Jacques entró en la estancia seguido por su nervioso compañero y se inclinó sobre el cuerpo de la mujer, la vieja compañera de Mateo.
– ¡Santo Cielo, Dios nos proteja! ¿Qué es esto? ¿Dónde están los demás, y Guillem?
El Bretón no respondió a ninguna de sus preguntas. Registró cuidadosamente el resto de la casa, palmo a palmo. Al acabar, su gesto expresaba gravedad.
– Sólo nos faltaba esto. Esta mujer está muerta, Dalmau, calculo que debe hacer un par de horas. Y encima, Abraham y Arnau desaparecidos. ¡Vaya panorama! Pero ¿dónde está el chico?
Dos sonoros golpes en la puerta sobresaltaron a los dos hombres. Jacques indicó a su compañero que guardara silencio y se acercó con sigilo a la puerta, entreabriéndola unos centímetros sin apartar la mano de la empuñadura de su espada. Un hombre entrado en años esperaba en el dintel, con el puño en alto, dispuesto a seguir golpeando la puerta hasta el día del juicio final.
– ¡Por todos los…! ¿De dónde sales tú?
– Del infierno, Jacques, del abismo de Lucifer. ¿Qué ocurre, ya me dabas por muerto y enterrado? -El hombre entró, apartando a un lado al Bretón, inmóvil por la sorpresa-. ¿Qué hay, Dalmau?
– ¡Por los clavos de Cristo! ¿Eres tú, Mauro? ¡Te suponía muerto hace años! -exclamó igual de asombrado Dalmau.
– Siento decepcionaros, muchachos, pero Bernard me mantiene vivo, durmiendo a temporadas, pero vivo. Vengo a encargarme del cadáver y a entregaros un mensaje de Guillem de Montclar.
– Bernard ha muerto, Mauro. ¿No te has enterado? -Dalmau estaba intranquilo.
– ¡Bah! Vivo o muerto…, ¿qué diferencia hay? Yo sólo cumplo sus órdenes. -El viejo les miraba con una sonrisa cómplice.
– ¿Dónde está Guillem? ¿Qué mensaje traes? -Jacques estaba impaciente, conocía las tendencias filosóficas de Mauro.
– No tengo la menor idea de dónde se encuentra, pero me ha ordenado que os transmita que está bien, que no debéis preocuparos por él. Dice que tiene una nueva pista de los pergaminos y que va a seguirla, que os dediquéis a liquidar vuestras viejas cuentas con toda tranquilidad, que no tiene tiempo de interferir en vuestros asuntos aunque le agradaría hacerlo, a pesar de vuestra opinión. Se pondrá en contacto con vosotros cuando pueda. Fin del mensaje. -Mauro había recitado sus palabras de un tirón, con los ojos cerrados para no olvidar ni una sola sílaba.
– ¿Y qué nueva pista es ésa? -inquirió Dalmau.
– Pasan los años y tú sigues como siempre, Dalmau -respondió Mauro con una mirada irónica-. He dicho fin del mensaje, porque nada más me ha dicho. Sólo me encargo del transporte de cadáveres y mensajes, no intento descifrar ni lo uno ni lo otro. Ése es vuestro trabajo, no el mío. Aunque, en realidad, Guillem ha añadido otra cosa, dice que puedo echaros una mano en lo que gustéis, que no es bueno que Bernard me tenga dormido tanto tiempo y que necesito un poco de ejercicio, y…
– Bernard está muerto, Mauro -insistió Dalmau, visiblemente nervioso.
– Y la muchacha, ¿dónde está? -interrumpió Jacques.
– Me satisface ver que también estáis en baja forma, chicos -suspiró el viejo Mauro-. Eso, o es que los años han aumentado vuestra sordera. Por más que preguntes, Jacques, no tengo respuestas en mis alforjas.
Mauro abrió la puerta y dejó entrar a dos hombres jóvenes. Dalmau y Jacques se apartaron, permitiendo que los dos recién llegados se hicieran cargo del cuerpo de la pobre mujer. Cuidadosamente, la envolvieron en una sábana de lino, la cargaron a sus espaldas y salieron tan silenciosamente como habían entrado.
– ¿Qué vas a hacer con ella, Mauro? -preguntó Dalmau con curiosidad.
– ¡Por fin tengo una respuesta para ti! Vamos a enterrarla, lo que se acostumbra a hacer con los muertos. Decentemente, por supuesto, nada de agujeros anónimos. Eso lo dejó muy claro Guillem. Una sepultura digna para una vida de sufrimiento, es lo justo, caballeros. Bien, si me necesitáis dejad un aviso en el molino del Temple de Sant Pere de les Puelles. Ellos me avisarán.
Mauro soltó una carcajada al ver las caras llenas de perplejidad de sus compañeros, pero no añadió nada más. Con un saludo de cabeza salió de la habitación.
– Hubiera jurado que estaba muerto -susurró Dalmau. -Que yo recuerde, no es la primera vez que resucita de forma tan dramática. Es uno de los perros fieles de Bernard, y no te olvides que siempre bromeaba acerca de su inmortalidad, creo que le gusta sorprendernos con sus apariciones.
– Tendremos que cambiar los planes, Jacques. La ausencia de Guillem nos complica las cosas.¡ Todo el mundo ha decidido desaparecer! ¡Es inadmisible!
