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– Ése es un truco muy viejo, Dalmau, una chiquillada -saltó el boticario.

– Lo sé, lo sé, pero no me gusta y mucho menos si D'Arlés está mezclado en todo esto. Quizá sólo sea una maniobra para distraer nuestra atención, caballeros, pero aun así hemos de estar preparados.

– Lamento provocaros tantas molestias. -Abraham estaba abatido, cansado de su reclusión. Su único deseo era volver a su casa, a sus libros y a su laboratorio, a pasear por su barrio y poder hablar con sus viejos amigos de la sinagoga.

– No sois vos quien nos causa inquietud, querido Abraham, nunca os agradeceremos lo suficiente todo lo que hicisteis por Bernard -respondió Dalmau al observar su tristeza.

– ¿Tienes alguna idea? -Arnau estaba nervioso.

– Sólo una, amigo mío. Para empezar, quiero que os trasladéis a mis habitaciones, en la Torre, y ahora mismo. He reforzado la guardia en las puertas y he mandado un informe urgente al comendador, comentándole las maquinaciones de fray Berenguer. No me gustan las amenazas de este fraile, y es posible que convenga que tome un poco de la misma medicina.

– ¿Crees que D’Arlés se atreverá a entrar en la Casa, Dalmau?

– No lo sé, es capaz de todo. Lo único que podemos hacer es tomar todas las precauciones posibles y estar alerta, Arnau. Y ahora he de marcharme, amigos míos, nos veremos más tarde.

Fray Pere de Tever estaba en el Oratorio, detrás de fray Berenguer. Llevaba allí una hora, arrodillado, en actitud recogida, sin perder de vista la amplia espalda de su superior que parecía dar cabezadas, cómodamente sentado en un holgado sillón. El dolor de las rodillas empezaba a molestarlo y cualquier pequeño movimiento provocaba un agudo dolor que le recorría el muslo hasta instalarse en la base de la espalda. Fray Berenguer le había ordenado que permaneciera así, de rodillas, reflexionando sobre la obediencia y la sumisión, cualidades necesarias para convertirse en un buen fraile.

– No sé en qué convento os han enseñado, pero lo han hecho muy mal. Vuestro comportamiento deja mucho que desear, hermano, y una buena ración de disciplina es lo que necesitáis.

Fray Pere había asentido, sin rechistar, a los caprichos educativos del viejo dominico. Le interesaba mostrarse sumiso y obediente, convencerlo de su absoluta falta de personalidad y carácter, y conseguir que ni tan sólo se diera cuenta de su presencia. Un hermano lego se acercó a fray Berenguer y le susurró algo al oído. Éste se levantó pesadamente, con la excitación en el rostro y, dirigiéndose al joven, le espetó:

– Podéis salir un rato al patio, tengo cosas importantes que hacer que necesitan de toda mi atención. Pero a mi vuelta, fray Pere, estaréis de nuevo aquí, en el Oratorio, exactamente igual que ahora. Espero que no os atreváis a desafiar mis órdenes, las consecuencias podrían ser terribles.

– Estaré aquí, hermano Berenguer.

El dominico se alejó mientras fray Pere le contemplaba marchar hacia las obras del templo. Esperó unos minutos, atento a cualquier presencia, y le siguió a una prudencial distancia. Los operarios habían terminado su jornada y una extraña calma flotaba entre vigas y piedras. Las vueltas de los arcos empezaban a perfilarse, encogiendo cada vez más el breve retazo de cielo que podía verse entre ellas. A lo lejos, observó cómo fray Berenguer se encontraba con el caballero francés, muy cerca del ábside poligonal de siete lados. Repentinamente, desaparecieron de su vista tras unas enormes piedras talladas, apiladas con sumo cuidado en el centro del ábside. Se apresuró tras ellos con sigilo, intentando hacer el menor ruido posible y escondiéndose entre el bosque de columnas.

Iba oscureciendo y el joven fraile se movía con precaución, inquieto ante las sombrías siluetas que la construcción arrojaba por doquier. Se persignó varias veces, temblando de miedo, hasta llegar a la pila de piedras en donde había visto desaparecer a los dos hombres. Estuvo a punto de lanzar un grito cuando uno de sus pies resbaló en el vacío, cayendo en la cuenta del boquete que se abría en el suelo. «¡La cripta!», pensó. No se le había ocurrido tenerlo en cuenta. En realidad, temía que los dos hombres hubieran desaparecido en la mismísima boca del infierno, envueltos en vapores de azufre. Era un supersticioso estúpido y cobarde, meditó sentado en el suelo, con el pie todavía colgando al abismo, y el corazón latiendo frenéticamente, provocando un estrépito que a buen seguro se oiría hasta en las cocinas del convento. «¡Dios misericordioso, dame fuerzas para seguir!»

