A frey Arnau todavía le daba un vuelco al corazón al recordar aquella huida. Sentado, con las manos sosteniendo su cabeza, miraba a aquella pobre criatura postrada en el lecho y ardiendo de fiebre. A pesar de todo, comprendía a Abraham, comprendía su dedicación y responsabilidad. Camposines, en un rincón, abrazaba a su esposa y ambos observaban cómo el médico luchaba por la vida de su pequeña.
La estancia del superior de la orden de Predicadores era de una gran austeridad. Una gran mesa de roble oscuro presidía el lugar, y sus líneas rectas, sin adornos, aportaban un aire claustral y grave al lugar. La silla, alta y de respaldo duro, y una gran cruz de madera sobre el escritorio, eran casi los únicos elementos del mobiliario. Sentado en la silla, un hombre esbelto y enjuto, con escaso cabello, fijaba unos pequeños ojos, muy juntos, en la persona que se sentaba delante de él. A pesar de ello, tenía en sus manos unos papeles que movía con ceremonia, como si estuviera en ambas tareas a la vez.
– Bien, hermano Berenguer…
– Veréis, padre superior, me temo que mi lenguaje al escribir el informe no fuera todo lo correcto que hubiera deseado, pero el ayudante que me facilitasteis no fue de gran ayuda. Es un joven atolondrado y…
– No me interesa vuestro informe. No por ahora -atajó el Superior con voz grave-. En realidad, mi interés se centra en vuestras actividades, fray Berenguer.
– No sé de qué me habláis, padre.
– No disimuléis conmigo, fray Berenguer, hace mucho tiempo que nos conocemos. Ha llegado a mis oídos que habéis lanzado una grave acusación y que incluso os habéis atrevido a proferir amenazas.
Fray Berenguer quedó en silencio, mudo ante las palabras de su superior. Aquel maldito y arrogante templario intentaba crearle problemas, ponerle en evidencia, no se había impresionado por sus amistades y ahora tendría que dar explicaciones.
– Es un asunto muy delicado. En realidad, quería hablar con vos para pedir vuestro consejo -empezó a hablar con cautela.
– Mentir es un hábito que no habéis perdido, hermano Berenguer. Habéis tomado decisiones llevado únicamente por vuestro orgullo, sin consultar a nadie, poniendo a nuestra orden en un grave aprieto.
– ¡Eso es falso! -chilló fray Berenguer sin poder contenerse. Su humildad había desaparecido por completo-. Vos os creéis las mentiras de un hombre impío, que sólo busca ensuciar mi buen nombre. Ese templario arrogante que incluso llegó a amenazarme.
– ¿De quién me estáis hablando, hermano Berenguer?
– Lo sabéis muy bien, padre, del hombre que se encarga de los negocios del Temple, del tesorero.
– ¿Os referís al hermano Dalmau? ¿De qué le conocéis? Mis referencias de él son excelentes, nos ha asesorado en varios litigios acerca de nuestras propiedades. ¿Qué tiene él que ver con el asunto que nos ocupa, hermano Berenguer?
La estupefacción se pintó en las facciones del fraile. Sólo Dalmau estaba al tanto de sus actividades en favor del caballero francés. ¿De qué demonios le estaba hablando su superior?
– Os entregué a fray Pere de Tever para que cuidarais de él, hermano Berenguer, en lo espiritual y en lo temporal, y ¿qué me encuentro? Este joven está en la enfermería; no sólo se ha caído, lastimándose gravemente el pie, sino que el hermano enfermero ha observado también graves daños en las rodillas. Interrogado por mí, y muy a su pesar, me ha dicho que le habéis obligado a estar arrodillado durante un tiempo ilimitado, como castigo. Y eso no es lo peor, hermano, cuando le habéis encontrado, caído en el suelo y medio desvanecido, no sólo no le habéis ayudado, sino que le habéis amenazado con la expulsión de nuestra orden, acusándolo de mentir y fingir. ¿Qué tenéis que decir a eso, hermano Berenguer?
– Ese joven, y lamento decíroslo, no ha hecho otra cosa que desobedecer y crear problemas desde el primer día, padre. Y sí, mi experiencia me decía que estaba fingiendo. Es un mentiroso y un embaucador. -Fray Berenguer intentaba disimular la sorpresa. Por un momento había creído que su superior le estaba amonestando por sus relaciones con el francés, pero se trataba únicamente de aquel infeliz que le hacía la vida imposible-. Además, no quería ponerlo en vuestro conocimiento, pero ese joven desapareció desde el día de nuestra llegada y…
– Nadie desapareció, hermano Berenguer, fray Pere fue requerido por nuestro bibliotecario. Sus conocimientos exceden su juventud y nos ha sido de gran ayuda. Y sus referencias son notables, nadie nunca se ha quejado de su carácter, excepto vos. No os pido vuestra opinión, hermano; me temo que en este convento, todo el mundo ya se la imagina. En realidad, os manifiesto mi completo desacuerdo en cómo tratáis a fray Pere, parecéis creer que es vuestro criado y os equivocáis. Por lo tanto, a partir de ahora, no creo que necesitéis ningún ayudante. Desde que habéis llegado, vuestro trabajo es inexistente, y no habéis vuelto a vuestra labor en la biblioteca. ¿Puedo saber el motivo, fray Berenguer?
