– Bien, compañero, tengo hambre y comeré. Mi cabeza y mi estómago estarán en perfectas condiciones cuando abra la carta. Nada turbará mi atención.
– Se pondrá bien, mi querido amigo. Crecerá sana y fuerte, no debéis preocuparos. -Abraham consolaba a un emocionado Camposines, con los ojos enrojecidos por el llanto, manteniendo su mano entre las suyas.
El anciano médico estaba satisfecho de su decisión. En esta ocasión sus conocimientos eran útiles y aquella dulce criatura se salvaría de la muerte. Contempló divertido a su amigo Arnau que se había quedado dormido en la silla, tieso como un palo de escoba, con la cabeza caída hacia atrás en una postura imposible. Su cuerpo sufría regulares sacudidas al compás de sus sonoros ronquidos. Abraham lo señaló con un gesto y junto a Camposines, rieron por lo bajo, casi en silencio, para no turbar el sueño de la pequeña ni del viejo guerrero. Elvira, la mujer del comerciante, se había retirado a dormir, exhausta por las emociones. Todos necesitaban descansar, la jornada había sido interminable y el cansancio se acentuaba en sus facciones. Abraham tocó levemente al boticario, que se levantó de golpe, con la mano en la espada.
– Cálmate, Arnau, no hay peligro. Siento haberte despertado, pero estabas en una postura insana y mañana no hubieras podido dar ni dos pasos.
– ¿Dormido, qué dices? Sólo estaba pensando. ¿Cómo está la pequeña? -Arnau mantenía los ojos fijos, como si saliera del sueño de los justos.
– Se pondrá bien, amigo mío, nuestros esfuerzos han encontrado la recompensa.
– No podemos seguir aquí, Abraham, temo por tu vida. -El boticario seguía empecinado en la seguridad de su amigo. -Está bien, Arnau, ahora tienes toda la razón. He hablado con Camposines y le he recomendado a un colega mío. Acabo de escribir una carta de presentación, dándole instrucciones.
El peligro ya ha pasado, pero hay que tomar muchas precauciones
con esta bella muchachita. Estará aquí mañana, a primera hora, le he mandado aviso y me ha respondido afirmativamente. Ahora podemos pensar en nosotros.
– ¡Por fin! -exclamó el boticario-. Perdóname, Abraham, no es que la salud de esta chiquilla no me importe, pero estoy preocupado. Me alegro de que la hayas salvado, me alegro por ella y por ti, pero, como dices bien, es tiempo de pensar en nosotros.
– A partir de ahora, me pongo en tus manos, Arnau. ¿Qué debemos hacer?
– Partiremos mañana por la mañana, en cuanto llegue tu colega. Mientras tanto hablaré con Camposines, vamos a necesitar un par de caballos y un asno, provisiones, mantas…
– ¿Nos vamos de viaje? ¿No vamos a volver a la Casa, amigo mío? -preguntó Abraham sorprendido. La insistencia del boticario en su seguridad le había hecho pensar que volverían a la Casa del Temple de la ciudad.
– No volveremos, Abraham. He estado pensando y creo que ya es hora de buscar un refugio seguro para «tu amigo de Palestina». De esta manera también pondremos distancia entre la Sombra y nosotros. Es mucho mejor, aprovechar el momento y alejarnos de la ciudad.
– Ya sabes que confío en ti, Arnau, como si fueras mi propio hermano. Tú eres el estratega y sabes lo que nos conviene. ¿Ya sabes adónde ir?
– Tengo una idea, creo que debemos ir al norte, hacia la encomienda del MasDeu. Allí tengo a un buen amigo mío que podrá aconsejarnos… ya sabes… ¿Crees que estarás en condiciones de viajar?
– Estoy mucho mejor, no te preocupes -respondió Abraham con una sonrisa cómplice-. Y siempre estarás tú para perseguirme con las medicinas, amigo mío. Sí, creo que estoy preparado. Mi promesa a Nahmánides me da fuerzas para seguir adelante, incluso me siento más joven. Pero ahora necesitamos descansar, Arnau, o mañana no llegaremos muy lejos.
Guillem repasó el plato con un gran trozo de pan tierno, había comido un excelente estofado de cordero con verduras y se sentía en plena forma. No consiguió que la muchacha comiera nada y la dejó dormir, sin insistir. Colocó el candil en el alféizar de la ventana medio abierta. El aire frío le ayudaba a pensar, y sacó la carta. Desdobló el papel y lo alisó, la letra era de Bernard.
