D'Arlés estalló en grandes carcajadas, se retorcía sobre sí mismo como un poseso ante el asombro de su esbirro que, retrocediendo con cautela, intentaba llegar a la puerta. Se paró en seco, al ver que su señor lo miraba fijamente, enmudeciendo las risas.
– ¿Y tú quién eres? -preguntó D'Arlés con los ojos extraviados.
– Dubois, señor, soy Dubois. -Temblaba de miedo ante el comportamiento de su patrón. Trabajaba para él desde hacía cinco años y conocía su refinada crueldad, pero ahora era diferente. Parecía descontrolado, enloquecido. Llevaba días sin contestar los apremiantes mensajes que llegaban de París, de la Provenza, de Roma… Nadie sabía qué hacer. Muchos de sus compañeros habían huido ante la situación, atónitos y atemorizados, con la convicción de que debían dar aviso de su comportamiento antes de que los matara en un arranque de furia destructora. Él no tardaría en hacer lo mismo, no podía soportar aquella incertidumbre. Había tenido suficiente con la muerte de Peyre, su compañero, a manos de su propio patrón. Aquel encarnizamiento había sido atroz y le era difícil borrarlo de su memoria.
– ¡Lárgate, Dubois, no te conozco, no sé quién eres! -Le hizo un gesto de desdén con los brazos, como si intentara ahuyentarlo. El hombre respiró tranquilo y salió de la habitación apresuradamente, para no volver.
D'Arlés volvió a sentarse en el suelo. Aquellos inútiles eran incapaces de hacer un buen trabajo, ni tan sólo le permitían pensar, únicamente se obstinaban en traerle malas noticias. Carlos d'Anjou no le perdonaría aquel fracaso y eso iba a reportarle muchos problemas, su influencia se convertiría en polvo y su ascenso, que consideraba imparable, se vería detenido, paralizado… o mucho peor. Alguien tenía que sacarle de aquel atolladero, pero ¿quién? Por un instante pensó en Monseñor, en aquel maldito arrogante con el que había aprendido tantas cosas, y estalló de nuevo en carcajadas. El buitre negro tenía muchos problemas, se estaba apagando a la velocidad del rayo y el Papa tampoco iba a ser muy generoso con sus fracasos. ¿Quién si no él le había puesto en el camino del crimen y la conjura? ¿Quién si no él había conseguido que ingresara en la orden del Temple para convertirlo en su mejor espía? Aquel demonio oscuro le había cambiado, le había moldeado a su gusto y placer, sin tener en cuenta sus propios sentimientos. Se dio cuenta de que nunca le había manifestado lo que realmente pensaba de él, que no se había atrevido a escupirle la repugnancia que le producía el roce de sus manos. Ahora quería comunicarle la salvaje alegría que sentía ante su imparable caída, a la que había contribuido con todas sus fuerzas. El fuego no había sido suficiente, el hijo de perra había sobrevivido.
Su rostro se iluminó de golpe. Había tenido una idea extraordinaria. Había estado demasiado preocupado por Guils y su banda, le tenían ciego y sordo, por eso no lo había pensado antes, a pesar de tenerlo en sus propias narices. Siempre había sido así, siempre había funcionado. ¿Por qué no esta vez? Tenía que encontrar al chivo expiatorio. Eso le había salvado en innumerables ocasiones y podía volver a hacerlo, buscar una historia inverosímil, mucho más creíble que la propia realidad. Una persona y una buena historia era lo único que necesitaba, no había por qué preocuparse.
Se levantó de un salto, dando vueltas por la habitación, y se detuvo ante uno de los ventanales. Una sonrisa se extendía por su rostro y empezó a canturrear por lo bajo. Sí, un oscuro sendero se extendía a través de su mente en una dirección muy adecuada a sus intereses. Estaba claro y diáfano como la mismísima luz del día. El susurro de su canto empezó a elevarse hasta atronar las paredes. Fuera de la habitación dos hombres que hacían guardia se miraron con temor, era el momento preciso para largarse de allí.
Monseñor leía con atención los últimos mensajes recibidos. No eran buenas noticias, la situación parecía empeorar por segundos y su reputación en la corte pontificia sufría un desgaste continuado. Sus enemigos tenían una información precisa de sus continuados fracasos y no tenían reparo alguno en utilizarla de forma artera. Hacía demasiado tiempo que estaba fuera de la corte y ese riesgo se estaba cobrando un alto interés. Aquel nido de aves de rapiña siempre al acecho de los despojos más próximos estaba dispuesto a sacarle las entrañas en vida. Había estado demasiado obsesionado con D'Arlés, y aquella obsesión le había restado capacidad para ocuparse de problemas más importantes, como los pergaminos. A pesar de todo, ¿cómo estaba llegando la información a la corte, con tanta rapidez? ¿Había en su propio nido serpientes dispuestas a traicionarle? ¿De quién se trataría? Escogía personalmente a sus hombres, los vigilaba, incluso los más cercanos habían sido educados bajo su protección. ¿Quién?
