El tiempo apremia, han encontrado un nuevo tripulante y han avisado del embarque. Ocurra lo que ocurra, no debes preocuparte por mí, casi todo está planificado, y lo que no lo está no tiene mayor importancia, créeme. Cuídate, chico, y abraza de mi parte al Bretón y a Dalmau. Esos dos viejos se lo van a pasar muy bien.
¿He de decirte qué debes hacer con esta carta? Sólo necesitas la memoria, sabes que siempre estaré ahí.
Bernard Guils
Las lágrimas aparecían de nuevo en el rostro del joven. El eco familiar de las palabras de Bernard resonaba en sus oídos y, al tiempo, le recordaban su estrenada soledad. La idea de no ver nunca más a Bernard, sus gritos, sus carcajadas, sus abrazos. No era capaz de imaginar la vida sin él. «¿Cómo se supone que voy a divertirme, Guils? ¿Cómo tomar decisiones sin tu consejo ni ayuda?» Releyó de nuevo la carta, como si quisiera entrar en ella, confundirse con el papel y la elegante caligrafía. «¿He de decirte qué debes hacer con esta carta?» «Desde luego que sí, Bernard. Sabes que hay que recordármelo, como si conocieras de antemano mi estado de ánimo, mi necesidad de aferrarme al papel como si fuera un sustituto.» «Ya no puedes contar conmigo, Guillem, soy sólo parte de tu memoria, debes andar tu camino -le susurraba Bernard en voz baja-. Quema la carta, muchacho, debes quemarla.»
Acercó la carta a la luz del candil, la mano temblorosa y vacilante. Ya sabía lo que tenía que saber y vio cómo el fuego prendía en una de sus esquinas, extendiéndose hacia los lados -«has sido el mejor alumno»- ennegreciendo el centro que se tornó de un color pardusco -«cuídate, chico»-. Soltó el papel a tiempo de que las llamas no rozaran sus dedos y se quedó abstraído, con la mirada en el suelo, en los fragmentos carbonizados y ligeros. Tenía la horrible sensación de haber prendido fuego en la pira de Bernard. «Sólo soy parte de tu memoria.» Era un escaso espacio, pensó el joven. Ignoraba que los años lo ampliarían y que llegaría un momento de su vida en que la memoria ocuparía, por derecho propio, un territorio inabarcable.
Un ligero sonido le sobresaltó y le sacó de su ensimismamiento, la puerta estaba entornada, y la brisa la hacía mecerse levemente. La muchacha había desaparecido del lecho. Se levantó de un salto, corriendo hacia el pasillo que daba a las habitaciones, pero no vio a nadie. Un crujido en las escaleras superiores le indicó el camino, y las subió hasta llegar a una pequeña azotea. Allí, subida sobre una frágil baranda, estaba la muchacha, con los brazos abiertos, iluminada por la intensa luz de la luna. Guillem se quedó paralizado, inmóvil ante la imagen.
– Timbors, mi nombre es Timbors. -La muchacha hablaba por primera vez, su voz tranquila, serena.
– No lo hagáis, Timbors. -Guillem intentaba no gritar.
– Timbors, mi nombre es Timbors -repetía la joven. Guillem se acercó con sigilo, no deseaba asustarla.
– Si lo hacéis, Mateo habrá ganado, toda la gentuza como él habrá ganado. Venid hacia mí, Timbors, bajad, todo ha pasado, ya no corréis peligro.
La joven se volvió hacia él, su cabellera rojiza brillando como si finos hilos de plata recorrieran su cabeza. Parecía una diosa extraña, una deidad pagana de la Madre Tierra, aparecida para amenazar a los hombres por su crueldad. Guillem, fascinado, le tendió una mano, casi podía tocarla. La joven permaneció inmóvil, mirándolo fijamente.
No supieron nunca el tiempo que transcurrió, Guillem con la mano extendida, ella inmóvil sobre el frágil espacio, el silencio como única compañía. Finalmente, la muchacha extendió su mano, él la asió con suavidad. Timbors bajó de su pedestal y se abrazó a él con fuerza. Guillem sintió el cuerpo joven y apenado de Timbors, su sufrimiento y soledad fundidos en su pecho, como si las fuerzas de la naturaleza hubieran estallado en su interior y le mostraran un nuevo camino. La cogió en brazos y la llevó a la habitación. Sus cuerpos se unieron sin una palabra, como si fueran seres antiguos reencontrados en cientos de vidas anteriores, conociendo cada recoveco de sus cuerpos, cada escondite de sus almas, sin lugar para mentiras ni traiciones. Ambos reconocían en sus cuerpos una patria olvidada y añorada, los inmensos desiertos de su interior convergían en un bosque profundo y familiar, ambos volvían a casa.