Querido muchacho:
Si estás leyendo esta carta, significará que mi viaje al otro mundo ya se ha iniciado, y espero que hayas tenido un instante para desearme suerte. He ordenado a Abdelkader que te entregue esta carta si las cosas se tuercen, es una persona de toda mi confianza y un buen amigo, no debes sospechar de él, aunque a buen seguro ya lo has hecho. Me imagino que en estos momentos estarás metido en un buen lío y que ya habrán descubierto la falsedad de los pergaminos que llevaba encima. Te confesaré que sólo de pensarlo me entran ganas de reír, me imagino a Dalmau y a Jacques, a los que inevitablemente habrás conocido, preparando de nuevo los planes de nuestra particular guerra con la Sombra, aunque también me entristece no estar a su lado. Sin embargo, como soy un espectro primerizo, no estoy seguro de no poder actuar junto a ellos. ¿Quién sabe? Tú debes apartarte de la Sombra, no ir a su encuentro, tengo otros planes más interesantes para ti.
D'Arlés, el maldito bastardo francés, ha sido una de las piezas que me ha obligado a retocar mis planes, pero, como habrás comprobado, he conseguido atraerlo hacia Barcelona, tal como tenía previsto, para facilitarles el trabajo a mis compañeros. Ésa era mi parte. Este detalle es importante, siendo ésta mi última misión, no podía evitar la fascinación que sentía por la casualidad (¿casualidad?) de que D'Arlés estuviera implicado en todo esto, como si algún elemento mágico me recordara el juramento que hice en medio de un desierto, junto a dos buenos amigos. Comprendí que se me daba la posibilidad extraordinaria de cerrar el círculo y que no podía desaprovechar la situación.
Dos días antes de que me entregaran los pergaminos, detecté la presencia de D'Arlés y sus hombres a mi alrededor, y fue entonces cuando empecé a preparar mi plan, no sólo para proteger los documentos, sino también para tender la trampa a la Sombra. Quien me entregó los documentos me dio instrucciones muy precisas, las suficientes como para no cumplir ninguna de ellas, como puedes suponer. Mis superiores conocen mi inclinación a obedecer desobedeciendo. Durante tres días, al tiempo que desaparecía para el Temple, me hacía visible para los hombres de D'Arlés, viajando de un lado para otro, hablando con cientos de personas de todo tipo, entregando multitud de paquetes parecidos al que llevaba. En una palabra, creo que conseguí volverlos completamente locos. Finalmente, desaparecí para ambos bandos durante doce horas (doce horas completamente organizadas) hasta el día que embarqué en Limassol. Aquí, en este hermoso puerto chipriota desde donde te escribo, ya se ha cometido otro asesinato: uno de los tripulantes de la embarcación en la que viajaré ha sido encontrado muerto. Ha sido un aviso que me hace temer lo peor, pero lo que debe ser protegido ya está en lugar seguro, gente anónima y de toda confianza está en ello. Esta carta es el último eslabón que queda para que el círculo inicie su giro en la dirección adecuada. Todo está previsto y ni tan sólo el factor humano podrá detenerlo. El círculo se cerrará a tiempo, a pesar de que muy probablemente lo hará conmigo en su interior. Tendrás que aceptar que es una bella forma de morir.
Y ahora, presta toda tu atención. Debes ir al Santuario Madre, encontrar la tumba que un día te mostré y orar ante ella. He leído los pergaminos, desde luego, no dudo que ellos sabían que lo haría, y siempre, extrañamente, han confiado en mí. Sé por qué lo hacen, y es posible que algún día tú también lo descubras. Bien, muchacho, tendrás que tomar tu propia decisión. Ellos querrán que ocupes mi lugar, para ello te he preparado durante estos cinco años. Pero debes pensarlo con detenimiento, no permitas que te presionen ni fuercen tu voluntad, debes escoger libremente, como yo mismo, como Dalmau, como Jacques. Es tu elección.
En cuanto a los pergaminos, siento curiosidad ante lo que vas a hacer, pero confío plenamente en ti, sea cual sea tu decisión. De todas formas, la Cruz te llevará a la Verdad. Eres el único en el mundo que sabe dónde se encuentran, y en cierto sentido te pertenecen, hay una «legitimidad» especial acerca de lo que decidas hacer con ellos. Tienes una opción, un camino para el que necesitarás ayuda, y he previsto que la encuentres en el momento adecuado. Mauro sabrá qué se debe hacer, el resto será cosa tuya. Sé que estarás maldiciendo tanto misterio, tantas opciones, ¿tanta responsabilidad? Debes entender que es la última parte de tu aprendizaje. Una vez finalizada, estarás preparado. Has sido mi mejor alumno y puedes hacerlo. En cuanto al misterio, siendo necesario, no puedo negarte mi fascinación por él después de tantos años en este trabajo, me ha divertido. Es mi único consejo, Guillem: no dejes de divertirte con lo que haces. Cuando todo desaparece, una fina ironía y la predisposición a reír ayuda a sobrellevar este valle de lágrimas.