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– Tranquilizaos, muchacho. Aunque le conozco poco, tengo la impresión de que esta nota anónima es muy propia de fray Berenguer. «Vuestro huésped judío está en grave peligro, debéis buscar un refugio mas seguro.» Y firma, «un amigo». ¡Menudo amigo! Hay que reconocer que vuestro hermano es un poco ingenuo al creer que nos apresuraremos a sacar a Abraham de la Casa, ¿no creéis?

– Está bajo la influencia absoluta del otro hombre, frey Dalmau, del caballero francés del que os he hablado. Le ha dicho que Abraham es un peligroso traidor y asesino.

– Sí, es cierto, pero vuestro hermano ya estaba dispuesto a creerse cualquier estupidez. El pobre Abraham no tiene un aspecto muy feroz, ¿no estáis de acuerdo, fray Pere?

El joven fraile sonrió por primera vez, al recordar el aspecto venerable del anciano.

– Habladme de ese otro hombre, de ese caballero francés. -sugirió frey Dalmau a la expectativa.

– Veréis, vino a visitar a fray Berenguer en el convento y yo, llevado por mi curiosidad, estuve espiando. No podía creerme que alguien le visitara… ¡Dios me perdone! Escuché su conversación y me asusté mucho, no podía entender su interés en perjudicar a Abraham. Entonces, cuando se levantó para marcharse, pude verle la cara y me quedé aterrorizado, era el hombre de Limassol.

– ¿Estáis realmente seguro, fray Pere?

– Totalmente, os lo aseguro, siempre recuerdo los rostros. Veréis, este hombre provocaba las iras del capitán D'Amato, siempre estaba donde no debía, y por ello me fijé especialmente en él. Cuando visitó a fray Berenguer en el convento, vestía lujosas ropas y alhajas, pero era el mismo hombre; le prometió cargos importantes y le halagó hasta hacer relucir sus ojos con el brillo de la avaricia. ¡Dios misericordioso, perdonadme por hablar así de mi hermano!

– Vos no sois culpable de la ambición de los demás, fray Pere -susurró con suavidad el templario.

– Sólo deseo que no perjudiquen al anciano, sólo eso. Ese hombre no ha hecho mal a nadie, frey Dalmau. Sólo quiero hacer lo correcto.

– Habéis actuado correctamente, fray Pere, y vuestra información nos permitirá proteger a Abraham. Pero estoy preocupado por vos, éste es un asunto muy peligroso, ya lo veis. No puedo contaros nada, lo siento, porque si lo hiciera, pondría vuestra vida en peor situación y correríais un peligro aún mayor. -No necesito que me contéis nada, frey Dalmau, no soy hombre de mundo ni de intrigas palaciegas. Mi único deseo es proteger a Abraham de gente tan perversa.

Frey Dalmau lo miró en silencio, estaba convencido de las buenas intenciones del joven, pero también de su falta de experiencia y eso le preocupaba. Había demasiados muertos en aquel asunto y no podía permitir que fray Pere aumentara tal cantidad.

– Deberíais alejaros de la ciudad por un tiempo. Pedid permiso para visitar vuestro convento y quedaros allí una temporada. Ese hombre que habéis reconocido os mataría sin vacilar si descubre que lo habéis desenmascarado; es un asesino, muchacho, un peligroso asesino.

– Quiero ayudar -contestó simplemente el fraile-. Lo he visto con toda claridad en cuanto leí la nota. Agradezco vuestros consejos, frey Dalmau, pero ya no me puedo quedar al margen, jamás podría perdonarme el haber cerrado los ojos ante la injusticia. No puedo volver al convento, no puedo huir por muy asustado que esté.

Dalmau lo miró con afecto. La juventud era una extraña enfermedad que sólo los años ayudarían a contener y a encauzar, pero ¡bendita enfermedad!

– Temo por vos -insistió-. En este asunto hay fuerzas perversas y poderosas que no vacilarían ni un momento en quitaros la vida, si ello les fuera de utilidad, debéis creerme fray Pere.

– Dios velará por mi vida, frey Dalmau, y yo correré el riesgo de confiar en él. Creo que os seré más útil si vuelvo al convento de la ciudad y no pierdo de vista a fray Berenguer. Si intentan algo, os avisaré, os tendré informado. Nadie se fijará en mí.

– Procurad que sea así -asintió Dalmau, con resignación-. Que nadie se fije en vos y no olvidéis el riesgo que corréis, tenedlo muy presente. Recordad que más vale reconocer el miedo que ser imprudente, amigo mío, y estad alerta. Si tenéis la más mínima sospecha de que os han descubierto, huid rápidamente y tened en cuenta que nuestra Casa está estrechamente vigilada.

