– ¿Y lo eran? -preguntó Guillem.
– ¡Era un engaño! -chilló Mateo-. Por eso volví a la taberna, para arreglar cuentas con el maldito D'Aubert. Quería ponerme a prueba ¡y está muerto, muerto!
– ¿Un engaño? -Guillem y Santos lanzaron la pregunta al unísono.
– Los pergaminos son auténticos y el texto también, pero el contenido no vale nada, no tiene ninguna importancia.
– Verás, Mateo, es mucho mejor que nos dejes decidir a nosotros. Comprobaremos lo que dices. Trae los pergaminos aquí -ordenó el joven.
Mateo se levantó con desgana, arrastrando los hinchados pies hacia el mismo aparador donde se había refugiado. Rebuscó en uno de los cajones y sacó un envoltorio que entregó a Guillem. Los dos hombres se inclinaron sobre la mesa y extendieron los pergaminos y las notas que Mateo había hecho.
– ¿Estás seguro que son los mismos pergaminos que D'Aubert te entregó? -Guillem todavía estaba inclinado, leyendo con atención, y la pregunta había sido hecha sin ninguna entonación.
– ¡Os lo juro, señor! Me los entregó en mano y como veis es una carta sin importancia. Por ello pensé que el miserable me estaba poniendo a prueba, eso me irritó mucho.
Santos y Guillem hablaban en voz baja, ajenos a la charla compulsiva del clérigo.
– ¿Puedes describir al hombre que te persiguió en la taberna? ¿Y al otro?
– No tuve mucho tiempo, la verdad. El hombre de la ballesta estaba de espaldas a mí, frente al otro, un hombre de mediana edad, estaba riendo como un loco y hablaba en italiano, no parecía importarle que intentaran estrangularle, la verdad. Yo sólo quería huir de allí y no me volví. Había sangre por todas partes. Se trataba de mi vida, caballeros.
Santos lanzó una carcajada ante la última frase de Mateo. -De repente descubres que somos caballeros, viejo infame. ¡Harías lo que fuera para salvar el pellejo, embaucador del demonio!
Guillem dobló cuidadosamente los pergaminos y los guardó en su camisa. Observaba con atención al clérigo y a las dos mujeres. Una de ellas, ya entrada en años, conservaba en los surcos de su rostro la imagen del sufrimiento, una infinita red de lágrimas y resignación. La otra era muy joven y muy hermosa, con un gesto de desafío en la mirada, una tupida cabellera rojiza enmarcando una cara de finas facciones y ojos fieros y oscuros que mantuvieron su mirada sin un parpadeo. Una turbación extraña invadió al joven que se apresuró a retirar la mirada, un poco avergonzado. Santos se acercó a él discretamente y le susurró algo al oído. Guillem asintió con la cabeza y se dirigió hacia el clérigo.
– Estás en peligro muy grave, Mateo. El hombre de la ballesta te buscará y si te encuentra, no va a conformarse con tus explicaciones. Necesita eliminar cualquier rastro que tenga relación con este asunto, por pequeño que sea, y tú mismo has comprobado su especial forma de diálogo. Te aseguro que es un consumado maestro en el arte de la tortura.
– ¡Pero yo no sé nada de nada y…!
– Eso no tiene ninguna importancia para él -le respondió Santos-. Además, sabes demasiado, no te engañes, sabandija con sotana, y eso te coloca con el agua al cuello. Si te encuentra, que seguro que lo hará, tu vida valdrá tanto como esas raídas y sucias ropas que llevas.
– ¿Y qué se supone que debo hacer? Las mujeres no tienen nada que ver con todo esto y no tengo adónde ir y… -Podemos facilitarte un escondite seguro, durante un tiempo, hasta que las cosas se calmen, siempre que obedezcas nuestras órdenes. -Guillem le estudiaba, atento a sus reacciones, sin fiarse de él-. Nuestra protección tiene un precio, Mateo, y se llama obediencia absoluta. ¿Lo entiendes?
– ¡Os juro por lo más sagrado que haré todo lo que digáis!
– ¡Dios bendito, Mateo, tus juramentos valen lo que el estiércol! -saltó Santos-. Coge lo indispensable y preparárate para partir. Además, tengo otra condición: la boca bien cerrada y nada de preguntas.
Mateo asentía con movimientos de cabeza mientras ordenaba a las mujeres que se movieran, que recogieran lo necesario, repitiendo de forma incansable, «deprisa, deprisa, deprisa».
Guillem le pidió papel y pluma y en tanto la tropa de Mateo se afanaba bajo la atenta vigilancia de Santos, se sentó para redactar una nota. Cuando terminó, Mateo y las mujeres estaban junto a la puerta, esperando. Santos se inclinó para leer la nota que Guillem había dejado sobre la mesa y después de leerla con curiosidad, palmeó la espalda del joven con una sonrisa. Tras comprobar que no había peligro en el exterior, los cinco se pusieron en marcha, abandonando la casa a buen paso. Santos encabezaba la comitiva y Guillem se ocupaba de defender la retaguardia. En la mesa de la casa abandonada, una nota esperaba a su destinatario:
D'Arlés, a buen seguro, tarde o temprano encontrarás este agujero, y cuando lo hagas, creo prudente avisarte de que, a pesar de tus esfuerzos, el buen Abraham logró rescatarme de la muerte, esa extraña compañera que tanto deseabas para mí. Las piezas vuelven a estar en el tablero de juego y la partida se reanuda. Como es ya habitual, no voy a desearte suerte.
