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— A mí me la van a dar estos salvajes, Leclerc. A mí, que perdí un primo segundo en Zaragoza y un cuñado en Bailén.

En eso, trompetas y clarines, vista a la derecha y todo lo demás, y el Enano que aparece pasando revista escoltado por los granaderos de la Vieja Guardia, magnífico día, Murat, a ver dónde tiene a esos valientes muchachos. Y todo el gallinero emplumado del Ilustre y compañía que se acerca al 326, oh, mais oui, son éstos, Sire, quién lo iba a decir, tan bajitos y con esas pintas infames, si no lo veo no lo creo, cuántos rusos dice usted que se cargaron en Sbodonovo. Y el capitán García que nos grita presenten armas y se cuadra saludando con el sable, pequeño y moreno con sus patillas de boca de hacha tapándole media cara, diciéndonos entre dientes poned cara de soldados, hijos míos, que no se os note mucho de qué vais. Más vale ser héroes a la fuerza que fusilados por sorteo, uno de cada dos, como aquellos compañeros a los que les echaron el guante en Vitebsk. Y a todo esto el Enano que se para ante García y lo mira de arriba abajo, con una mano entre los botones del chaleco y otra en la espalda, como en las estampas.

— Dígame su nombre, capitán.

— García, mi general. Ejem. Eminencia. Sire.

— A ver, Labraguette. Acérqueme una de esas legiones de honor que tengo reservadas para los valientes.

Sonaron redobles de tambores y un par de toques de corneta, a ver esas condecoraciones que son para hoy, pero las susodichas no aparecían por ninguna parte. El Enano despachó a Labraguette a hacer averiguaciones, y lo vimos regresar al cabo, más corrido que una mona, deshaciéndose en excusas. Las lelegiones de honor se habían pe–perdido en el campo de batalla de Sbodonovo, Sire. Una caja entera, nu–nuevecitas, en el fondo del río. Imperdonable descuido y de–demás.

El Petit fruncía el imperial ceño.

— No importa. Démela suya.

— ¿Perdón?

— Su legión de honor. Démela para este bravo capitán. A usted ya le buscaré otra cuando volvamos a París–el Petit miró la ciudad desierta a su alrededor y pareció estremecerse bajo el capote gris marengo-… Si volvemos.

Labraguette y los mariscales rieron aquello como si fuera una gracia, jé, jé, Sire, muy bueno el chiste. Siempre tan agudo. Pero el Enano miraba a los ojos del capitán García, y este nunca estuvo muy seguro de si aquella vez, en la plaza del Kremlin, el Enano hablaba en broma o hablaba en serio. El caso es que después de colgarle al cuello la cruz, el Petit pasó entre nuestras filas estrechando algunas manos, bien hecho, muchachos, estoy orgulloso de vosotros. Os vi desde la colina. Algo magnífico. Francia os lo agradece y todo eso.

— ¿De dónde eres, hijo?

— De Lepe, Zire.

Después hubo unos trompetazos más, redoble de tambores, y el Ilustre se retiró a ocuparse de sus cosas, no sin antes volverse a su Estado Mayor, tome nota, Labraguette, paga doble para el 326, déjenlos saquear un rato la ciudad con el resto de la tropa, y esta noche los quiero de guardia de honor en el Kremlin. Viva Francia y rompan filas. Ar.

