– Me sobrevaloráis, caballero, soy sólo un simple fraile. -Vos y yo sabemos que eso no es cierto. Deberíais estar en un cargo digno de vuestra estatura moral, hermano. No comprendo cómo vuestra orden no se beneficia más de vuestros estudios y de vuestra competencia. Quizás es que sois demasiado humilde y dado al recogimiento.
– Sois muy amable conmigo, caballero. Os ayudaré en todo lo que pueda. -Fray Berenguer rezumaba satisfacción por todos sus poros, los halagos habían hecho mella en él.
– Veréis, es un asunto sumamente delicado, una misión diplomática difícil. Me han enviado tras la pista de un hombre muy peligroso, uno de los enemigos de nuestro querido rey Luis. Nos han llegado rumores de que se está preparando algo contra la vida de mi señor, Dios no lo permita, y me encuentro en un momento decisivo.
– ¡Por todos los santos! No puedo creer que sucedan tales cosas.
– El diablo anda suelto en estos tiempos, fray Berenguer, vos lo sabéis tan bien como yo y es una lástima que el resto del mundo parezca tan poco interesado… Por eso he pensado que vos podríais ayudarme. Mi señor, Carlos d'Anjou, el amado hermano de nuestro rey, me comentó que sería una suerte contar con vuestra ayuda, y aquí estáis, como si de un milagro se tratara.
– ¡Bendito sea vuestro señor, caballero, disponed de mí! -El hombre que busco es judío, un médico judío, y creo que goza de buena reputación en vuestra ciudad, hermano Berenguer.
– ¡Esa maldita raza de asesinos de Nuestro Señor! Nuestro rey es demasiado tolerante con ellos, le engañan con el brillo del oro, caballero. No podéis imaginar mis continuas plegarias para que esa convivencia se acabe.
– ¡Cuánta razón lleváis, fray Berenguer, cuánta razón y ya veis lo incapaces que somos de solucionarlo! Veréis, ese hombre se llama Abraham Bar Hiyya y ha desaparecido de su casa desde hace dos días. Nadie sabe nada, dicen que está fuera de la ciudad. Pero ¿cómo voy a creer a gente tan dada al engaño?
Fray Berenguer abrió la boca, como si se estuviera ahogando, con la sorpresa pintada en el rostro.
– ¡Es increíble, realmente increíble, caballero!… Como si el Señor guiara nuestro camino para encontrarnos. ¡Un milagro!
– ¿Acaso sabéis alguna cosa que pueda ayudarme, amigo mío?
– Ese hombre que buscáis viajó conmigo desde Chipre hasta llegar a la ciudad. ¿No lo creéis milagroso? Claro que vi enseguida que no era de confianza, sólo poner un pie en la nave descubrí rápidamente que era un hombre peligroso. Incluso llegué a quejarme al capitán por obligarnos, a nosotros, cristianos, a viajar en compañía tan detestable, pero ya sabéis cómo son estos venecianos. Los conocéis muy bien, me temo.
– ¡Por el dulce nombre de Nuestro Señor! Tenéis razón, es casi un milagro, los propios ángeles me han guiado hasta vos. Sois la respuesta a mis plegarias, fray Berenguer, la persona adecuada para ayudarme. -Robert d'Arlés cogió las manos del fraile entre las suyas, en un intento de besarlas con veneración.
– ¡Oh, no, no, mi buen caballero, no hagáis eso! Vos un caballero tan importante, el mejor amigo de nuestro cristianísimo señor Carlos, el más fiel servidor del buen rey Luis. ¡Soy yo quien tendría que inclinarse ante vos!
Era ya noche cerrada y las calles estaban vacías, en la lejanía se escuchaba a los borrachos, perdidos y desorientados, sin encontrar el rumbo de vuelta a casa. Guillem avanzaba hacia la seguridad de su encomienda con la única idea de desaparecer en su camastro y dormir durante tres días seguidos. No pensar en nada, dejar la mente en blanco sin que un solo pensamiento le turbara. Pero algo le puso en aviso, casi de forma inconsciente. El cansancio desapareció de inmediato y todo su cuerpo se puso en tensión. Alguien le estaba siguiendo, sin lugar a dudas, alguien de su oficio, con la habilidad especial que procuraba un buen adiestramiento y que sólo una fina intuición educada podía percibir.
«Bien -pensó-, otra noche sin sábanas.» Mantuvo el ritmo de sus pasos sin variación, su perseguidor no debía descubrir que le había descubierto. Cambió el rumbo, alejándose de la Casa del Temple, en dirección a la pequeña plaza de Santa Maria y se internó en la callejuela de los Baños Viejos. Reflexionaba en cuál sería el mejor camino para sorprender a su perseguidor, desconocía sus intenciones y por el momento era sólo un leve murmullo a sus espaldas. Pasó el edificio de los Baños y giró a la izquierda, entrando en un oscuro callejón, percibiendo casi al instante la silueta de una puerta medio abierta por la que se coló. Un ronco gruñido de aviso provocó su sobresalto. Un cerdo de considerable tamaño le observaba tras su cerca, inquieto ante la llegada del intruso. Entornó silenciosamente la puerta hasta dejar un delgado resquicio, casi invisible en la oscuridad, y quedó a la espera, inmóvil, agradeciendo interiormente la imprudencia de los propietarios. No eran buenos tiempos para olvidar cerrar las puertas y mucho menos con animales a la vista, pero unos jadeos y el crujido de la madera por encima de su cabeza le hicieron sonreír: tenían una buena razón para el olvido.