Dalmau acompañó al joven dominico hasta una salida más discreta y alejada, dándole los últimos consejos. Fray Pere de Tever estaba satisfecho de su decisión, por primera vez era consciente de que había elegido por sí mismo, por su propia voluntad y de nadie más. No sabía nada del asunto ni nada quería saber, no le interesaban los asuntos mundanos, pero había hecho suya la bandera de Abraham y que el viejo judío conservara su integridad física era para él una obligación moral, estaba dispuesto a luchar por ello. Se sentía asustado y excitado, la misma sensación que había experimentado en Marsella cuando embarcó por primera vez en su vida. Aspiró con fuerza, una gran paz inundaba su espíritu.

Mateo gimoteaba, tenía una pesadilla atroz en la que alguien se obstinaba en abofetearlo, una y otra vez. No soportaba el dolor físico y su sola mención le provocaba sudores hela dos de pánico. Se despertó gritando, al tiempo que una jarra de agua fría caía sobre su cara.

– ¡Despierta de una vez, clérigo mentiroso y falsario! Santos volvió a abofetearle y se detuvo al ver que parecía despertar de su desvanecimiento.

– ¡Basta, basta. No me peguéis más, no me torturéis! -Cuánta sensibilidad, Mateo, unos simples bofetones convertidos en tortura…, un poco exagerado, ¿no crees?

– ¿Qué queréis de mí? Os diré lo que queráis, pero no me torturéis.

Santos le observaba con sorpresa, aquel hombre estaba realmente asustado y no era por su causa. Santos se preguntó sobre las razones de su miedo.

– Nadie va a matarte ni a torturarte, bufón eclesiástico, solo quiero hablar contigo. Que yo recuerde, las palabras todavía no han asesinado a nadie.

– Tú y yo no tenemos nada de qué hablar, Santos. -Mateo había reconocido a su intruso visitante y parecía recuperado del susto inicial-. Yo, en tu lugar, me preocuparía de los cadáveres que se amontonan en tu taberna. No les va a gustar nada a los alguaciles y es posible que vaya a contarlo.

– ¿Ves como tenemos mucho de qué hablar, Mateo? Por ejemplo, ¿de qué cadáveres me estás hablando?

Mateo se levantó del suelo, buscando la protección de las dos mujeres, refugiadas en un rincón alejado.

– He ido a tu asquerosa taberna para visitar a un cliente, y me he encontrado con tanta sangre, que más parecía matadero que pensión de mala muerte.

– Eso ya lo has repetido, procura ser más explícito, Mateo, -porque mi paciencia es escasa. -Santos hizo un esfuerzo por controlar la irritación que sentía.

– En la habitación de mi cliente había dos hombres muertos y dos vivos, contemplando el espectáculo. Asesino y a-sesi-na-dos. He huido a toda prisa y uno de ellos me ha perseguido con una ballesta en la mano, con muy malas intenciones. Soy un hombre honrado y…

– ¡Ja, ja, no me hagas reír, maldito embustero! Tú no sabes lo que significa la palabra honradez. Pero me interesa el tema de tu cliente, cuéntame qué tratos te llevabas con él.

– No voy a decirte nada -graznó Mateo-. Los asuntos entre mis clientes y yo son secretos, y sólo terminan con la muerte.

Unos golpes en la puerta provocaron un nuevo aullido de Mateo, que corrió a esconderse tras un aparador. Santos abrió la puerta y dejó pasar a Guillem.

– O sea que éste es el palacio de nuestro traductor -dijo el joven a guisa de saludo, con una expresión torva en su mirada.

– Es el hombre que buscabais, señor -le contestó Santos, lanzándole un gesto de advertencia que Guillem entendió.

– ¿Y qué nos cuenta este viejo cerdo de engorde, Santos? -Me temo que no desea hacernos partícipes de sus conocimientos, señor.

– Eso tiene fácil arreglo, Santos -suspiró Guillem, acercándose al clérigo con gesto amenazante. Mateo retrocedió hasta topar con la pared, demudado y lívido.

– ¡No me hagáis daño, señor, yo no sé nada!

– Eso lo decidiremos nosotros, pero te aconsejo que nos ayudes. No me obligues a mancharme con tu sangre.

Mateo reanudó sus gemidos y lamentos, en tanto Santos lo arrastraba hasta el centro de la estancia y lo sentaba, de un empellón, en un pequeño taburete.

– Si no paras de gimotear, te arrancaré la lengua de un manotazo -rugió Santos, consiguiendo un silencio repentino y absoluto.

– Eso está mucho mejor, Mateo -intervino Guillem-. Ahora vas a contarnos tus negocios con D’Aubert y más te vale andar con cuidado; no nos engañes, nuestra poca paciencia es famosa en el mundo entero.

– D'Aubert está muerto. Lo mataron en la taberna de ése -bramó Mateo, señalando a Santos.

Nadie le contestó, los dos hombres tenían la mirada fija en el clérigo que, con ademanes nerviosos y sudando a mares, empezó a hablar.

– Me contrató para la traducción de unos pergaminos antiguos, en griego y en arameo. Le dije que desconocía el arameo, pero que encontraría a alguien de confianza… bueno, con dinero se encuentra todo, ¿no es cierto? Dijo que era muy secreto, que nadie podía enterarse de su existencia. Él pensaba que eran muy importantes.