Выбрать главу

Cuando llegó el día de las elecciones, lo llevaron por varios colegios electorales. Lo obligaron a votar a sus candidatos en cada de ellos y, para que la farsa resultara más convincente, al poeta lo vistieron con ropa diferente en cada ocasión. Esto explica que fuera ataviado con prendas raídas y manchadas que de ningún modo eran de talla. Los matones, sin embargo, le permitieron conservar su hermoso bastón de Malaca, pues se hallaba en tan débil estado que incluso aquellos rufianes reconocieron que el bastón podía ser necesario para apuntalarlo. Ese bastón lo había cambiado adrede por el suyo con un viejo amigo de Richmond, pues el interior escondía un arma -esto que- de lo más peligrosa, y lo hizo pensando en sus muchos enemigos literarios que, en el pasado, lo habían desafiado en duele o lo habían maltratado. Cuando se dio cuenta de que corría peligro aquí, en Baltimore, estaba demasiado débil incluso para desenvaina la hoja…, aunque él tampoco se hubiera permitido usarla. En todo caso, lo encontraron con ese bastón apretado contra el pecho.

El club político no había conseguido acarrear a tantas víctimas como hubiera querido, a causa de la inclemencia del tiempo, que apartaba a la gente de las calles. Incluso engatusó a un hombre que resultó ser un alto funcionario del estado de Pensilvania, capturado de aquel modo en el teatro del hotel Barnum, pero consiguió escabullirse cuando se descubrió que era un pez gordo. De este modo Poe fue utilizado una y otra vez, más de lo habitual. Para cuando sus captores lo llevaron al Distrito Cuarto, establecido en la taberna del Ryan's, para votar otra vez, ya se le había maltratado en exceso. Tras haberle tomado juramento uno de los vocales, un tal Henry Reynolds, Poe no pudo cruzar la estancia y se derrumbó. Pidió que llamaran a su amigo el doctor Snodgrass, quien llegó disgustado. Snodgniss, dirigente de uno de los grupos antialcohólicos locales, estaba Mesuro de que Poe se había permitido la debilidad de beber. Los rufianes políticos abandonaron a su cautivo, y se alegraron de que esa creencia ocultara su deleznable acción. Pero no fue el severo Snodrass el último en incurrir en tan garrafal error: el mundo entero no lardó en creer que la muerte del noble Poe fue el resultado de una debilidad moral.

Pero ahora la Verdad ha vuelto a nosotros.

Poe, muy drogado y privado del sueño, no se hallaba en condiciones de explicar nada; y la parte todavía racional de su mente, sin duda, sirvió al poeta enfermo para quedar anonadado al ver que Snodgrass, su supuesto amigo, lo contemplaba con desaprobación y con algo parecido al desdén. Poe fue trasladado en un coche de alquiler, solo, al hospital. Allí, sometido a los cuidados del doctor J.). Moran y sus enfermeras, cayó alternativamente en la conciencia y la pérdida de ésta. Recordando como una visión distante su intento de ocultar su genio a sus atacantes recurriendo al anodino nombre de E. S. T. Grey, Poe le dijo al buen doctor lo poco que pudo acerca de sí mismo y del propósito de sus viajes. Pero su mente estaba débil. En un momento dado, sin duda recordando el juicio de Snodgrass, Poe dijo a gritos que la mejor cosa que su mejor amigo podía hacer por él era volarme los sesos con una pistola.

Creyendo Poe que el último hombre que podía haberse percatado de su situación y poner coto a las acciones de los criminales era aquel vocal, Reynolds, quien de manera rutinaria tomaba juramento a los votantes, lo llamó desesperadamente, como si todavía pudiera pedirle ayuda. ¡Reynolds! ¡Reynolds! Lo repitió durante horas, pero no era en realidad un grito de auxilio, sino como un toque a muerto.

«¡Oh las campanas, campanas, campanas! ¡Qué relato de terror cuenta… De desesperación!» La vida de Poe llegó a su atormentado final.

Ahora que sólo ustedes han leído un discurso que nunca se pronunció, saben lo que el barón Dupin hubiera dicho aquella noche par electrizar a su auditorio. Era un discurso que, pese a haberme apresurado a reducir sus páginas a cenizas, yo estaría dispuesto a darlo conocer pronto al mundo entero.

