los brazos abiertos en vez de a tiros. García convocó a dos de los prisioneros, un comandante y un teniente joven, y les explicó nuestro plan.
— Aquí todos tovarich, y los franzuskis a tomar por saco. ¿Me explico?
Los Iván dijeron que sí, que vale, que de acuerdo, y nos pusimos en marcha bajo la lluvia, por el camino que conducía a través de un bosque espeso y embarrado. Todo fue de maravilla hasta que se nos acabó la suerte, y en lugar de encontrarnos con tropas regulares rusas topamos de boca con una horda de caballería cosaca que no dio tiempo ni a gritar nos rendimos. Cargaron por todos lados aullando hurras como salvajes, con los caballos chapoteando en el barro. Al comandante ruso se lo cepillaron a las primeras de cambio, en el barullo, justo cuando abría la boca para decir hola. En cuanto al teniente, salió por piernas y no volvimos a verlo más. Aquello terminó en un sucio combate entre los árboles, ya saben, pistoletazos a bocajarro y sablazos, bang–bang y zas–zas dale que te pego, con los ruskis yendo y viniendo mientras nos ensartaban con aquellas jodidas lanzas suyas tan largas. El caso es que perdimos veinte hombres en la escaramuza, y salvamos la piel porque unos húsares que andaban cerca acudieron a echarnos una mano y pus ieron en fuga a los Iván.
— Hay que joderse, Fran~ois. En toda esta puta guerra nunca me he alegrado tanto de verle el careto a un gabacho como hoy a ti.
— ¿Pardón? ¿Quesque–vou–dit?
— Nada, colega. Olvídalo.
En fin. Ya fuera por casualidad, o bien porque los húsares viesen algo extraño en la situación y transmitieran sus sospechas, a partir de entonces nos vimos mucho más vigilados. Dejaron de asignarnos misiones que nos alejaran del grueso de la tropa, y al 326 se le mantenía siempre entre otras unidades gabachas, imposibilitando cualquier nuevo intento de pasarnos al enemigo.
Después vino la nieve, y el hielo, y el desastre. Los trescientos y pico españoles que habíamos salido de Moscú con el 326 quedamos reducidos a la mitad entre Smolensko y el Beresina. Cada amanecer, el capitán García, con un gorro cosaco de piel en la cabeza y estalactitas de escarcha en las patillas y el bigote, nos levantaba a patadas del suelo helado, arriba, joder, en pie, maldita sea vuestra estampa, idiotas, si os quedáis ahí estaréis muertos dentro de un par de horas, oíd cómo aúllan los lobos oliendo el desayuno. Arriba de una vez, pandilla de inútiles, aunque sea a patadas en el culo tengo que devolveros a España. Algunos, sin embargo, ya no se levantaban, y García, vencido, sorbiéndose lágrimas de impotencia y rabia que se le helaban en la cara, ordenaba coged los fusiles y vámonos de aquí, y la tropa se ponía en marcha sobre la llanura helada por la que soplaba un viento frío como la muerte, dejando atrás, cada vez, cuatro o cinco bultos inmóviles en la nieve. Caminábamos apiñados, inclinados hacia adelante, entornados los ojos para no quedar cegados por el resplandor blanco que nos quemaba los párpados. Y al rato escuchábamos a los lobos aullar de placer, disfrutando el festín que les abandonábamos a nuestra espalda. Se habían vuelto tan sibaritas y había tanto donde elegir que ya no jalaban sino de suboficial para arriba.
Una vez, la última que lo vimos, llegó el Enano cabalgando junto a nosotros. Ya nadie en lo que quedaba del ejército franchute levantaba el chacó para gritar viva el Emperador y todo. eso, sino que se le acogía en todas partes con un hosco silencio. Los del 326 estábamos en un pueblo quemado hasta los cimientos, buscando inútilmente algo de comida entre los tizones que negreaban en la nieve, cuando apareció con varios oficiales de su Estado Mayor y una escolta de la Guardia. Ya no estaban allí el mariscal Lafleur ni el general Labraguette: el primero cayó prisionero de los rusos en Mojaisk, y el segundo había tartamudeado un último «po–podéis ¡ros a la mi–mierda, Sire», antes de salir de la fila, sentarse bajo un abedul y saltarse la tapa de los sesos de un pistoletazo. El caso es que el Enano se dejó caer por allí, junto a aquel pueblo calcinado, y le preguntó al capitán García cómo se llamaba el lugar. Por supuesto que no reconoció al 326. Había pasado mucho tiempo desde Sbodonovo y la muralla del Kremlin, y además a García o a cualquiera de los que seguíamos vivos no nos hubiera reconocido en ese momento ni la santa madre que nos parió. El asunto es que García se quedó mirando al Petit Cabrón sin responder, allí
de pie en el suelo helado, pequeño y cetrino con su gorro de cosaco y sus bigotes blancos de escarcha.
