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– No creo que tarde mucho, acostumbra a ser muy puntual, como ya sabes.

– No me gusta este asunto -masculló Giovanni-. He visto a uno de los esbirros de DArlés merodeando por El Delfín Azul.

– A ti no te gusta y yo no entiendo nada. No hace ni tres días que trabajábamos juntos, la gente de DArlés y nosotros, y ahora… ¿Puede alguien explicarme este embrollo? -El hombre masticaba un trozo de pan con dificultad, sus escasos dientes provocaban un extraño silbido cuando hablaba.

– Más vale no hacer demasiadas preguntas, Carlo -respondió Giovanni-. Tu vida se alargará, a Monseñor no le gusta dar respuestas. ¡Este asunto lo ha descontrolado todo!

– Pero ¿qué demonios de asunto, Giovanni? Estamos a oscuras, ni tan sólo sabemos qué estamos buscando. Lo único cierto es que en esta ciudad se han reunido tantos espías con diferentes amos que ya nadie sabe a quién vigila.

– Te repito lo mismo que le he dicho a Carlo, cuando los -amos se pelean entre sí, más nos vale no prestar atención, Antonio. Ellos ya sabrán el porqué, yo prefiero ignorarlo.

En el exterior, el sonido de un galope se acercaba rápidamente.

– Bien, muchachos -comentó Giovanni, levantándose-, si alguien quiere acortar su vida, es momento de preguntar, creo que Monseñor ya está aquí. Más vale que nos preparemos, nuestros resultados han sido escasos.

Fray Berenguer de Palmerola aprovechó su paseo diario para acercarse hasta la Casa del Temple. Las noticias que le había comunicado aquel importante caballero francés le habían inquietado. ¿Aquel viejo judío un traidor, un conspirador? Apartó las dudas de su mente, aquella raza abominable era capaz de todo y Robert d'Arlés era un hombre de toda confianza, no le mentiría. Sabía que era un íntimo colaborador de Carlos d'Anjou, su mano derecha, y era de sobras conocido que Carlos sería muy pronto coronado rey de Sicilia y acabaría de una vez por todas con el herético linaje de los Hohenstauffen, ¡aquellos malditos gibelinos! Y, sobre todo, tenía que cuidar de sus propios intereses, el noble DArlés era una persona muy influyente y reconocía su talento, incluso había llegado a sugerir un cargo muy importante en Roma, lejos de la mediocridad de la vida del convento.

– Tenéis cualidades muy importantes para mí, fray Berenguer -le había comentado en voz baja-, cualidades imprescindibles en estos tiempos. Muy pronto estaremos en Sicilia y mi señor Carlos necesitará de alguien de su absoluta confianza, alguien que sea digno de él, ya me entendéis.

Las palabras de DArlés eran música celestial en sus oídos y habían encendido sus esperanzas. Después del desastre de Mongolia, sus posibilidades de ascender en la orden eran escasas y prueba de ello era que su superior no se había dignado todavía a llamarle a su presencia. Tenía mucho que ganar y muy poco que perder, al fin y al cabo el caballero francés sólo pedía un pequeño favor, un encargo sin importancia que no le comprometía a nada.

Cuando fray Berenguer llegó al portón de la Casa del Temple, solicitó ser recibido por el comendador, pero le notificaron que éste se hallaba de viaje. Sin embargo, podía ser atendido por el hermano Tesorero, frey Dalmau, el administrador. Mientras iban a avisarle, le instalaron en una amplia sala, iluminada por la luz que entraba a través de grandes ventanales, y a su lado dejaron una copa y una jarra de vino. Lo paladeó con deleite, el vino hecho en las grandes encomiendas templarias gozaba de merecida fama y, desde luego, no le decepcionó.

– ¡Estimado hermano! Me han dicho que deseabais hablar conmigo. -Frey Dalmau había entrado en la estancia y se dirigía hacia el dominico con los brazos abiertos.

– Sois muy amable al recibirme. Lamento haber interrumpido vuestro trabajo.

– Muy al contrario, fray Berenguer, de esta manera me permito unos minutos de asueto y disfruto del placer de vuestra compañía. Decidme, len qué puedo ayudaros?

– Veréis, frey Dalmau, me temo que el motivo de mi visita no es nada agradable. -El dominico estudiaba con atención el rostro de su interlocutor, intentando adivinar sus reacciones-. Ha llegado a mis oídos un rumor que me niego a creer y es por esta razón por lo que he creído conveniente avisaros, ya que dicho rumor se refiere a vuestra orden. Ya sabéis, querido hermano, el perjuicio que pueden causar las malas lenguas.

– Lo sé, lo sé, pero confieso que habéis despertado mi curiosidad. Frey Dalmau no mentía, estaba realmente intrigado ante el comportamiento del fraile. Sabía que era uno de los compañeros de viaje de Abraham y de Guils y, por las explicaciones del anciano judío, no había resultado una buena compañía. ¿Qué estaría tramando?