Capítulo 30

El tercer día después de mi descubrimiento de la revista Graham de diez años atrás, Edwin pudo apreciar que me encontraba espiritualmente hundido. Me sentía más envenenado que cuando Neilson Poe me encontró frente al 3 de la calle Amity. Ahora se trataba de mi alma, de mi corazón, que había sido más infectado que mi sangre.

Edwin trató de hablarme, de prestarme ayuda para encontrar a Duponte. Pero yo ya no conocía a Duponte. ¿Quién era, qué era? Quizá, pensé, Poe ni siquiera oyó hablar de mi Duponte. Toda la verdad se había trastocado. Quizá era Duponte quien, deliberada y meticulosamente, había copiado en parte al personaje, en la medida en que era capaz, a partir de los cuentos de Poe, y no viceversa. Ahora se ocultaba porque reconocía que no estaba a la altura del papel que había imaginado. Durante todo el tiempo que pasé con Duponte nunca se me ocurrió que lo suyo fuera una reacción enfermiza a la literatura, en lugar de una fuente de inspiración para ella. Supongo que la satisfacción de haber contribuido a sacar a Duponte de su aislamiento en París me indujo a desechar cualquier conato de duda. Eso carecía ahora de relevancia; era como polvo en la balanza. Yo estaba solo.

Las aguas se retiraron de los alrededores del almacén de embalaje, y como había más gente rondando por las calles adyacentes, Edwin me aconsejó que encontrara otro refugio. Se procuró una habitación en una apartada casa de huéspedes en el distrito oriental de la ciudad. Convinimos en una hora para encontrarnos y que él me condujera a mi nuevo escondite en un carro cubierto con pilas de los periódicos que debía repartir. Al final, llegué tarde, tan desorientado estaba por la pérdida de Duponte.

Había pedido a Edwin que me proporcionara más cuentos de Poe, y leí los tres de Dupin una y otra vez, siempre que la luz del almacén de embalaje era suficiente. Si no había ningún Dupin verdadero, ninguna persona cuyo genio hubiera tomado prestado Poe para su personaje, ¿por qué creí en ello con tanto fervor? Al principio me dediqué a copiar frases de Dupin que aparecían en los cuentos, de una manera dispersa; y luego, sin ningún objetivo en concreto, escribí los cuentos completos, palabra por palabra, como si los tradujera a algún lenguaje útil.

Poe no descubrió a Dupin en las informaciones periodísticas de París. Lo descubrió en el alma de la humanidad. No sé cuál es la mejor forma de compartir ahora lo que ocurrió en medio de aquel trastorno mental mío. Volvía a oír una y otra vez lo que dijo Neilson Poe: que el significado de Edgar Poe no estaba en su vida, ni en el mundo exterior, sino en sus palabras, en sus verdades. Dupin, pues, existía. Existió en sus cuentos y, quizá, la verdad de Dupin estaba en todas nuestras aptitudes. Dupin no estaba entre nosotros, sino en nosotros, como otra parte de nosotros, como otro yo de nosotros mismos, más fuerte que cualquier persona que pudiera parecerse aun ligeramente a Dupin por su nombre o sus rasgos. Pensé de nuevo en aquella frase de «Los crímenes de la calle Morgue». Sólo vivíamos para nosotros…

Encontré a Edwin esperándome.

– Está a salvo -dijo, tomándome de la mano-. Estaba a punto de recorrer la ciudad en su busca. Deme ese abrigo y póngase este otro. -Me alargó un viejo abrigo blanco y negro-. Venga, deje ahora el sombrero y el bastón. Me han prestado un carro para llevarlo a la casa de huéspedes. No nos entretengamos.

– Gracias. Pero no puedo, amigo -repliqué, tomándole la mano-. Debo ver a alguien ahora mismo.

Edwin frunció el ceño.

– ¿Dónde?

– En Washington. Hay un hombre llamado Montor, representante de Francia, quien hace tiempo fue el primero en hablarme de Duponte, y me dio instrucciones para mi visita a París.

Empecé a alejarme, cuando Edwin me tocó el brazo.