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La Bernarda, que ocultaba una naturaleza de madraza bajo su severo semblante, acabo por tomarme carino a fuerza de tanto verme y, a su modo y manera, decidio adoptarme.

- Se conoce que este muchacho no tiene madre, fijese usted -solia decirle a Barcelo-. A mi es que me da una pena, pobrecillo.

La Bernarda habia llegado a Barcelona poco despues de la guerra, huyendo de la pobreza y de un padre que a las buenas le pegaba palizas y la trataba de tonta, fea y guarra, y a las malas la acorralaba en las porquerizas, borracho, para manosearla hasta que ella lloraba de terror y el la dejaba ir, por mojigata y estupida, como su madre. Barcelo se la habia tropezado por casualidad cuando la

Bernarda trabajaba en un puesto de verduras del mercado del Borne y, siguiendo una intuicion, le habia ofrecido empleo a su servicio.

- Lo nuestro sera como en Pigmalion -anuncio-. Usted sera mi Eliza y yo su profesor Higgins.

La Bernarda, cuyo apetito literario se saciaba con la Hoja Dominical, le miro de reojo.

- Oiga, que una sera pobre e ignorante, pero muy decente.

Barcelo no era exactamente George Bernard Shaw, pero aunque no habia conseguido dotar a su pupila de la diccion y el duende de, don Manuel Azana, sus esfuerzos habian acabado por refinar a la Bernarda y ensenarle maneras y hablares de doncella de provincias. Tenia veintiocho anos, pero a mi siempre me parecio que arrastraba diez mas, aunque solo fuera en la mirada. Era muy de misa y devota de la virgen de Lourdes hasta el punto del delirio. Acudia a diario a la basilica de Santa Maria del Mar a oir el servicio de las ocho y se confesaba tres veces por semana como minimo. Don Gustavo, que se declaraba agnostico (lo cual la Bernarda sospechaba era una afeccion respiratoria, como el asma, pero de senoritos), opinaba que era matematicamente imposible que la criada pecase lo suficiente como para mantener semejante ritmo de confesion.

- Si tu eres mas buena que el pan, Bernarda -decia, indignado-. Esta gente que ve pecado en todas partes esta enferma del alma y, si me apuras, de los intestinos. La condicion basica del beato iberico es el estrenimiento cronico.

Al oir tamanas blasfemias, la Bernarda se santiguaba por quintuplicado. Mas tarde, por la noche, decia una oracion extra por el alma poluta del senor Barcelo, que tenia buen corazon, pero a quien de tanto leer se le habian podrido los sesos, como a Sancho Panza. De Pascuas a Ramos, a la Bernarda le salian novios que le pegaban, le sacaban los pocos cuartos que tenia en una cartilla de ahorros, y tarde o temprano la dejaban tirada. Cada vez que se producia una de estas crisis, la Bernarda se encerraba en el cuarto que tenia en la parte de atras del piso a llorar durante dias y juraba que se iba a matar con el veneno para las ratas o a beberse una botella de lejia. Barcelo, tras agotar todas sus artimanas de persuasion, se asustaba de veras y tenia que llamar al cerrajero de guardia para que abriese la puerta de la habitacion y a su medico de cabecera para que le administrase a la Bernarda un sedante de caballo. Cuando la pobre despertaba dos dias despues, el librero le compraba rosas, bombones, un vestido nuevo y la llevaba al cine a ver una de Cary Grant, que segun ella, despues de Jose Antonio, era el hombre mas guapo de la historia.

- Oiga, y dicen que Cary Grant es de la acera de enfrente -murmuraba ella, atiborrandose de chocolatinas-. ?Sera posible?

- Sandeces -sentenciaba Barcelo-. El cazurro y el zoquete viven en un estado de perenne envidia.

- Que bien habla el senor. Se conoce que ha ido a la universidad esa del sorbete.

- Sorbona -corregia Barcelo, sin acritud.