– Tenía que daros mi informe, padre, poneros al corriente de mi viaje y de mis experiencias, esperaba que…
– Ya me escribisteis un larguísimo informe, fray Berenguer, que por cierto, llegó antes que vos. Una vez leído, creí que ya habíais expresado todo cuanto queríais decir. Dudo que pudierais añadir algo interesante. No veo razón para que no volváis a vuestro trabajo. Y ahora, podéis retiraros, no tengo nada más que deciros.
Fray Berenguer se levantó con el rostro congestionado por la rabia. A duras penas consiguió controlarse. Cuando se dirigía hacia la puerta, la voz de su superior le detuvo.
– Por cierto, ¿qué tiene que ver frey Dalmau o la Casa del Temple, en lo que nos ocupa? -La pregunta paralizó a fray Berenguer junto a la puerta, su mente bullía de actividad en busca de la respuesta adecuada.
– Veréis, padre, como habéis dicho, me conocéis bien. Es por culpa de mi carácter. Tropecé con frey Dalmau esta mañana, en la calle, y la cólera me cegó. No fui cortés con él, me enfadé y… Creí que habían presentado una queja por mi conducta. Lo siento, padre. En cuanto le vea pediré disculpas. Si no queréis nada más, iré a los rezos.
El superior le observó detenidamente, con desconfianza, haciéndole un gesto de despedida. Sin embargo, se quedó pensativo, la reacción de fray Berenguer contra el templario había sido desmesurada, y la excusa era irrisoria. También estaba la extraña visita que había recibido. «Extraña», así la había definido el hermano portero. Temía que Berenguer volviera a crear problemas. ¿Qué estaría tramando ahora? Porque de eso estaba seguro, le conocía lo suficiente para saber que tanta humildad sólo escondía algún manejo turbio.
Llamó de nuevo a la puerta y empezó a preocuparse: tenían órdenes estrictas de no salir de casa. Probó el pomo de la puerta y se sorprendió de que girara con suavidad: también tenían órdenes de cerrar con los dos pestillos. Entró con precaución. La joven del pelo rojo estaba en el suelo, abrazada a su madre que parecía inconsciente, meciéndola de lado a lado, como en una olvidada ceremonia pagana, susurrando una melodía casi ininteligible.
Guillem se detuvo, en silencio, contemplando la escena. El clérigo había desaparecido, no había rastro ni de él ni de sus pertenencias. Se acercó lentamente a la joven y se inclinó, intentando encontrar un signo de vida en el cuerpo de la mujer yacente, aunque el color de su rostro dejaba adivinar que la muerte ya hacía unas horas que la había visitado. Se sentó en un rincón, sin dejar de mirar a la joven que parecía ajena a su presencia, como si estuviera en un mundo tan lejano como su madre. ¡El maldito bastardo de Mateo había huido y las había abandonado a su suerte! Hubiera tenido que pensar en aquella posibilidad, hacer caso a las sabias palabras de Santos. «Será difícil tener atado a ese hijo de mala madre», le había dicho. Aún le costaba trabajo pensar en él como Jacques: Santos era un buen nombre. Se centró en la resolución de este nuevo problema. ¿Valía la pena perder el tiempo buscando a Mateo? En realidad, él mismo había firmado su sentencia de muerte, la Sombra no dejaría un cabo suelto como aquél, no era su estilo. Pero ¿qué iba a hacer con la muchacha? Quizás D'Arlés no se contentara con el clérigo y estuviera dispuesto a acabar con sus mujeres, por si acaso. ¿Debía abandonar a la chica a su suerte? La estudió con atención, era una muchacha muy hermosa, tras aquellos harapos informes se adivinaba un cuerpo joven, de formas armónicas y redondeadas. Sacudió la cabeza con fuerza. Bernard siempre había sido muy confuso a este respecto. Recordó a la bella dama de Tolosa, las escapadas de Bernard cuando creía que estaba dormido, su negativa a hablar del tema. «Son cosas muy complejas, Guillem, tú eres un crío y debes dejar de preguntar, ya hablaremos cuando tengas pelos en la cara, bribón, ahora tienes otras cosas en qué pensar.» Pero ni siquiera cuando el vello apuntaba en su barbilla quiso entrar en polémicas, a pesar de que seguía con sus escapadas, de dos o tres días, en que a Bernard se lo tragaba la tierra, aunque Guillem estaba seguro de que estaba en Tolosa. En realidad, más que excitación, Guillem había sentido curiosidad, sabía que su orden prohibía incluso besar a la madre o a la hermana y que la Regla era muy estricta en este tema, pero también había visto muchas cosas y no se atrevía a juzgar el comportamiento ajeno. Como le había enseñado Bernard, creía que era mejor observar que criticar, mucho más saludable para el cuerpo y la mente y también para el alma.