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El joven esperó unos minutos mientras estudiaba la casa por donde había desaparecido el cambista. Era una construcción casi en ruinas, a punto de desmoronarse, un lugar interesante para una cita.

La puerta se hallaba en estado de putrefacción y ni tan sólo ajustaba en el dintel. Únicamente tuvo que empujarla un poco, con precaución para evitar el chirrido de los goznes sueltos, y colarse dentro del edificio. Tardó unos segundos en habituarse a la oscuridad reinante y poder definir las sombras que lo rodeaban. Se encontraba en una amplia estancia, abandonada hacía tiempo, pero que guardaba todavía el olor de las bestias que había cobijado. Maderos y restos de cercas por el suelo, fragmentos de vajilla y excrementos secos… Andaba con cuidado, evitando provocar cualquier ruido que delatara su presencia. Al fondo, encontró una escalera de piedra, en bastante buen estado de conservación, por la que empezó a subir, tanteando cada escalón, sin apoyarse en la frágil barandilla, temiendo que toda la casa se desmoronase sobre él. A1 llegar al primer rellano descubrió una insospechada limpieza; alguien había eliminado los restos de polvo acumulado, y sobre el pavimento recién fregado, las pisadas de las zapatillas del cambista, como única señal. Una pequeña lámpara de aceite reposaba en un estante de la pared, llena y preparada para iluminar. Guillem continuó la ascensión con las mismas precauciones, conteniendo la respiración y con el cuerpo en tensión, hasta llegar a un estrecho corredor con tres puertas, todas ellas cerradas. Oyó murmullos en la última y en absoluto silencio, entró en la que tenía más cerca, encontrándose en un sencillo dormitorio, limpio y preparado para su huésped, con la tinaja de agua fresca lista para ser usada. Salió cerrando de nuevo la puerta con sigilo, y continuó por la escalera que se estrechaba en este último tramo, perdiéndose en la oscuridad. Finalmente, llegó a una diminuta buhardilla, un antiguo palomar abandonado, y desde allí comprobó que las voces del piso de abajo, se oían con toda claridad. Ajustó su cuerpo al mínimo espacio, sin levantar el más pequeño crujido y se quedó inmóvil.

– Eres un maldito embustero, Leví, me haces perder el tiempo.

Hasta el viejo palomar subía una voz sin tono, fría y del color del acero.

– Sois injusto conmigo, señor, vos me ordenasteis que os avisara de cualquier cosa que tuviera relación con D’Aubert, por pequeña que fuera. Vos lo dijisteis y así lo he hecho. -La voz de Leví había perdido la consistencia presuntuosa con la que acostumbraba a tratar a sus clientes y en su lugar, un agudo falsete atemorizado se adhería a cada partícula de aire.

– Muy bien, un jovencito estúpido te preguntó por D’Aubert porque le había estafado con la mierda de la seda. ¡Estupendo! Muy propio de D’Aubert. En cuanto al chico, sólo era un crío inútil que pide a gritos que le estafen. ¿Me dejo algún dato de vital importancia, Leví?

Guillem grabó aquella voz en su memoria, aquella frialdad impersonal del sonido le impresionaba.

– Y todavía hay más. El inteligente e importante usurero de ladrones, corre como un conejo asustado para avisar al amo de tan impresionante hecho, sin detenerse a pensar que es posible que le sigan, o que le estén vigilando desde hace días. Una simple escaramuza de ladronzuelos convertida en la tragedia del día. Eres un estúpido, Leví, sólo tu codicia es tan grande como tu estupidez.

– ¡No me han seguido! Estuve dando rodeos, tal como me enseñasteis. Llevo una hora dando vueltas y vueltas, asegurándome de que nadie me pisara los talones, muy alerta. Y sólo se acercó a mi mesa ese jovencito inútil, ningún templario ni nadie de aspecto sospechoso me ha hecho preguntas embarazosas. ¡Os lo juro!

– Vamos, vamos… un descreído como tú jurando en vano, Leví. Tus palabras no servirían ni para asegurar tu nombre, maldito embustero.

– ¡Os digo la verdad, nadie del Temple se ha…!

– O sea que ningún templario se ha dejado caer por los Cambios. -La voz pareció metalizarse más, en un tono que no parecía posible en una garganta humana-. Supongo que quieres decir que no has visto templarios, porque no has visto capas blancas. ¡Qué extraordinario talento para la observación!

– Ninguna capa blanca, no señor, ni ninguna pregunta sobre D’Aubert… Eso es, pero creo tener una pista.

Por un instante, Guillem se apiadó del pomposo usurero. Estaba jugando en terreno peligroso y desconocía las reglas. Era una mala transacción que le reportaría serias pérdidas, posiblemente irreparables. Pero Leví seguía convencido de su habilidad para el engaño, ajeno a la realidad que se imponía por momentos y al tono, cada vez más acerado, de su interlocutor. Quería jugar fuerte sin disponer de capital, un mal negocio para su profesión.