Guillem esperó con paciencia hasta observar la silueta oscura que parecía trepar por los muros, vio cómo se detenía y volvía a avanzar como un gato pegado a la pared. Pasó tan cerca de él que pudo aspirar el penetrante olor a sudor frío que transpiraba, la ligera brisa que provocaba su movimiento. Transcurridos unos segundos, salió de su escondite sin que un solo murmullo delatara su presencia, entornando cuidadosamente la puerta y dispuesto a seguir con la cacería. Pero esta vez él sería el cazador.
No había avanzado muchos metros, cuando vio la presencia oscura cerca de unas casas, agazapada y a la espera. Alguien andaba delante de su perseguidor, un hombre envuelto en su capa que marchaba apresuradamente ansioso por llegar a su portal, quizá rezando para no tener que dar muchas explicaciones a su mujer. Lo que siguió a continuación fue tan rápido que Guillem no tuvo tiempo para reaccionar. El hombre que le perseguía se movió a la velocidad del viento cayendo sobre el incauto trasnochador sin un ruido, y sólo el destello del metal avisó a Guillem del fatal desenlace. Contuvo el aliento mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal. El asesino había confundido a aquel infeliz con él y ya era demasiado tarde para ayudarlo, nunca regresaría a su casa. Observó cómo el desconocido registraba las ropas de la inocente víctima al tiempo que lanzaba un juramento, una exclamación reprimida que denotaba la frustración del asesino, porque no había encontrado lo que buscaba. Un revuelo de capa le confirmó que el individuo daba por terminado su trabajo y se alejaba maldiciendo en voz baja. Guillem reemprendió entonces la persecución.
Se alejaban de la ciudad, hacia el norte. Guillem intentaba controlar el impulso de saltar sobre aquel sicario y dar rienda suelta a su rabia contenida, pero algo reprimía su deseo. Quizás el recuerdo de la maldición que había escuchado, en italiano, una lengua que conocía a la perfección. ¿Qué motivos podía tener aquel sujeto para querer matarle? No era D’Arlés, la Sombra, su voz era totalmente distinta, alejada del tono duro y cortante, metálico, que el joven guardaba en su memoria. ¿Quizás uno de sus esbirros? Era posible que pensara que él era una pieza menor, que no se tomara la molestia de hacer personalmente el trabajo. ¿Habían descubierto su verdadera identidad? Pero ¿cómo? D'Arlés no dejaba cabos sueltos, lo tenía comprobado, por muy superficiales que éstos fueran, borraba sus huellas con la precisión de un carnicero. Entonces, ¿quién era aquel hombre al que seguía? Entraba dentro de lo posible que estuviera perdiendo el tiempo, que persiguiera a un simple salteador de caminos ya de regreso al seguro refugio de su madriguera. Tenía que arriesgarse, pensó protegiéndose tras la sombra protectora de los árboles que delimitaban el camino. Su presa caminaba delante de él, tranquila, ajena a su persecución.
La noche era clara, iluminada por una luna transparente que reflejaba una luminosidad espectral a su alrededor. Guillem pudo ver, unos metros más adelante, el perfil de una casa de campo para la que los buenos tiempos ya habían pasado, un caserón grande y abandonado con un considerable pajar a su izquierda. Allí se adivinaba un resplandor entre las rendijas de su desvencijado portón, y hacia allí se dirigía su presa, entrando en el pajar sin una vacilación.
Guillem rodeó el edificio, inspeccionándolo, buscando el espacio perfecto que le permitiera entrar sin llamar la atención. Lo encontró en el lado sur, donde una escalera indolente se apoyaba en la pared. Había sido construida con manos hábiles y a pesar de los años de escaso servicio, parecía sólida. Subió con precaución, probando la resistencia de cada escalón antes de apoyarse en él, hasta llegar a la boca oscura en donde tiempo atrás se amontonaba la paja recién cortada. Una vez arriba, se arrastró por el altillo, buscando una rendija en el suelo lo suficientemente ancha para ver cómodamente lo que sucedía unos metros más abajo.
Dos hombres estaban sentados en el suelo del pajar, comiendo y calentándose en torno a una pequeña fogata. -¿Ya has acabado tu trabajo, Giovanni? -preguntó uno de ellos al recién llegado.
– ¿No ha llegado Monseñor? -El mencionado Giovanni no parecía dispuesto a dar explicaciones.