— ¿No has oído la pregunta, soldado? — insistió el Enano.
García se encogió de hombros. Los que estaban cerca de él juran que reía entre dientes.
— No sé cómo se llama el pueblo–dijo-. Nilo sé ni me importa.
No añadió Sire ni Vuecencias en vinagre. Lo que hizo fue sacar del bolsillo su legión de honor, aquella que el Ilustre le había colgado al cuello en el Kremlin, y arrojarla a sus pies, sobre la nieve. Un coronel de la Guardia hizo ademán de sacar el sable de la vaina, pero el Enano lo detuvo con un gesto. Miraba a nuestro capitán como si su rostro le fuera familiar, esforzándose inútilmente por reconocerlo, hasta que al fin se dio por vencido, volvió grupas y se alejó con su escolta.
— Hijo de la gran puta–dijo García entre dientes, mientras el Petit Cabrón salía para siempre de nuestras vidas. Y ese fue su último parte de guerra.
Proseguimos la marcha hacia el oeste. Ya apenas quedaban caballos. Algunos regimientos se reducían a unas docenas de hombres, y los mariscales y generales caminaban a pie, como la tropa, empuñando el fusil para defenderse del merodeo de los cosacos: es terrible, Duchamp, parbleu, dos mariscales de Francia como somos usted y yo, y aquí estamos, a pie y con nuestro curriculum, codeándonos con la soldadesca, imagine que dirían en Fontainebleau si nos vieran con esta pinta. Se ha salido de madre el invento, Duchamp, se lo digo yo. Bien nos la endiñó doblada, el Ilustre. Y es que ya no hay guerras como las de antes, ¿verdad? Recuerde ese paso del San Bernardo. Ese sol de Austerlitz. Esos burdeles de El Cairo… Pero no presta usted atención a lo que le digo, estimado colega. ¿Cómo?… Anda, pues tiene razón. Los cosacos. A correr tocan. Más ritmo, Duchamp, más ritmo. Up, dos, up, dos. Más ritmo que nos trincan. Up, dos, cof, cof.
Maldito tabaco, Duchamp. ¿Sabe lo que le digo…? Esta guerra es una puñetera mierda.
Oficiales y soldados desertaban por la vía rápida, o sea pegándose un tiro, mientras centenares de infelices nos seguían rezagados, sin armas, y a veces los Iván eran tan osados que llegaban hasta nosotros y se cargaban a alguno de un lanzazo o lo sacaban fuera de las filas para rematarlo a golpes de sable y apoderarse de lo que llevara encima, mientras el resto continuaba caminando, embrutecidos e indefensos como un rebaño de ovejas camino del matadero. A finales de noviembre, las unidades con capacidad de combatir en buen orden eran muy pocas en el ejército franchute. Y así llegamos a las orillas del Beresina.
La cuestión era simple. Los rusos intentaban cortar allí nuestra retirada, y durante tres días peleamos por salvar el pellejo contra un ejército enemigo que atacaba de frente para estorbar el paso, y contra otro que nos acometía por la espalda intentando empujarnos al río. Unos cuantos zapadores gabachos, metidos en el agua hasta la cintura y rompiendo el hielo a hachazos, mantuvieron en funcionamiento varios puentes de madera por los que, de modo casi milagroso, buena parte del ejército pudo ponerse a salvo. En cuanto a los supervivientes del 326, llegamos a la orilla izquierda del Beresina al atardecer del 28 de noviembre, combatiendo junto a los restos de un regimiento italiano que, sumado a nuestro centenar de hombres, apenas totalizaba los efectivos de una compañía. A los italianos los mandaba un coronel flaco que murió a media mañana, recayendo el mando en un comandante a quien le volaron la cabeza a media tarde. Eso convirtió a nuestro capitán García en jefe de la unidad. Algunos, italianos incluidos, abogábamos por tirar las armas y quedarnos en la margen izquierda del río hasta que los rusos se hicieran cargo del asunto, pero por todas partes encontrábamos grupos de rezagados que habían pensado lo mismo y que estaban siendo acuchillados por los cosacos borrachos de vodka y de victoria, cuyos hunas y pobiedas atronaban la cuenca del Beresina. Así que, tras meditarlo un rato, nuestro capitán decidió ganar los puentes antes de que los franceses nos los volaran en las narices.