Y en esto el capitán García, todo pequeñajo y ennegrecido por la pólvora, nuestro único oficial superior a aquellas alturas del asunto, que seguía sable en alto gritándonos palabras que no entendíamos con el estruendo de los cañonazos, empezó a decirle algo a Muñoz, el alférez abanderado, a quien una esquirla rusa le había sustituido el chacó por un rastro de sangre deslizándosele por la frente y la nariz, que de vez en cuando se enjugaba con el dorso de la mano libre para que no le tapara el ojo izquierdo. No lo oíamos con los bombazos pero era fácil imaginarlo: Muñoz, atento a mi orden, en cuanto yo te dé el cante abates el águila de los cojones y le pones la bandera blanca, la sábana que llevas doblada bajo la casaca, y la agitas bien en alto para que la vean los Iván, y entonces ya sabes, todos a correr levantando en alto los fusiles para que sepan de qué vamos y no nos ametrallen a bocajarro, los hijoputas. Y en las filas pasándonos la voz, atentos, en cuanto el capitán dé la orden y Muñoz ice bandera blanca, fusiles en alto y a correr hacia los ruskis como si nos quitáramos avispas del culo, a ver si terminamos de una ve z este calvario. Y otra granada rusa que pasa rasgando sobre nuestras cabezas, ahora va alta, muy atrás, y otra que llega más corta, cuidado con esa que las trae negras, y acertamos, y la granada también acierta, y más compañeros que se largan a verle el blanco de los ojos al diablo. Y el ras–ras de nuestras polainas rozando los maizales tronchados, negros de carbón y sangre, chamuscados por las bombas y las llamas escuchando el redoble del tambor que nos ayuda a mantener el paso en aquella locura. Y Popof que empieza a afinar la puntería mientras remontamos los últimos metros de contrapendiente. Y más raaaca–zas–bum y más cling–clang. Y ahora estamos casi al descubierto y nos están dando los rusos una que te cagas, y García grita algo que seguimos sin entender, mi capitán, no se moleste en abrir la boca hasta que no llegue el momento de salir arreando. Y el tambor que arrecia su redoble y las filas que se estrechan más, a ver si hay suerte y la siguiente granada le toca a otro, porque Dios dijo hermanos pero no primos. Y más raaca–zas y más
bum–cling–clang y más compañeros que se quedan atrás en los maizales. Y la contrapendiente que se acaba, y humo por todos sitios, y ya tenemos las bocas de los cañones rusos a un palmo de la cara, y García que se vuelve y parece que nos mira uno por uno duro como el pedernal, aquí nos la jugamos, hijos míos, aquí nos sacan el último naipe, a correr que llueve. Y el alférez Muñoz se limpia por última vez la sangre de los ojos y mete la mano en la casaca para sacar la bandera blanca, y abate el águila para sustituir la bandera mientras sudamos a chorros bajo la ropa, mordiéndonos los labios de tensión y miedo. Y de pronto empieza a caernos metralla rusa a espuertas, por todos sitios, y todos gritan terminemos de una vez, y ya estamos a punto, no de levantar, sino de tirar los fusiles al suelo y correr hacia los rusos con las manos en alto, españolski, españolski, cuando suenan trompetas por todas partes, a nuestra espalda, y nos quedamos de piedra cuando vemos aparecer una nube de jinetes, banderas y sables en alto, cargando por nuestros dos flancos contra los cañones rusos.
VI. La carga de Sbodonovo
Desde su colina, el Enano había visto abatirse la bandera del 326 a pocas varas de los cañones rusos, justo en el momento en que el alférez Muñoz se disponía a sustituirla por la sábana blanca y todos nos preparábamos allá abajo para consumar la deserción echando a correr hacia los Iván sin disimulo alguno. Era tanto lo que en ese momento nos caía encima, raas–zaca–bum y cling–clang por todas partes, que la humareda de los sartenazos ruskis cubría el avance del batallón, ocultándolo de nuevo a los ojos del Estado Mayor imperial. Con el catalejo incrustado bajo la ceja derecha, el Petit Cabrón fruncía el ceño.
— Ha caído el águila elijo, taciturno y grave.
