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«Son como serpientes, muchacho, de las peores. Utilizan los trucos más sucios que puedas imaginarte, reptando por las paredes, dispuestos a lanzarte su veneno cuando tú crees que han desaparecido. O sea, mi querido caballero Montclar, debes actuar como si nunca se hubieran ido, otorgarles el divino don de la ubicuidad y de la transmutación, igual que si trataras con espectros del infierno.» Guils se reía a carcajadas, el odio que sentía hacia los espías papales le hacía maldecir como un poseso. «¿Conoces el truco de la puerta? Pues escucha con atención, chico. Tú espías en tanto ellos también espían y estás convencido de que ignoran que tú estas allí. ¿Me sigues, cachorro de hiena? Bien, sin que sepas muy bien por dónde han ido, oirás una puerta que se cierra y respirarás tranquilo, pensarás que por fin, esta peste romana ha desaparecido de tu vista, y te moverás. Y estarás muerto en unos segundos. ¿Por qué? Ya te lo he dicho, asno, no se van, permanecen inmutables y eternos, esperando que el pobre imbécil se mueva y les indique su presencia. Tu única esperanza es tener más tiempo que ellos, esperar pacientemente y rezar, rezar para que después de tantas tonterías, tengan prisa en jorobar a algún otro desgraciado como tú.»

Sí, tenía que haber sido aquel recuerdo lo que le había paralizado cuando con seguridad iba a encontrarse con su muerte. Pero todavía no lo estaba, pensó concentrándose en su propia inmovilidad, olvidando el dolor del cuerpo entumecido y respirando sin que un solo murmullo saliera de sus labios. Hombre y pared, casi fundidos, convertidos en la misma espera. Su mente distraída en Guils y en los ejercicios que le obligaba a hacer, «ejercicios antipapales» los llamaba con irreverencia, al tiempo que lo tenía paralizado en los lugares más increíbles. «Hazme un favor, chico, pierde el sentido del tiempo, ya no existe.» Horas y horas, colgado de un árbol, arrodillado en un confesionario, sentado, de pie, estirado, boca arriba, boca abajo… ¡Dios, lo que había llegado a maldecir a Bernard por aquella tortura! «Maldice, caballero Montclar, pero en silencio y no me mires como un carnero en el matadero.»

Oyó de nuevo la puerta pero se mantuvo quieto. Hasta el aire parecía paralizado, atrapado en miles de motas de polvo eterno. «Sí, eso es, lo he conseguido, soy ubicuo y transmuta do, tengo todo el tiempo del mundo, me quedaré aquí, me moriré aquí mismo dentro de unos años.» Oyó unos pasos, alejándose, pero no le importó, iba a quedarse allí hasta el final del mundo, convertido en mota de polvo.

Cuando se movió, no tenía noción del tiempo transcurrido ni le importaba, se sentía ligero y despierto. Bajó al piso y encontró a Leví, el mentiroso, con los ojos muy abiertos, todavía sorprendidos por la manera en que había acabado su negocio. Un preciso corte le recorría el cuello de oreja a oreja, tendido en medio de un gran charco de sangre. Cuando Guillem se inclinó para observarlo, la cabeza del usurero rodó hasta el final de la estancia despidiéndose del resto del cuerpo. Era una imagen patética, aunque el joven se concentró en un detalle extraño. Las ropas de Leví estaban en un orden exquisito, su larga túnica de seda y su capa, con cada pliegue dispuesto de forma armoniosa; ni sus collares se habían movido al desprenderse su cabeza. Alguien había dado un toque final a la escena. Guillem encontró su genovino y lo devolvió a su bolsa, el préstamo había vencido y no había nadie para cobrar los intereses. Después, sin tocar nada, abandonó la habitación. Salió de la casa tan sigilosamente como había entrado y no encontró a nadie en su camino.

Su cita involuntaria con la Sombra le provocaba reacciones contradictorias y extremas. Por un lado, se sentía eufórico por su actuación, casi al límite de lo permitido y que había estado cerca de ponerlo junto a Leví camino del infierno de los judíos, si es que tal cosa existía. ¿Había sido parte de su memoria o era la voz de Guils, convertido en protector de ultratumba? Por otro lado, estaba impresionado por el sonido de aquella voz que había quedado grabada en su ánimo, dejándole un rescoldo de miedo y respeto por aquel asesino. Dalmau tenía razón, Robert d'Arlés era un hombre peligroso y extraño, y él tendría que andar con mucho cuidado si quería seguir vivo.