Firmó unos despachos y mandó llamar a Giovanni, era la única persona en la que podía confiar. Llevaba tantos años con él que ni tan sólo recordaba con precisión el tiempo transcurrido. Conservaba la imagen de un jovencito muy atractivo, casi un niño. Su propia familia, gente de la baja nobleza con ínfulas aristocráticas, se lo habían entregado a cambio de algunos favores. Lo había moldeado a su gusto, educado bajo una estricta supervisión para que sirviera fielmente sus intereses privados y públicos. Y aquel experimento había funcionado con Giovanni, se había convertido en su perro más leal, sin más ambiciones que satisfacer a su amo. En cambio, con D'Arlés, aquel maldito bastardo del demonio…
– Monseñor. -Giovanni entró en la estancia con un breve saludo de cabeza.
– Mi querido Giovanni, tenemos un problema grave. Uno de esos problemas que tú siempre solucionas a la perfección.
– ¿Un problema, Monseñor? ¿Uno solo?
– Veo que no pierdes el sentido del humor y me alegro, Giovanni. En esta situación, otros ya se habrían ahorcado. ¿Sabes algo de D'Arlés?
– Si éste es el problema, Monseñor, todos mis hombres están trabajando en él, y tengo noticias que seguramente os agradarán. Los hombres de D'Arlés le están abandonando. Corren rumores de que está loco, algunos de ellos han partido hacia Provenza con graves quejas contra él.
– Sus hombres le abandonan. ¿Qué significa esto? -Monseñor no podía disimular su asombro.
– He estado hablando con uno de ellos, antes de que huyera, y ni siquiera ha querido cobrar la confidencia. Según él, D'Arlés se ha vuelto completamente loco, parece que mató a dos de sus propios hombres sin causa aparente. Este hombre asegura que la causa fue el desagrado de D'Arlés ante las noticias que traían.
– ¿Son de confianza esos hombres, Giovanni? ¿No podría tratarse de una trampa de ese bastardo?
– También lo pensé al principio, Monseñor, pero conozco a Dubois hace tiempo y nunca hemos perdido el contacto. No es de los que mienten. Estaba realmente atemorizado y os puedo asegurar que jamás le faltó el valor. Me contó que D'Arlés se encarnizó con su compañero, y que casi tuvieron que enterrarlo a trozos.
– ¿Está Carlos d'Anjou al corriente?
– No sé si ya ha llegado a sus oídos, Monseñor, pero os aseguró que no tardará en hacerlo.
– ¡Ese bastardo enloquecido se está buscando la ruina! ¿Cómo ha podido llegar a este punto? -Monseñor estaba perplejo ante las noticias, no se esperaba algo así.
– Tendréis que perdonarme, Monseñor, pero no sé de qué os asombráis. Siempre fue un loco asesino, la sangre derramada le producía placer y sus métodos… aunque en un tiempo trabajó para vos, sus prácticas siempre fueron especiales.
– Ni siquiera tendré que darle un empujón si sigue así. -Monseñor parecía decepcionado, incluso abatido-. Bien, Giovanni, tengo otra cosa para ti. Tendrás que hacerlo solo, en estos momentos no puedo confiar en nadie más. Estoy convencido de que alguien habla más de la cuenta en nuestro nido, en la corte pontificia corren rumores que me afectan gravemente, rumores que sólo pueden salir de nuestra propia casa.
– ¿Un traidor, Monseñor? ¿Aquí? Eso es difícil de creer, ninguno de mis hombres se atrevería a algo parecido.
– Es tiempo de cambios, Giovanni, grandes cambios. Lo que antes no tendría lugar, sucede en tiempo de mudanzas. Hay un traidor, créeme, alguien que intenta precipitar mi caída, mis informes lo aseguran.
– Entonces no debéis preocuparos, Monseñor, yo personalmente me ocuparé de ello. -Giovanni inclinó la cabeza al comprobar que Monseñor se había refugiado en una profunda meditación y salió de la habitación.
Monseñor contemplaba fijamente el cuadro que tenía delante: un obispo, en un pedestal, exhortaba a los fieles, una muchedumbre anónima y confusa, casi sin rostro, que se agolpaba entre banderas y armas. Detrás del obispo, unos caballeros montados en sus corceles, rendían el poder temporal ante la fuerza divina de la iglesia. Aquel cuadro siempre había inspirado sus mejores proyectos, lo llevaba consigo allí donde fuera y en aquel momento todas sus energías se concentraban en pedirle un milagro, una estrategia perfecta que acabara con sus enemigos. Oyó un murmullo a sus espaldas, pero siguió inmerso en su contemplación.
– Padre.
– ¿Habrá un solo momento del día en que me permitáis medit… -La pregunta quedó en el aire y el estupor más profundo apareció en su cara.