– No te precipites, compañero -contestó Jacques, riendo ante el enfado de Dalmau-. Quizá sea lo mejor, hemos intentado apartar al chico de todo esto, ahora no podemos volvernos atrás.
– Tienes razón, pero el asunto del pergamino y de D'Arlés se han mezclado hasta tal punto, que ya no sé dónde empieza uno y acaba el otro.
– Por eso es mucho mejor que el chico se haya apartado del camino, Dalmau. Ese maldito pergamino nos ha apartado del nuestro y nos está confundiendo. Los datos se cruzan y se entremezclan sin orden ni concierto, eso nos ha despistado desde el principio.
– Quizá tengas razón, no lo sé… -Dalmau estaba dubitativo.
– Dalmau, tienes que escoger. Tu fidelidad a la orden está en encontrar los malditos documentos, y tu juramento te obliga a dar caza a D'Arlés. No debes confundir ambas cosas, aunque en tu interior así lo desees.
Dalmau meditaba con expresión abatida. Siempre había creído que lo tenía claro, lo había expuesto ante sus superiores con exactitud. Saldar cuentas había sido lo prioritario, si se presentaba la posibilidad. Y ahora la tenía y sin embargo, dudaba. Jacques pareció entender el ánimo de su amigo.
– Dalmau, déjalo ahora, no tiene importancia, han pasado muchos años, es lógico cambiar de opinión.
– ¡Tú no has cambiado! -cortó Dalmau-. Sientes lo mismo que aquella noche. Bernard también sentiría lo mismo si estuviera vivo.
– No puedes tener la seguridad de que así fuera -le contestó Jacques con suavidad, en voz baja.
– Debo seguir, lo sabes. Acaso sólo sea temor, miedo a ser demasiado viejo para esto, Jacques, a no poder soportar un nuevo fracaso y que D'Arlés vuelva a huir… Mis piernas ya no son tan veloces, amigo mío, el dolor ha sustituido a la rapidez. Es miedo, Jacques. Simple y llanamente miedo, nada más.
– Entonces estamos en igualdad de condiciones, Dalmau. -El Bretón se había acercado a él, rodeándolo con un abrazo-. Dos viejos gruñones asustados planeando cosas perversas. Pero no debemos preocuparnos, no ahora que el inmortal Mauro se ha incorporado a nuestro pequeño ejército.
Dalmau le observó con seriedad, para estallar en carcajadas unos segundos después. Jacques no tardó en seguirle, el humor les ayudaba a ahuyentar los temores que cargaban sobre sus hombros.
– ¡Por todos los diablos del Averno, Jacques, qué situación más ridícula! Tantas cicatrices para llegar a depender del viejo Mauro y su colección de espectros. ¿Te has fijado en que sigue hablando de Bernard en presente? -Dalmau se secaba las lágrimas, todavía riendo, pero de golpe volvió a la seriedad, como si una ráfaga de preocupación le hubiera envuelto-. De todas formas, tendremos que idear otro plan, sin el chico.
– Olvídate de Guillem. Nuestro plan es genial, sólo habrá que modificarlo un poco.
– ¡Un poco! ¡Te has vuelto loco! -saltó Dalmau-. Todo el plan descansaba en la actuación de Guillem. No tenemos tiempo de encontrar a otro que se preste a esta locura y no podemos dar muchas explicaciones, la verdad.
– Cálmate y piensa. No necesitamos dar explicaciones a nadie, porque no necesitamos a nadie, ¿entiendes? -Jacques le observaba con atención, calibrando su peso y su estatura, dan do vueltas a su alrededor y asintiendo con la cabeza. Dalmau empezó a intuir las intenciones de su amigo.
– ¡Por todos los santos! ¡No! No va a funcionar, Jacques.
Monseñor estaba agitado, su elegante sotana, realizada con la mejor seda, revoloteaba de un lado a otro al compás de sus nerviosos pasos. Sus guantes negros reposaban sobre la mesa, y Giovanni no podía apartar la vista de sus manos: habían sido unas hermosas manos exhibidas con orgullo, pero habían dejado de serlo hacía ya mucho tiempo. Observó las deformadas extremidades, de un color rojizo, como las garras de algún animal del inframundo. Se hacía extraño contemplar a Monseñor sin sus guantes, casi nadie tenía esa oportunidad. Giovanni desconocía las circunstancias exactas en que había tenido lugar el accidente, pero sabía que D'Arlés había tenido mucho que ver en ello. Sólo podía recordar los gritos de Monseñor cuando entró en la habitación. Estaba en llamas, como una tea danzante, intentando apagar el fuego que consumía sus ropas, aullando el nombre de D'Arlés como un poseso. El hábito cubría la memoria del fuego, pero sus manos… Sólo los guantes ocultaban aquella pesadilla. Monseñor había descubierto el doble juego de D'Arlés y ese descubrimiento siempre era peligroso. De repente, Giovanni fue despertado de su ensueño.
– ¿Y qué tiene que ver ese tal Berenguer de Palmerola con lo que nos ocupa? ¿De dónde sale este estúpido ahora, Giovanni?
– D'Arlés y él se han visto en varias ocasiones, Monseñor. Por mis averiguaciones, intenta utilizar al fraile contra vos.