Era muy dificil no querer a la Bernarda. Sin haberselo pedido nadie, cocinaba y cosia para mi. Me arreglaba la ropa, los zapatos, me peinaba, me cortaba el pelo, me compraba vitaminas y dentifrico, e incluso llego a regalarme una medallita con un frasco de cristal que contenia agua bendita traida desde Lourdes en autobus por una hermana suya que vivia en San Adrian del Besos. A veces, mientras se empenaba en examinarme el pelo en busca de liendres y otros parasitos, me hablaba en voz baja.

- La senorita Clara es lo mas grande del mundo, y quiera Dios que me caiga muerta si algun dia se me ocurre criticarla, pero no esta bien que el senorito se obsesione mucho con ella, si me entiende usted lo que quiero decir.

- No te preocupes, Bernarda, si solo somos amigos.

- Pues eso mismo digo yo.

Para ilustrar sus argumentos, la Bernarda procedia entonces a relatarme alguna historia que habia oido por la radio en torno a un muchacho que se habia enamorado indebidamente de su maestra y al que, por obra de algun sortilegio justiciero, se le habia caido el pelo y los dientes al tiempo que la cara y las manos se le recubrian de hongos recriminatorios, una suerte de lepra del libidinoso.

- La lujuria es muy mala cosa -concluia la Bernarda-. Se lo digo yo.

Don Gustavo, pese a los chistes que se marcaba a mi costa, veia con buenos ojos mi devocion por Clara y mi entusiasta entrega de acompanante. Yo atribuia su tolerancia al hecho de que probablemente me consideraba inofensivo. De tarde en tarde, seguia dejandome caer ofertas suculentas para adquirir la novela de Carax. Me decia que habia comentado el tema con algunos colegas del gremio de libros de anticuario y todos coincidian que un Carax ahora podia valer una fortuna, especialmente en Francia. Yo siempre le decia que no y el se limitaba a sonreir, ladino. Me habia entregado una copia de las llaves del piso para que entrase y saliese sin estar pendiente de si el o la Bernarda estaban en casa para abrirme. Mi padre era harina de otro costal. Con el paso de los anos habia superado su reparo innato a abordar cualquier tema que le preocupase de veras. Una de las primeras consecuencias de este progreso fue que empezo a mostrar su clara desaprobacion de mi relacion con Clara.

- Tendrias que ir con amigos de tu edad, como Tomas Aguilar, que lo tienes olvidado y es un muchacho estupendo, y no con una mujer que ya tiene anos de casarse.

- ?Que mas dara la edad que tenga cada uno si somos buenos amigos?

Lo que mas me dolio fue la alusion a Tomas, porque era cierta. Hacia meses que no salia por ahi con el, cuando antes habiamos sido inseparables. Mi padre me observo con reprobacion.

- Daniel, tu no sabes nada de las mujeres, y esa juega contigo como un gato con un canario.

- Eres tu el que no sabe nada de mujeres -replicaba yo, ofendido-. Y de Clara, menos.

Nuestras conversaciones sobre el tema rara vez iban mas alla de un intercambio de reproches y miradas. Cuando no estaba en el colegio o con Clara, todo mi tiempo lo dedicaba a ayudar a mi padre en la libreria. Ordenando el almacen de la trastienda, llevando pedidos, haciendo recados o atendiendo a los clientes habituales. Mi padre se quejaba de que no ponia la cabeza ni el corazon en el trabajo. Yo, a mi vez, replicaba que me pasaba la vida entera alli y que no entendia de que tenia que quejarse. Muchas noches, sin poder conciliar el sueno, recordaba aquella intimidad, aquel pequeno mundo que ambos habiamos compartido en los anos que siguieron a la muerte de mi madre, los anos de la pluma de Victor Hugo y las locomotoras de laton. Los recordaba como anos de paz y tristeza, un mundo que se desvanecia, que se habia venido evaporando desde aquel amanecer en que mi padre me habia llevado a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Un dia mi padre descubrio que yo habia regalado el libro de Carax a Clara y monto en colera.

- Me has decepcionado, Daniel -me dijo-. Cuando te lleve a aquel lugar secreto, te dije que el libro que escogieras era algo especial, que tu lo ibas a adoptar y que debias responsabilizarte de el.