Bernard Guils
Capítulo X El pergamino
«¿Estáis excomulgado?»
Frey Dalmau se encaminaba con paso rápido hacia las estancias del boticario. Acababa de recibir un aviso urgente de Guillem, le esperaban, pero antes deseaba hablar con Abraham y comunicarle los últimos acontecimientos. Golpeó con suavidad la puerta y entró sin esperar respuesta. El anciano judío se hallaba cómodamente sentado, con mejor aspecto, y el boticario, a su lado, se ocupaba de que tomara sus medicinas.
– ¡Buenos días a los dos! -saludó afectuosamente-. Veo que os encontráis mucho mejor, Abraham. Vuestro aspecto es formidable.
– El milagro es obra de Arnau, lo único que ha hecho estos días ha sido ocuparse de mí, desatendiendo otras obligaciones, frey Dalmau.
– ¿Alguna novedad sobre la muerte de Bernard? -intervino el boticario, sin hacer caso a la palabras de Abraham.
– Por ahora nada, Arnau, pero las cosas se están complicando. -Dalmau tomó asiento cerca de ellos, con un gesto cansado-. Debemos hablar de la seguridad de Abraham, la situación ha empeorado.
– ¿Crees que intentarán alguna cosa aquí, en la Casa? ¡Eso sería una idiotez y no creo que estén tan locos, Dalmau!
– Cálmate, amigo mío, y déjame hablar. Si te he de ser sincero, ya no sé qué pensar. Vino a verme un dominico, un tal Berenguer de Palmerola, con la inaudita excusa de que corrían rumores de que teníamos escondido a un judío en la Casa, a un judío acusado de alta traición, nada menos.
Arnau lanzó una alegre carcajada, aquello rayaba en lo cómico, aunque era posible que todo el mundo se hubiera vuelto loco. Abraham, con gesto preocupado, intervino en la conversación.
– Fray Berenguer de Palmerola era uno de mis compañeros de viaje, Arnau. Ya os he hablado de él, pero ¿de verdad cree que soy un traidor?
– No sólo eso, también que sois un peligroso asesino -respondió Dalmau-. Parece que alguien está manipulando su odio ancestral hacia vuestra raza, Abraham, alguien que le ha comunicado que pretendéis atentar contra la vida del rey de Francia.
El boticario y Arnau estaban perplejos, ambos con la boca abierta y los ojos abiertos como platos.
– Pero ¡quién iba a creerse tamaña insensatez, semejante insulto a la inteligencia! -estalló Arnau, indignado-. ¿Qué significa este disparate?
– Tranquilízate, Arnau. Deja que nuestro buen amigo termine su historia.
– Por lo que he deducido -siguió Dalmau-, el caballero francés que calienta los oídos al viejo fraile y el tripulante de vuestra nave que embarcó en Limassol son la misma persona. Y tiene un nombre: Robert D'Arlés, nuestra evanescente Sombra.
Viendo el creciente asombro de sus compañeros, frey Dalmau pasó a contarles las últimas noticias sin omitir detalle alguno.
– No entiendo qué tiene que ver este dominico en todo este asunto, la verdad, ni tampoco entiendo el interés de D'Arlés en Abraham. -El boticario estaba confundido, no conseguía establecer una relación entre los hechos.
– Es simple, Arnau, la tal Sombra se aprovecha de la ambición del fraile, pero ¿por qué ese interés en mi persona? ¿Qué se supone que desean de mí? -Abraham intentaba poner orden a sus ideas.
– Os diré lo que pienso de todo esto -intervino Dalmau-. Creo que están convencidos de que tenéis en vuestro poder algo que transportaba Bernard Guils, o que vos sabéis dónde encontrarlo. Es la única explicación que encuentro, Abraham. -No sé cómo puedes trabajar en esto, Dalmau, intrigas, conspiraciones, asesinatos, robos…
– Porque alguien tiene que hacerlo, Arnau. -Frey Dalmau parecía molesto.
– Hay algo que no logro comprender, amigos míos. -Abraham interrumpió el enfado del boticario-. Se supone que lo que transportaba Guils fue robado por D'Aubert, ¿no es así?. Entonces, ¿por qué me buscan a mí? ¿Y el traductor de griego que busca Guillem?
– Sí, tenéis razón, Abraham, pero es posible que D'Arlés quiera asegurarse de que no queda nadie con vida que tenga relación con este asunto -respondió Dalmau-. Es posible que todos los pasajeros que viajasteis juntos desde Chipre a Barcelona, os hayáis convertido en testimonios molestos. No estoy seguro de nada, pero hay que extremar las precauciones. Esta mañana, al recibir el anónimo…