A su alrededor, todos los mariscales y generales se apresuraron a poner cara de circunstancias. Triste pero inevitable, Sire. Heroicos muchachos, Sire. Se veía venir, etcétera.
— Ejemplar sa–sacrificio–resumió el general Labraguette, emocionado.
De abajo llegaban unos estampidos horrorosos. Ahora era una especie de pumba–pumba en cadena. Toda la artillería rusa parecía ametrallar a bocajarro al batallón, o lo que quedara de él a tales alturas del episodio.
— Escabeche–dijo el mariscal Lafleur, siempre frívolo-.Los van a hacer escabeche… ¿Recordáis, Sire? Aquel adobo que nos sirvieron en Somosierra. ¿Cómo era? Laurel, aceite…
— Cierre el pico, Lafleur.
— Ejem, naturalmente, Sire.
— Es usted un bocazas, Lafleur–el Petit lo miró con la misma simpatía que habría dedicado a la boñiga de un caballo de coraceros-. Están a punto de hacer trizas a un puñado de valientes y usted se pone a disertar sobre gastronomía.
— Disculpad, Sire. En realidad, yo…
— Merece que lo degrade a cabo primero y lo envíe allá abajo, al maldito flanco derecho, a ver si se le pega a usted algo del patriotismo de esos pobres chicos del 326.
— Yo… Ejem. Sire… — Lafleur se aflojaba el cuello de la casaca, con ojos extraviados de angustia-. Naturalmente. Si no fuera por mi hernia…
— Las hernias se curan como soldado de infantería, en primera línea. Es mano de santo.
— Acertada apreciación, Sire.
— Imbécil. Tolili. Cagamandurrias.
— Ese soy yo, Sire. Me retratáis. Clavadito.
Y el pobre Lafleur sonreía, conciliador, entre la chunga guasona del mariscalato, siempre
solidario en este tipo de cosas.
— A ver, Labraguette–el Ilustre había vuelto a mirar por el catalejo-. Anote: Legión de Honor colectiva para esos muchachos del 326 en caso de que alguno quede vivo, cosa que me sorprendería mucho. En todo caso, mención especial en la orden del día de mañana, por heroísmo inaudito ante el enemigo.
— He–hecho, Sire.
— Otra cosa. Carta a mi hermano José Bonaparte, palacio real de Madrid, etcétera. Querido hermano. Dos puntos.
Y el Ilustre se puso a dictar con destino a su pariente, ese que los españoles llamábamos Pepe
Botella por aquello del trinque o la maledicencia, vaya usted a saber, dicen que le daba al rioja
pero que tampoco era para tanto. El caso es que el Petit se despachó a gusto aquella mañana en la
modalidad epistolar desde la colina de Sbodonovo y con Labraguette dándole al lápiz a toda leche.
Hermanito del alma, tanto llorarme sobre tus súbditos, que si no hay quien gobierne con esta gente
y que si tal y que si cual, a ver quien se las arregla en un país donde no hay dos que tomen café de
la misma forma, o sea, solo, cortado, corto de café, largo, doble, con leche, para mí un poleo.
Donde los curas se remangan la sotana, pegan tiros y dicen que despachar franchutes no es pecado, y donde la afición nacional consiste en darle un navajazo al primero que dobla la esquina, o arrastrar por las calles a quien sólo cinco minutos antes se ha estado aplaudiendo, y a menudo con idéntico entusiasmo. Me cuentas eso en cada carta, querido hermanito, dale que te pego con lo de que vaya regalo envenenado te hice, y que antes que rey de España hubieras preferido que te nombrara arzobispo de Canterbury, nos ha jodido. Pero, entre otras cosas, Canterbury no lo hemos conquistado todavía, y España, aunque esté llena de españoles, es un país con mucho futuro. Así que ya está bien de tanta queja y de tanto chivarte a Mamá de lo mal que lo pasas en Madrid. Para que te enteres, un batallón de tus súbditos acaba de cubrirse de gloria a las puertas de Moscú, por la cara. Así que ve tomando nota, Pepe. Que no te enteras. Un capullo, eso es lo que eres. Desde pequeño siempre has sido un capullo.
— Pásemelo a la firma, Labraguette. Y despáchelo.
— Ala orden, Si–sire.
— Y ahora, ¿alguien puede decirme dónde está Murat?