oleada de emociones salvajes que con anterioridad me consumía. Tan sólo podía recordar mis últimos actos como cuando f uno piensa en un sueño o en una evocación distante. Me sonrojé un poco, cohibido, al pensar en cómo me había encontrado Neilson!

– Sí, muchas gracias. Me temo que estaba más bien sobreexcitado cuando dio conmigo en la calle Amity.

– Por favor, señor Clark -dijo sorprendido, emitiendo una risita-, difícilmente puede recriminarse por haber sido envenenado.

– ¿Qué quiere decir?

– El médico que lo examinó estaba completamente seguro de que había sido envenenado ligeramente. Encontró restos de un polvo blanco en la parte posterior de su boca; una mezcla experta de varias sustancias químicas. No se preocupe. También estaba seguro de que los efectos habían pasado y que esas dosis no causan ningún daño permanente.

– ¿En la cárcel? Pero ¿quién?…

Me detuve al conocer con súbita claridad la respuesta. Los guardianes de la prisión, quienes, con gran solicitud, constantemente cambiaban los cántaros de agua que había sobre la mesa de mi celda. El oficial White, contrariado por mis continuas negativas en las entrevistas que mantuve con él, probablemente dio la orden: confundir mi mente lo bastante como para extraer de ella algún reconocimiento de responsabilidad, ¡asegurar una confesión de mis yerros! Ahora yo poseía también información de Neilson Poe acerca del deseo de White de evitar la investigación que solicité. Me hubiera envenenado hasta que confesara o muriera o me viese empujado a causarme daño yo mismo. Mi casual escapatoria me salvó la vida.

Mi trastorno mental en las horas posteriores al abandono de la prisión estaba claro para mí y me aguijoneaba la mente. ¡La búsqueda de Poe -cavando en su tumba con la creencia de que estaba vivo- y la intrusión en la que fue su casa tantos años antes! Esa persona se había desprendido de mí y ahora me sentía crecido, contemplando cuanto sucedía con perfecta visión.

Neilson pareció pensativo por un momento y, quizá, ansioso.

– Tal vez necesite más descanso, señor Clark.

– El chico -dije de repente-. El mensajero del que me habló, el que lo ayudó a trasladarme y luego vino con el médico. ¿Dónde está?

Yo no había visto a nadie en la casa excepto a los niños. Neilson dudó. Pude oír un sonido nuevo, inequívoco y creciente. Caballos cuyos cascos ruidosos atravesaban las calles encharcadas, las ruedas de un coche chapoteando detrás.

Neilson levantó la cabeza al percibir el sonido.

– Soy miembro del colegio de abogados, señor Clark -dijo-. Usted es un fugitivo de la justicia, y yo he cumplido con mi deber dundo cuenta a la policía de su presencia. Tengo una responsabilidad. Yo no puedo hacer más, pero creo que usted es la persona con más capacidad para rehabilitar la memoria de mi desdichado pariente y de honrar así mi apellido. Me complacería actuar como su defensor en el tribunal, si lo desea. -Me quedé helado en mi lugar-. Recuerde, señor Clark, que usted también actuaba en estrados. Debe elegir.

Neilson caminó despacio hasta situarse ante la puerta y, en mi débil estado, es probable que me hubiera dominado con facilidad hasta que su mensajero entrara con la policía.

– Los niños -recordó Neilson de pronto-. No me juzgue demasiado estricto, señor Clark, pero debo asegurarme de que están durmiendo.

– Lo comprendo -dije, asintiendo con gratitud.

Cuando él salía al vestíbulo en dirección a la escalera, me escabullí de la habitación y no miré atrás.

– ¡Que Dios lo proteja! -dijo Neilson tras de mí.

Mi misión estaba clara. Debía encontrar a Auguste Duponte. Sólo él podía aportar la prueba definitiva de mi inocencia. Ahora que Bonjour me había revelado que no se le causó ningún daño, el mero pensamiento de que podía estar cerca me comunicaba una sensación de invencibilidad que me hizo avanzar rápidamente por las anegadas calles de Baltimore. Quizá Duponte ya había empezado a investigar el tiro que le dieron al barón. Quizá, incluso, asistió al liceo aquella noche, antes del suceso, lo presenció y escapó en previsión de la con» fusión que sabía iba a producirse como consecuencia de aquél.

Yo consideraba mi objetivo ineludible en el mundo probar mi honorabilidad ante Hattie, pues ella había mantenido su amistad conmigo durante mi estancia en prisión, cuando otros me abandonaron. Parecería un empeño de poca monta, comparado con el hecho de que mi vida podía terminar como la de un criminal, y con que ella se casara con otro, pero mi meta era ahora quedar limpio a los ojos de Hattie.

No supe lo que era estar completamente seco durante días. Mis oídos, pulmones y entrañas seguían nadando mucho después de que; hubiera vadeado y chapoteado a través de las traicioneras calles de; Baltimore. Me pareció que el Atlántico había desbordado sus orillas y que avanzaba para unirse con el Pacífico. Fui capaz de localizar a Edwin, quien se encargó de que me cambiara de ropa y vistiera un modesto traje. Deseaba ayudarme a buscar un lugar menos al alcance de la policía. Trasladó fardos de ropa a un almacén de embalaje vacío, en otro tiempo perteneciente a la empresa de mi padre, donde me refugié tras recordar que había una bisagra suelta en una puerta desde hacía años, y que nunca se reparó.

– Me ha ayudado mucho, Edwin, y no quisiera poner en riesgo su seguridad por más tiempo. Ya he causado bastantes trastornos a muchas personas para toda su vida.

– Usted hizo lo que creía correcto, y ha expuesto su vida por ello. Poe ha muerto. A un hombre le han pegado un tiro. Su amigo ha desaparecido. Y bastantes personas han sufrido daños. Al menos usted debe permanecer a salvo, para que haya alguien seguro de la verdad.

– No deben imputarle un delito por ayudarme -dije.

Ése era un asunto grave. Si un negro libre era condenado por una falta significativa, podía ser castigado de la peor manera imaginable para un hombre libre: ser devuelto por las autoridades a la esclavitud.