Escondido en una esquina, cerca de la Casa del Temple, un asustado fray Pere de Tever, contemplaba la furiosa salida de su hermano y superior. No sabía qué hacer ni a quién acudir.
Durante unos breves días había conseguido esquivar la presencia de su irascible compañero, incapaz de soportar su arrogancia y su mezquindad, pero aquella mañana, arrepentido de su poca paciencia, había ido a buscarlo. Había sido un error, pensaba ahora, no debía haberse quedado junto a la puerta, escuchando. La curiosidad le había arrastrado, no podía creer que aquel viejo rencoroso tuviera una visita, porque nadie le conocía amistades ni familia. Y se quedó allí, oculto tras la puerta, espiando la conversación con aquel elegante caballero francés. Casi de inmediato, descubrió su error, pero no podía huir sin que ellos se dieran cuenta de su presencia, y el miedo se apoderó de él. Escuchó con espanto cómo querían acabar con la vida de aquel pobre hombre, un judío que no había lastimado a nadie, únicamente perjudicado por su raza y por el odio intenso que sentía fray Berenguer hacia toda diferencia. Pero todo esto no fue lo peor. El terror se apoderó de él cuando pudo observar al caballero francés, cuando contempló su rostro. Conocía aquella cara, estaba seguro, sin lujosas ropas ni alhajas, más bien al contrario, sucio y con barba de varios días, pero era el mismo hombre, sin lugar a dudas. Comprendió que estaba ante uno de los tripulantes de la nave en la que habían viajado, el hombre que había embarcado en Limassol.
Guillem aguzó los sentidos. Sobre el suelo del pajar, inmóvil, con la mirada fija en lo que sucedía. Alguien había llegado y los hombres se habían levantado en silencio, con el respeto que impone el miedo.
Un nuevo personaje apareció en la puerta. Vestía completamente de negro, alto y corpulento, con unas relucientes botas altas de buen cuero, sus manos enguantadas, y en ellas un gran anillo. El joven contuvo la respiración al verlo, parecía un anillo cardenalicio, aunque a aquella distancia era difícil asegurarlo.
– Buenas noches, caballeros, ¿qué tenéis para mí? -El sarcasmo de sus palabras molestó a los hombres, pero no respondieron de inmediato.
– El muchacho se escapó, desapareció en un instante. Ha sido bien instruido -contestó Giovanni.
– Es increíble, Giovanni, mi hombre más curtido, burlado por un jovenzuelo imberbe. Creo que te estás haciendo viejo. -No es exacto lo que decís, Monseñor. No es un simple joven, no hay que olvidar que es el hombre de Guils -se defendió.
– ¡El hombre de Guils! Vamos, Giovanni, no intentes engañarme. Querrás decir más bien el chico de los recados de Guils. Me temo que hay muchos fallos últimamente, señores.
Giovanni calló, estaba en un terreno peligroso y no era saludable llevar la contraria a su patrón. Viendo su silencio, Carlo, su compañero, intervino.
– Ese chico estuvo en la taberna, señor, se puso en contacto con Santos. Y en lo que se refiere a D'Aubert… está muerto, parece que la Sombra se nos adelantó. Registramos la habitación y también el cadáver, pero no hallamos nada.
– El judío sigue en la Casa del Temple, Monseñor… -añadió el llamado Antonio, en voz muy baja, como si temiera molestar al hombre de negro-. No se ha movido de allí. Tenemos vigilancia las veinticuatro horas del día, no ha habido movimientos sospechosos y únicamente un destacamento de seis templarios ha salido hacia la encomienda del MasDeu. Abraham no estaba con ellos.
– ¡Menudo hatajo de inútiles que tengo a mi servicio! -El desprecio impregnaba las palabras y el tono de voz del hombre oscuro.
Un sombrero de ala ancha impedía a Guillem descubrir el rostro del hombre, y sólo gracias a un contraluz que danzaba en torno a la hoguera, pudo vislumbrar una nariz larga y aguileña y unos labios carnosos y bien perfilados.
– ¿Y dónde está D'Arlés?
Un espeso silencio se instaló entre los tres hombres que le escuchaban, y se miraron unos a otros sin atreverse a contestar.
– ¡O sea, que no habéis encontrado a ese malnacido! -tronó la voz-. Decidme, ¿hay algo que me demuestre que estáis trabajando para mí, o es que habéis cambiado de bando?
– Señor, comprendo vuestro enfado, pero encontrar a la Sombra no es tarea fácil. Se nos escurrió de las manos en el puerto, desapareció sin dejar rastro, sabéis que ese hombre es un mago des…
– ¡Ya basta de estupideces, Giovanni! Vuestras supersticiones me hastían. Sabes perfectamente que es de carne y hueso, y por lo tanto tan mortal como tú mismo, no se trata de ningún espectro infernal… -Monseñor quedó unos segundos en silencio-. Lo único que sabéis es que estuvo en El Delfín Azul, que mató a D'Aubert y fin de la historia. Muy poca información para unos agentes que llevan tantos años de servicio, ¿no creéis?