– Escuchad, amigo mío -siguió fray Berenguer-, se comenta que la Casa del Temple esconde a un judío acusado de alta traición. Estoy indignado, no sabéis lo que me irritan las falsas acusaciones, pero no he tenido más remedio que venir a comprobarlo personalmente, espero que no os moleste.

– ¿Un judío acusado de alta traición? -Frey Dalmau estaba perplejo, aunque empezó a intuir las intenciones del visitante-. No hemos recibido ninguna información al respecto, lo cual es muy grave si lo que decís es cierto. Los oficiales reales no nos han comunicado nada parecido y siempre nos ponen al corriente. ¿De quién estáis hablando, fray Berenguer?

– Su nombre es Abraham Bar Hiyya, vive aquí en la ciudad y es médico. Según mis informes, ha atendido a más de un miembro de vuestra milicia.

– Vuestros informes no os engañan, mucha gente conoce que Abraham nos ha atendido siempre que lo hemos necesitado, al igual que a una gran parte de la nobleza y de la ciudadanía de Barcelona. Pero no hay ninguna acusación contra él, y mucho menos de alta traición. Me temo que os han engañado, fray Berenguer, y os aconsejo que actuéis con prudencia, alguien podría pensar que intentáis difamar el buen nombre de una persona muy respetada en la ciudad. Y no creo que ésta sea vuestra intención.

– Mis informaciones provienen de lo más alto y…

– Lo más alto que yo conozco en esta tierra, hermano, es nuestro amado rey, y os aseguro que si existiera esa acusación de la que habláis, seríamos los primeros en enterarnos. -Frey Dalmau mostraba irritación ante la insistencia del fraile y la retorcida mente de su invitado empezaba a molestarle.

– Nuestro rey está muy distraído últimamente. -Maliciosamente, fray Berenguer apuntaba hacia los últimos devaneos amorosos del monarca.

– Ni vos ni yo estamos capacitados para juzgar el comportamiento de nuestro rey, hermano, y vuestras palabras podrían ser consideradas causa de traición. Deberíais ser más cauto y prudente.

– ¡Cómo podéis insinuar tal cosa! Mis informes, ya os lo he dicho, no provienen de cualquier taberna, sino de las más altas instancias de un país vecino que ha confiado a este pobre fraile una misión tan delicada. Ellos conocen mi experiencia y…

– Entonces vuestra experiencia os sirve de bien poco, fray Berenguer -cortó secamente frey Dalmau-. Deberíais saber que colaborar con otro país, especialmente en estos momentos, os podría colocar en una situación muy peligrosa y la injusta acusación que lanzáis contra Abraham podría girarse contra vos.

El rostro del fraile adoptó un tono escarlata ante la sugerencia del templario y en sus manos, fuertemente aferradas a los brazos de la silla, asomaron una multitud de venillas azules. Su tono cambió de forma abrupta.

– ¿Por qué protegéis a este judío? -exclamó.

– No creo que el anciano Abraham necesite protección, fray Berenguer. Hace más de un año que partió hacia Tierra Santa y creedme si os digo lo mucho que mis huesos lo echan de menos. Es un excelente médico al que he recomendado en muchas ocasiones, cosa que no dejaré de hacer por vuestras infundadas acusaciones. Pero ya que sois un experto, no os costará mucho encontrarlo en Palestina.

– ¡Ese judío ya no está en Palestina! -Entonces sabéis mucho más que yo.-Pero ¿no os dais cuenta de que ese judío es un peligro, frey Dalmau?

– Lo único que veo, hermano, es que alguien está utilizando vuestra ignorancia con fines que me son oscuros. Y yo de vos, no andaría clamando que estáis ayudando a un país extranjero. Es un mal momento para alianzas extrañas y, si me lo permitís, debemos poner fin a esta conversación. No deseo perjudicaros, pero si continuáis, me veré obligado a poner en conocimiento de la autoridad real vuestras palabras.

Fray Berenguer de Palmerola salió de la Casa del Temple furioso y congestionado por la ira. Nada había funcionado tal como había previsto y aquel orgulloso templario le había humillado de forma indigna, riéndose de su falta de experiencia. Y no sólo eso, ¡se había atrevido a amenazarle, a llamarle traidor en su propia cara! ¡Malditos presuntuosos! No sabían a quién se enfrentaban, ignoraban el poder de sus influencias y de sus amistades. No había descubierto si aquel sucio judío se escondía entre aquellas paredes, pero no sería de extrañar, aquella gentuza del Temple actuaba siempre como le daba la real gana, sin obedecer a obispos ni abades. Pero si el judío se escondía allí, si ellos lo estaban protegiendo, lo descubriría y haría todo lo posible para perjudicarles. Sí, iban a acordarse de él durante un largo tiempo. Sólo la idea de la venganza logró calmar su ánimo y muy pronto, en su mente, la figura de un fray Berenguer, poderoso e influyente, castigando a los osados que se atrevían a cruzar en su camino, le llenó de satisfacción.