Así que nos fuimos a dar una vuelta por Moscú y practicar un poco el pillaje, que a esas horas estaba siendo ejercido con entusiasmo por todo el ejército franchute. En la ciudad habían quedado pocos civiles, pero suficientes para que algunos soldados encontrasen rusas a las que violar, con lo que, bueno, se produjeron ciertas escenas poco agradables, de esas que nunca se mencionan en los heroicos partes de guerra militares. En cuanto al 326, después de pasar en Sbodonovo por la máquina de picar carne, no estábamos en condiciones de violar a nadie. Además, seguíamos dispuestos a largarnos a las primeras de cambio, y tampoco era conveniente dejar mal cartel entre los ruskis, que para eso de las violaciones tienen tan buena memoria como el que más. Así que, a renglón seguido de que el capitán García le rompiera la mandíbula de un puñetazo a Emilio el navarro, que intentó propasarse con una mujer en la calle Nikitskaia, todos nos conformamos con vodka, comida y echar mano a vajillas de plata y cosas de esas, incluido un cofre de monedas de oro que descubrimos en casa de un comerciante tras hacerle, durante un rato, cosquillas con las bayonetas. Nos encaminamos al Kremlin al atardecer, cargados de botín, con gorros y abrigos de piel, piezas de seda e iconos de plata. Todos sabíamos que tendríamos que abandonar aquello si lográbamos salir por pies y pasarnos por fin a los rusos, pero hicimos buena provisión, por si acaso. Y durante unas pocas horas, infelices de nosotros, fuimos los soldados más ricos de Europa.

Esa noche montamos guardia en las murallas exteriores del recinto sagrado, en el corazón del imperio ruso, lo que a tales alturas del asunto nos impresionaba un carajo de la vela, mi capitán, para impresión la de los cañones ruskis dándonos cera en Sbodonovo, o los dos escuadrones cosacos cargándonos por las bravas en la calle principal. Después de eso, tanto nos daba estar en el Kremlin o en el Vaticano. El caso es que, impresionados o no, cumplimos el honor que nos dispensaba el Ilustre asomados a las murallas, escuchando los cantos y la juerga de los franchutes que iban con antorchas de un lado para otro por la ciudad desierta. De vez en cuando llegaban hasta nosotros ruido de tiros aislados, carcajadas o el grito de una mujer.

A eso de la medianoche, el capitán García estaba apoyado en las almenas que daban a la ciudad vieja, encendiendo una tagarnina que había encontrado el día anterior en los bolsillos de un oficial de cosacos muerto. Sonaba en la oscuridad la guitarra de Pedro el cordobés, y alguien, uno de los centinelas inmóviles como sombras negras, tarareaba entre dientes una copla. Algo de una niña que espera y un hombre que está lejos, huido a la sierra. En esto García oyó unos pasos y, cuando se disponía a preguntar alto quién vive, santo y seña y toda esa jerga que suele barajarse antes de descerrajar un tiro, apareció el Enano en persona. Iba envuelto en su capote gris, inconfundible a pesar de la oscuridad. No había nadie tan bajito ni con un sombrero tan enorme en toda la Grande Armée.

— Buenas noches, capitán.

— A sus órdenes, Sire–García, cortadísimo, se cuadraba con un taconazo-. Sin novedad en la guardia.

— Ya veo–el Ilustre se apoyó en la muralla, a su lado-. Descanse. Y puede seguir fumando.

— Gracias, Sire.

Estuvieron un rato inmóviles los dos, el uno) unto al otro, escuchando la guitarra del cordobés y la copla del centinela. García, que no las tenía todas consigo, observaba de reojo el perfil del Ilustre, iluminado apenas desde abajo por una hoguera que ardía al pie de la muralla. A quien le digan, pensaba, que estoy a dos palmos del fulano que tiene en el bolsillo a media Europa y acojonada a la otra media. Instintivamente rozó la culata de la pistola que llevaba al cinto, imaginando lo que ocurriría si le soltaba un tiro al Petit Cabrón así, por las buenas. ¿Qué dirían los libros de Historia?… Napoleón Bonaparte, nacido en Córcega, muerto en las murallas del Kremlin por un capitán español. Véase Capitán García… Y en la letra G:

García, Roque. Capitán de infantería. Mató a Napoleón de un pistoletazo en las murallas del Kremlin. Eso aceleró la liberación de España, pero García no estaba allí para disfrutar del asunto. Juzgado sumariamente por un tribunal militar francés, fue fusilado al amanecer… Con un suspiro, el capitán apartó la mano de la culata. Figurar en los libros de Historia no era la pasión de su vida.

— ¿Por qué lo hicieron, capitán?