Se detuvo un momento, inconscientemente no había parado desde que salió de aquella casa, como si le persiguieran cien demonios. Debía pensar cuál era el siguiente paso, y ya anochecía, su estado de eternidad se había alargado y se hacía tarde. Pero ¿tarde para qué? No lo era para hacer una visita a El Delfín Azul, todo lo contrario, era la mejor hora, la más concurrida. Y si tenía que encontrarse de nuevo con la Sombra, prefería un lugar público, con mucha gente; su última experiencia le aconsejaba tomarse un respiro. ¿Qué máscara necesitaría para ir allí? La del joven estúpido e inútil ya no le servía, tendría que pensarlo mientras se dirigía hacia allí. Pensó en D'Aubert, el ladronzuelo. La Sombra conocía su escondite antes de hablar con Leví, era posible que se le hubiera adelantado. ¿Debía informar a frey Dalmau? Quería encontrar a D'Aubert vivo, interrogarle, recuperar lo que le había robado a Bernard y cada instante que perdía en elucubraciones y dudas era un regalo para la Sombra. Dejó de pensar para encaminarse con rapidez hacia la posada. Sólo una cosa le inquietaba profundamente: ¿habría adivinado la Sombra su presencia en la casa? «Carne y hueso -había dicho frey Dalmau-, lo demás es sólo una leyenda que él mismo se ha encargado de transmitir y aumentar, es tan mortal como tú o yo.» Pero el joven no estaba tan seguro, ni siquiera lo había visto pero había notado su presencia, el murmullo de una sombra desvaneciéndose.

Capítulo VII El Delfín Azul

«¿Habéis prometido o dado a algún seglar o a un hermano del Temple, o a cualquier otro, dinero u otra cosa para que os ayude a ingresar en esta orden? Porque esto constituiría simonía y no podríais disculparos, si estáis seguro de ello perderíais la compañía de la Casa.»

La posada El Delfín Azul se hallaba al final de un callejón sin salida, al límite del barrio de la Ribera. Leví no había exagerado al describir aquel local de mala muerte, su emplazamiento y el tipo de gente que concurría a él, no permitían engaños en cuanto a su naturaleza. Sus clientes provenían, especialmente, de los bajos fondos de la ciudad y del paso de la marinería. No era un burdel, como muchos pensaban, sino un centro de diversión y de negocios que rozaban el límite de la ley y, en muchos casos, lo sobrepasaban sin ningún problema. Las autoridades consideraban la prostitución un mal necesario que evitaba problemas peores, por ello toleraban los burdeles, aunque bajo un control municipal y real. Estaba totalmente prohibido que las prostitutas ejercieran su duro trabajo fuera de los locales adecuados para ello, de esta manera eran obligadas a vivir encerradas entre las cuatro paredes del burdel.

Sin embargo, en El Delfín Azul también se podían encontrar grupos de mujeres que se reunían allí para divertirse y hablar de sus problemas, sin que fuese posible contratar sus servicios. Si una de ellas era encontrada ejerciendo su trabajo fuera del burdel, el mismo patrón y sus compañeras la iban a buscar con redoble de tambores, y la devolvían a la casa, aunque raramente sucediera así en aquel barrio, en el que ni los guardias reales se atrevían a patrullar.

Guillem caminaba con rapidez, con la cabeza alta y cara de pocos amigos. El ingenuo muchacho de los cambios había desaparecido y en su lugar, asomaba un hombre joven, de mira da torva y con las armas a la vista. En la entrada de la posada, un grupo de hombres apalizaba a un tercero que acababa de desplomarse, desmayado o inconsciente, en tanto los golpes y puntapiés arreciaban sin que la víctima expresara el más mínimo lamento. A un lado, dos mujeres contemplaban el espectáculo con expresión aburrida, semejantes a dos estatuas de piedra que soportaran el peso del portal, excepto que carecían de capiteles en sus cabezas.

Guillem dio un vistazo al infeliz que yacía en el suelo, sin detenerse ni intervenir, aquél ya no pertenecía al mundo de los vivos y él tenía un gran interés en permanecer en él. Cuando penetró en la posada, un ambiente espeso y cargado lo envolvió, había muchas zonas de penumbra y sus ojos tardaron unos instantes en adaptarse a la oscuridad, repasando cada rincón y cada huésped que llenaba el local. Era una estancia de grandes dimensiones, rectangular, donde una enorme chimenea ocupaba un lugar de privilegio, dando mucho calor y poca luz. Las mesas se amontonaban sin orden ni concierto, como si un ejército de bárbaros hubiera conquistado el lugar y se dispusiera a arrasarlo. Los parroquianos se apretujaban alrededor de las mesas y encima de ellas, casi sin dejar un resquicio por el que pudieran pasar unas mujeres portadoras de grandes jarras. Los gritos y aullidos eran la conversación más habitual y también los coros, espontáneos, entonando obscenas canciones a voz en grito. El fragor de la peor batalla se hubiera convertido allí en un simple murmullo.