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Quise preguntarle como pensaba franquear aquel porton de roble, de basilica o prision. Julian extrajo un frasco del abrigo y desenrosco la tapa. Un vapor fetido ex halo del interior en una espiral lenta y azulada. Sostuvo el candado por el extremo y vertio el acido en el interior del cerrojo. El metal siseo como hierro candente, envuelto en un pano de humo amarillento. Esperamos unos segundos y entonces tomo un adoquin de entre la maleza y partio el candado con media docena de golpes. Julian empujo la puerta de un puntapie. Se abrio lentamente, como un sepulcro, escupiendo un aliento espeso y humedo. Mas alla del umbral se adivinaba una oscuridad aterciopelada. Julian portaba un encendedor de bencina que prendio al adentrarse unos pasos en el recibidor. Le segui y entorne la puerta a nuestras espaldas. Julian anduvo unos metros, sosteniendo la llama por encima de la cabeza. Una alfombra de polvo se tendia a nuestros pies, sin mas huellas que las nuestras. Las paredes, desnudas, prendian al ambar de la llama. No habia muebles, ni espejos o lamparas. Las puertas permanecian en los goznes, pero los pomos de bronce habian sido arrancados. El caseron apenas mostraba el esqueleto desnudo. Nos detuvimos al pie de la escalinata. La mirada de Julian se perdio hacia lo alto. Se volvio un instante para mirarme y quise sonreirle, pero en la penumbra apenas nos adivinabamos la mirada. Le segui escaleras arriba, recorriendo los peldanos en los que Julian habia visto a Penelope por primera vez. Sabia adonde nos dirigiamos y me invadio un frio que nada tenia de la atmosfera humeda y mordiente de aquel lugar.

Ascendimos hasta el tercer piso, donde un angosto corredor se abria paso hacia el ala sur de la casa. La techumbre alli era mucho mas baja y las puertas mas pequenas. Era el piso que albergaba las estancias del servicio. La ultima, supe sin necesidad de que Julian dijese nada, habia sido la alcoba de Jacinta Coronado. Julian se aproximo lentamente, temeroso. Aquel habia sido el ultimo lugar donde habia visto a Penelope, donde habia hecho el amor con una muchacha de apenas diecisiete anos, que meses mas tarde moriria desangrada en aquella misma celda. Quise detenerle, pero Julian ya habia ganado el umbral y miraba hacia el interior, ausente. Me asome junto a el. La habitacion no era mas que un cubiculo despojado de toda ornamentacion. Las marcas de un antiguo lecho se leian todavia bajo la marea de polvo en los maderos del suelo. Una marana de manchas negras reptaba por el centro de la habitacion. Julian observo aquel vacio por espacio de casi un minuto, desconcertado. Vi en su mirada que apenas acertaba a reconocer el lugar, que todo se le aparecia como un truco macabro y cruel. Le tome del brazo y le guie de regreso a la escalera.

- Aqui no hay nada, Julian -murmure-. La familia lo vendio todo antes de partir a la Argentina.

Julian asintio debilmente. Descendimos de nuevo hasta la planta baja. Una vez alli, Julian se dirigio hacia la biblioteca. Los estantes estaban vacios, la chimenea anegada de escombros. Las paredes, palidas de muerte, aleteaban al aliento de la llama. Los acreedores y usureros habian conseguido llevarse hasta la memoria, que debia de estar ahora perdida en el laberinto de alguna chatarreria.

- He vuelto para nada -murmuraba Julian.

Mejor asi, pense. Contaba los segundos que nos separaban de la puerta. Si conseguia alejarle de alli y dejarle con aquella punalada de vacio, quiza aun tuviesemos una oportunidad. Deje que Julian absorbiera la ruina de aquel lugar, que purgases u recuerdo.

- Tenias que volver y verla otra vez -dije-. Ahora ya ves que no hay nada. Es solo un caseron viejo y deshabitado, Julian. Vayamonos a casa.

Me miro, palido, y asintio. Le tome de la mano y enfilamos el pasillo que conducia a la salida. La brecha de claridad del exterior apenas quedaba a media docena de metros. Pude oler la maleza v la llovizna en el aire. Entonces senti que perdia la mano de Julian. Me detuve y me volvi para encontrarle inmovil, con la mirada clavada en la oscuridad.

- Que pasa, Julian?