La noticia le dejó sobrecogido, inmerso en una especie de temor sobrenatural. Finalmente, el rumor se había confirmado, y varios de sus hombres juraban que habían visto a Guils en persona. Al principio, se había negado a creer en tales habladurías, pensaba que se trataría de simples supersticiones de ignorantes… A1 fin y al cabo, su propia fama se la debía al rumor que había sabido distribuir sabiamente: la Sombra era un nombre que imponía temor. Después las noticias adquirieron la solidez de testimonios fiables, pero a pesar de todo, la duda seguía instalada en la mente de Robert d'Arlés. ¿Era aquello posible? No podía serlo, de ninguna manera, él sabía mejor que nadie que la dosis ponzoñosa administrada a Guils podía matar a diez personas sin vacilación. Pero ¿y si Guils, al encontrarse mal, había vomitado y había logrado expulsar gran parte del veneno? Eso sería posible, desde luego, y mucho más con un médico de la categoría de Abraham Bar Hiyya a su lado. ¡Posible, desde luego, pero el veneno utilizado jamás le había fallado!
Tenía que pensar con rapidez, de lo contrario el estúpido de Giovanni iba a tener razón, se estaba quedando en desventaja. Sin embargo, carecía de libertad de movimientos y no estaba acostumbrado, no podía arriesgarse por las calles con el Bretón y Dalmau rondando como lobos hambrientos, y quizá Guils. ¡Guils, Guils, Guils! ¡Dios Santo, cuánto había amado a aquel hombre! Todavía no podía evitar el recuerdo de su desprecio y la hostilidad con que recibió su confesión de afecto, la repugnancia con que lo rechazó y sus continuadas tretas para alejarlo de él, sus intentos para expulsarlo de aquel cuerpo de élite formado en Tierra Santa. Pero lo había pagado caro, él y sus malditos compañeros, siempre unidos en aquella extraña cofradía de la que él nunca fue parte: «¡ Malditos hijos de Satanás! -pensó D'Arlés-. Por lo que a mí respecta, pueden pudrirse en el infierno».
D'Arlés estaba en una elegante habitación, rodeado de una hermosa biblioteca de fina madera de castaño, pulida hasta brillar como si fuera un metal precioso. En su escritorio se amontonaban las cartas que no había contestado desde hacía días. El de Anjou estaba inquieto y nervioso ante sus continuados fracasos y quería resultados inmediatos. Aquel maldito arrogante creía estar en una banal cacería de zorros. «¡Que los perros hagan su trabajo! Pero los perros están hartos -pensó D'Arlés-, que venga él mismo a husmear y a buscar sus malditos pergaminos.» Nunca pensó que el juego iba a complicarse tanto, que pudiera encontrarse en aquella situación de extrema debilidad, sin la victoria al alcance de la mano. Nunca antes le había ocurrido y le costaba aceptar las dificultades. Debía encontrar una salida.
Apartó los papeles de la mesa de un manotazo, empujando la silla de un puntapié y dejando caer los puños con fuerza encima del escritorio. La rabia de la impotencia le estallaba en el cerebro, era un dolor agudo al que no estaba habituado y que no podía soportar. Resbaló, dejándose caer, hasta que sus rodillas tocaron el suelo, con los ojos fuertemente cerrados. Vio a Guils bebiendo el agua que se le ofrecía, el destello del reconocimiento en sus pupilas, la mirada irónica mientras tragaba sin apartar la mirada de él. Le había reconocido, estaba seguro, y a pesar de todo, bebía el líquido emponzoñado. ¿Por qué?, se preguntó D'Arlés, por qué le hacía aquello, acaso deseaba morir?
Sabía que Guils no llevaba los pergaminos auténticos. Le conocía lo suficiente para saber que no se arriesgaría a llevarlos en la travesía. ¿De qué demonios se mofaba aquel bastardo del infierno? ¿De que a pesar de que le matara no iba a encontrar nada? D'Arlés se encogió en el suelo, con las manos en la cabeza a punto de estallar. ¿Qué hacía él en aquella nave, sabiendo que no encontraría lo que buscaba? El deseo de matar a Bernard, simplemente, acabar con aquella mirada despreciativa, con la sonrisa irónica con que le taladraba, con su desprecio.
Se estiró en el suelo cuan largo era, acariciando las hermosas losas de mármol, siguiendo el dibujo del mosaico con los dedos y apartando los papeles caídos. «¿Dónde has escondido los pergaminos, maldito hijo de perra? ¿Dónde estuviste durante doce horas, con quién hablaste? ¿Sabría algo aquel miserable judío?» No se había dado cuenta de la presencia de uno de sus hombres que lo contemplaba atónito, tendido en el suelo, arrastrándose y hablando solo con sus espectros.
– ¡Malditos inútiles! ¡Tenéis la culpa de todo! -Perdonad, señor, me ordenasteis que os avisara de cualquier pequeño cambio. -El hombre temblaba.
– ¿Y te crees lo suficientemente importante para prescindir de una llamada a la puerta, estúpido? -D'Arlés se levantó con lentitud.
– Lo siento, señor, es la urgencia de la noticia. Fray Berenguer ha sido arrestado, señor.
– ¿Arrestado ese cerdo?
– Monseñor se lo ha llevado, señor. Hay rumores…, se dice que este fraile sentía un malsano interés por los jóvenes, que…