– Monseñor… -empezó titubeando Giovanni.
– ¡Basta de excusas! Quiero que saquéis de en medio al chico de Guils, hay demasiada gente en este asunto. Interrogad a Santos, sacadle todo lo que sabe y matadlo. ¡Despejadme la situación! No quiero interferencias entre D'Arlés y yo, ningún impedimento. ¿Queda claro, caballeros?
– Clarísimo, Monseñor -masculló Carlo.
– D'Arlés está descontrolado, y su gente también, hay que evitar por todos los medios que el transporte de Guils caiga en sus manos. El honor de Roma está en juego, señores, eso es algo que necesito que comprendáis de una vez. ¿Habéis puesto vigilancia en los burdeles de la ciudad?
– Están todos vigilados, Monseñor -contestó Antonio. -Bien, es una de nuestras bazas más importantes. Ese bastardo de D'Arlés no podrá aguantar mucho sin apalizar a una prostituta, es un vicio demasiado fuerte, no lo puede evitar. ¡Maldito traidor!
– Ése es un dato que también posee Jacques el Bretón, o Santos. Si no somos nosotros, Santos le pillará, Monseñor. -Giovanni hablaba con cautela.
– ¡D’Arlés es mío! ¡Todo lo que sabe y lo que tiene me pertenece, Giovanni! No quiero que nada ni nadie se interponga, creo que ya lo he dejado suficientemente claro.
– No creo que al Temple le guste que liquidemos al chico de Guils, Monseñor, están realmente molestos con su muerte y…
– Pues mucho mejor, Carlo, sus molestias me hacen feliz. Fueron ellos quienes empezaron este maldito asunto, ya hace muchos años, y cuanto más perjudicados ellos, mejor para nuestros intereses. Pero me temo que lo que os preocupa a vosotros, pandilla de ineptos, es la posibilidad de encontraros entre dos grandes hogueras: por un lado, el bastardo DArlés y, por el otro, el Temple; sí, dos grandes hogueras. Mis fieles servidores están asustados de salir quemados del fuego. Es realmente preocupante, quizá sea el momento justo de buscar gente más capacitada que vosotros.
– Sois injusto, Monseñor, os hemos servido fielmente y hemos arriesgado nuestra vida por vos en muchas ocasiones.
– Tienes razón, mi buen Giovanni, lo habéis hecho. Pero me pregunto si podéis seguir así. Hasta ahora, sólo tengo dudas acerca de vuestra capacidad, no parecéis comprender la importancia que este asunto tiene para mí.
– Encontraremos a D'Arlés, Monseñor, y cumpliremos vuestras órdenes. No habrá más fallos. -Carlo hablaba con seguridad, sin una vacilación. No le gustaba el brillo de rebeldía que contemplaba en la mirada de Giovanni, su compañero, temía que éste pudiera decir algo de lo que después se arrepintiera.
– Bien, gracias Carlo, así me gusta, que comprendáis mis preocupaciones y me ayudéis a solucionarlas. No tengo más tiempo para vosotros, mañana, quiero resultados.
– ¿Aquí mismo, Monseñor? -Carlo llevaba la iniciativa ante el obstinado silencio de Giovanni.
– No, nos veremos en la ciudad, a la misma hora. Y espero que no me hagáis perder el tiempo.
El hombre se los quedó mirando un largo rato, estudiándolos con atención, sin añadir ni una palabra más y reforzando con la mirada las órdenes dadas. Después se dio la vuelta y desapareció por donde había venido, y el sonido del galope señaló a los hombres que ya podían respirar tranquilos.
– Esto se está poniendo feo, Giovanni -musitó Carlo.
– Desde luego, si DArlés o el Temple no acaban con nosotros, el propio Monseñor lo hará con sus propias manos. Tenemos que movernos rápido, Giovanni. ¿Qué demonios te pasa? -Antonio parecía intranquilo por el comportamiento de su compañero.
En un rincón, Giovanni mantenía su silencio, parecía hallarse muy lejos de allí, perdido en algún lugar de la memoria.
– ¿Cuáles son tus órdenes? -insistió Carlo.
– Antonio se encargará del chico de Guils y de supervisar la vigilancia de la Casa del Temple; nosotros buscaremos a D'Arlés y terminaremos con Santos. -Giovanni había despertado de su ensimismamiento.
– ¿Y el judío?
– Después, ya habéis oído las prioridades de Monseñor. Tú, Antonio, encárgate de arreglar todo esto y apaga la hoguera, nadie debe sospechar que hemos estado aquí. ¡Vámonos, Carlo!
Una vez fuera del pajar, los dos hombres hicieron un aparte, parecían preocupados e inquietos.
– No me gusta, Giovanni, no me gusta nada.
– Sólo sabes repetir lo mismo, como una oración pesada y aburrida. ¿Por qué no cambias de tema, Carlo?