Se asomó a la oscuridad del rectángulo perfecto, comprobando que había unos escalones de piedra. No se oía ni un murmullo, y se deslizó por el agujero hasta encontrar la seguridad del primer escalón. No tenía por qué resultar difícil. Si fray Berenguer se había metido por allí, él podría hacerlo sin ninguna dificultad. Bajó unos escalones más, agachado, siguiendo la inclinación natural del techo del pasadizo y continuó adelante. Llegó a una gran cripta vacía, con una gruesa columna en su centro, como una palmera que extendiera sus hojas a través de la piedra y se fundiera en ella. Era hermoso y tétrico a la vez, como si ambos conceptos se vieran obligados a convivir en aquel reducido espacio. Se detuvo respirando pausadamente, acostumbrando sus ojos al color de las tinieblas. Un destello de luz, a su izquierda, le guió hasta un estrecho pasadizo que salía de la cripta. Avanzó despacio, un murmullo de voces ininteligibles le llegó amortiguado, ayudándole a mantener una dirección concreta, con las manos rozando el muro hasta volver a desembocar en una nueva estancia de la que salían tres aberturas, como tres bocas de lobo abiertas. Se paró de nuevo, observando un sepulcro tallado en mármol que le sobresaltó, pero vio que estaba vacío, sin tapa que lo cubriera, esperando sin prisa a su huésped. Aguzó el oído y siguió a las voces, como Ulises seducido por los cantos de las sirenas, y a cada paso, las palabras adquirían nitidez.

– Pensaba que podía confiar en vos, fray Berenguer.

– Y podéis hacerlo, caballero, sin ninguna duda. Pero confieso que mis esfuerzos no han tenido el resultado esperado. Bien, por lo menos, hasta ahora.¡ Esos arrogantes templarios, malditos mercenarios! Espero que mi pequeña estratagema les obligue a actuar.

– ¿Estáis bromeando, fray Berenguer? ¿Acaso creéis tratar con estúpidos? Creo que sobrestimé vuestra capacidad.

– He cumplido todas vuestras órdenes, caballero, y me he esforzado en complaceros.

– Sí, mi buen amigo, en eso tenéis toda la razón. Debéis disculparme, la sola idea de que pueda ocurrirle algún percance a mi buen rey Luis provoca en mí los peores instintos. Os ruego que me perdonéis, no debí hablaros en este tono. ¿Puedo seguir contando con vuestra ayuda, amigo mío?

– Os comprendo perfectamente, caballero, y no es necesario que os disculpéis. Por supuesto que podéis contar con mi ayuda.

– Bien, eso está muy bien, fray Berenguer. Tendremos que pensar en algo convincente, el tiempo apremia.

Guillem leía los pergaminos de D'Aubert por enésima vez, en tanto Santos le observaba en silencio.

– Esto no tiene sentido -repitió el joven.

– Quizás otros se lo encontrarán, muchacho -respondió de nuevo Santos.

– Es posible que tengas razón. ¿Por qué no me dijiste antes quién eres en realidad? -La pregunta sorprendió a Santos, que lo miraba con asombro-. Estuve siguiendo a un italiano y escuché una interesante conversación, acerca de ti, entre otras cosas. Eran agentes romanos y por lo que decían deduje que sentían un venerable respeto hacia ti, incluso su jefe, al que llamaban Monseñor, pareció impresionado al oír tu nombre. Jacques el Bretón. Estaba muy interesado en que te mataran.

– ¿Tuviste el extraño placer de conocer a Monseñor? No te equivoques, ése no se impresiona por nada ni por nadie. Carece de los mecanismos necesarios para impresionarse. ¿Dónde viste a esa serpiente ponzoñosa?

Guillem le contó su aventura de la noche anterior, siguiendo al italiano llamado Giovanni, y sin poder evitar una sonrisa de triunfo al llegar al final de la historia, le explicó que se había desembarazado de su primer agente papal. Después insistió en la pregunta que no había tenido respuesta.

– ¿Por qué razón no me lo contaste? Bernard siempre te consideró su mejor amigo.

– Era mi mejor amigo, chico, pero tú ya tienes suficientes problemas.

– ¿Vas a matar a D'Arlés? ¿Tú y Dalmau vais a matarlo? -El joven parecía fascinado.

– Debes apartarte de la Sombra, no interferir. -Santos tenía el ceño fruncido, una expresión sombría-. Son viejas cuentas, viejas historias que sólo tienen sentido para dos viejos como Dalmau y yo, no tiene nada que ver contigo ni con este maldito asunto de los pergaminos. Bernard no te querría ver envuelto en este lío, te hubiera mandado a Barberá de una patada en el culo.

– ¿Por qué D'Arlés os traicionó? -El joven insistía. Jacques hizo un gesto de desagrado, el muchacho estaba demasiado inmerso en aquel drama y sería difícil apartarlo. Suspiró con resignación.