No contesto. Contemplaba hechizado la boca de un angosto corredor que conducia a las cocinas. Me aproxime hasta alli y escrute la tiniebla que aranaba la llama azul del mechero de gasolina. La puerta al extremo del pasillo estaba tapiada. Un muro de ladrillos rojos, toscamente dispuestos entre argamasa que sangraba por las comisuras. No comprendi bien que significaba, pero senti que el frio me robaba el aliento. Julian se acercaba lentamente hacia alli. Todas las demas puertas, en el corredor -en toda la casa-, estaban abiertas, desprovistas de cerraduras y pomos. Excepto aquella. Una compuerta de ladrillos rojos oculta en el fondo de un corredor lugubre y escondido. Julian poso las manos sobre los adoquines de arcilla escarlata.

- Julian, por favor, vayamonos ya...

El impacto de su puno sobre ha pared de ladrillos arranco un eco hueco y cavernoso al otro lado. Me parecio que le temblaban las manos cuando posaba el mechero en el suelo y me indicaba que me retirase unos pasos.

- Julian...

La primera patada arranco una lluvia de polvo rojizo. Julian embistio de nuevo. Crei que habia oido sus huesos crujir. Julian no se inmuto. Golpeaba el muro una y otra vez, con la rabia de un preso abriendose camino hacia la libertad. Le sangraban los punos y los brazos cuando el primer ladrillo se quebro y cayo al otro lado. Con dedos ensangrentados, Julian empezo entonces a forcejear por agrandar aquel marco en la oscuridad. Jadeaba, exhausto y poseido de una furia de la que nunca le habria creido posible. Uno a uno, los ladrillos fueron cediendo y el muro se abatio. Julian se detuvo, cubierto de sudor frio, las manos despellejadas. Tomo el mechero y lo poso sobre el borde de uno de los ladrillos. Una puerta de madera labrada con motivos de angeles se alzaba al otro lado. Julian acaricio los relieves de la madera, como si leyese un jeroglifico. La puerta se abrio bajo la presion de sus manos.

Una tiniebla azul, espesa y gelatinosa, emanaba del otro lado. Mas alla se intuia una escalinata. Peldanos de piedra negra descendian hasta donde se perdia la sombra. Julian se volvio un instante y le encontre la mirada. Vi en ella miedo y desesperanza, como si intuyese la negrura. Negue en silencio, implorandole que no descendiese. Se volvio, abatido, y se zambullo en la oscuridad. Me asome al marco de adoquines y le vi descender por la escalera, casi tambaleandose. La llama temblaba, apenas ya un soplo de azul transparente.

- ?Julian?

Solo me llego silencio. Podia ver la sombra de Julian, inmovil al fondo de la escalera. Cruce el umbral de ladrillos y descendi los peldanos. La sala era una estancia rectangular, de muros de marmol. Desprendia un frio intenso y penetrante. Las dos lapidas estaban recubiertas por un velo de telarana que se deshizo como seda podrida a la llama del mechero. El marmol blanco estaba surcado por lagrimas negras de humedad que parecian sangrar de las hendiduras que habia dejado el cincel del grabador. Yacian la una junto a la otra, como maldiciones encadenadas.

PENELOPE ALDAYA DAVID ALDAYA
1902-1919 1919

Muchas veces me he detenido a pensar en aquel momento de silencio, tratando de imaginar lo que Julian debio de sentir al comprobar que la mujer a la que habia estado esperando durante diecisiete anos estaba muerta, que el hijo de ambos se habia marchado con ellos, que la vida con que habia sonado, su unico aliento, nunca habia existido. La mayoria de nosotros tenemos la dicha o la desgracia de ver como la vida se desmorona poco a poco, sin que nos demos casi cuenta. Para Julian, aquella certeza prendio en cuestion de segundos. Por un instante pense que echaria a correr escaleras arriba, que huiria de aquel lugar maldito y que no volveria a verle jamas. Quiza hubiera sido mejor asi.

Recuerdo que la llama del mechero se extinguio lentamente y que perdi su silueta en la oscuridad. Le busque en la sombra. Le encontre temblando, mudo. Apenas podia sostenerse en pie y se arrastro hasta un rincon. Le abrace y le bese la frente. No se movia. Palpe su rostro con los dedos, pero no habia lagrimas. Crei que tal vez, inconscientemente, lo habia sabido durante todos aquellos anos, que quiza aquel encuentro era necesario para enfrentarse a la certeza y liberarse. Habiamos llegado al final del camino. Julian comprenderia ahora que ya nada le retenia en Barcelona y que partiriamos lejos. Quise creer que nuestra suerte iba a cambiar y que Penelope nos habia perdonado.