– ¿Una pista de D'Aubert? -repitió la voz, con sorna-. Me tienes en ascuas, Leví, después de tantos días de escasez informativa, logras sorprenderme.

Su tono, sin embargo, no era de sorpresa.

– He oído rumores, señor, rumores que indican que puede estar escondido en una posada de mala muerte, en el barrio marítimo, cerca de…

– ¿No será por casualidad, la posada de tu amigo Santos? -cortó la voz con desprecio.

– Santos no es mi amigo -se defendió Leví-. Hemos hecho algún negocio juntos, pero no es un tipo de confianza.

– ¡Claro! Tú no tienes amistades, viejo avaricioso, todo el mundo confiaría antes en un escorpión del desierto que en una escoria como tú. Y además eres un pésimo embustero, me temo. Desde el principio sabías dónde encontrar a D'Aubert, pero has preferido sacarle tú misma la ganancia. ¿No es así, Leví?

– ¡Eso no es cierto, jamás os engañaría!

– Desde luego que sí, amigo mío, engañarías a tu propia madre si con ello sacaras unas miserables monedas. Lo sabías desde el principio, D'Aubert es de tu calaña, un viejo conocido que acudió a ti en el mismo instante que desembarcó. Lo que sí es cierto es que no tienes ni remota idea de dónde está escondido el médico judío, pero D'Aubert… tú mismo lo escondiste, esperando a ver qué podías sacar de este negocio. Me has engañado, Leví, y ya te avisé de las consecuencias.

– ¡No es verdad, lo juro por lo más sagrado! ¡No conozco a D'Aubert! He trabajado para vos honradamente, no os mentiría, no me atrevería, señor.

– ¡Por todos los demonios, Leví, di de una vez la verdad. Te va la vida en ello!

La amenaza era cortante, no había necesitado ni siquiera elevar el tono de voz para que un aire gélido se extendiera por toda la casa. Leví sollozaba, jadeaba como un animal herido y el sonido de su respiración reptaba por la paredes, en un desesperado intento de huida. Las posibilidades de transacción se agotaban y empezaba a darse cuenta, aquello era un mal negocio.

– Está bien, tenéis razón. Conocía a D’Aubert, pero sólo superficialmente. Vino a verme al desembarcar, buscaba un refugio seguro y me prometió mucho dinero. Decía que iba tras algo grande.

– ¿Cómo de grande, Leví?

– ¡No lo sé! No quiso explicarme nada, decía que todavía

tenía que descubrir algunas cosas. Sólo quería que le pusiera en contacto con un traductor de griego. ¡Sólo eso!

– ¿Y eso es lo que hiciste, le enviaste a alguien?

– ¡No, a nadie, os lo juro! Le dije que en la posada encontraría la información que buscaba. ¡Nada más!

– No me molesta que mientas, Leví, todo el mundo lo hace continuamente. Lo que me enfurece es que intentes engañarme a mí, y que tengas la convicción de que puedes hacerlo. No me gusta nada, vieja rata de muelle. Por eso he decidido prescindir de tus servicios, ya no me sirves de nada. Nada personal, ya lo sabes, sólo negocios, y me temo que tú has hecho una inversión equivocada.

Guillem oyó un sollozo roto, las súplicas del usurero en demanda de clemencia, y un escalofrío le recorrió el espinazo al escuchar sus gritos de auxilio. Leví lloraba, gritaba, se le oía arrastrarse por el suelo mientras balbuceaba frases incoherentes. Se trataba de su último negocio y el joven no le juzgó por ello, estaba intentando apostar hasta su dorado genovino para salvar el pellejo. Pero Leví desconocía la verdadera naturaleza de la Sombra, porque Guillem sabía con seguridad que aquella voz sólo podía pertenecerle. El usurero estaba perdido, porque desconocía su total ausencia de piedad.

Un sonido entrecortado que no supo identificar llegó hasta el palomar, un ruido leve, casi un murmullo. El vacío volvió a apoderarse de la casa; un silencio sepulcral lo envolvía todo, como si las palabras que Guillem había escuchado no se hubieran pronunciado jamás. No se movió ni un milímetro, rígido, con la musculatura contraída contra la pared, atento a cualquier rumor, a cualquier sonido que le indicara la presencia del hombre, su trayectoria. «Nada puede desvanecerse en el aire», pensó.

La espera se hacía interminable y el dolor por la inmovilidad agarrotaba sus piernas. De repente, oyó con claridad el ruido de una puerta al cerrarse. Se relajó en silencio, intentando recuperar el ritmo de su respiración, casi detenida, mover un pie. De repente, una voz de ultratumba le obligó a detenerse, a permanecer paralizado. «¡Quieto!» Apoyado en aquella sucia pared llena de excrementos de palomas, conmocionado, tardó unos segundos en comprender que la orden provenía de su propia memoria. Como si el recuerdo viajara en su ayuda para salvarle la vida, los consejos de Guils y sus particulares opiniones acerca de los espías papales se le hicieron audibles.