Busque el mechero en el suelo y lo encendi de nuevo. Julian observaba el vacio, ajeno a la llama azul. Le tome el rostro con las manos y le obligue a mirarme. Me encontre ojos sin vida, vacios, consumidos de rabia y de perdida. Senti el veneno del odio esparciendose lentamente por sus venas y pude leer sus pensamientos. Me odiaba por haberle enganado. Odiaba a Miquel por haberle querido obsequiar con una vida que le pesaba como una herida abierta. Pero sobre todo odiaba al hombre que habia causado toda aquella desgracia, aquel rastro de muerte y miseria: el mismo. Odiaba aquellos cochinos libros a los que habia dedicado su vida y que a nadie importaban. Odiaba una existencia entregada al engano y a la mentira. Odiaba cada segundo robado y cada aliento.
Me miraba sin pestanear, como se mira a un extrano o a un objeto desconocido. Yo negaba lentamente, buscandole las manos. Se aparto bruscamente y se incorporo. Trate de asirle el brazo pero me empujo contra el muro. Le vi ascender la escalera en silencio, un hombre a quien ya no conocia. Julian Carax estaba muerto. Cuando sali al jardin del caseron, ya no habia rastro de el. Escale el muro y salte al otro lado. Las calles desoladas sangraban bajo la lluvia. Grite su nombre, caminando por el centro de la avenida desierta. Nadie respondio a mi llamada. Cuando regrese a casa eran casi las cuatro de la manana. El piso estaba anegado de humo y olia a quemado. Julian habia estado alli. Corri a abrir las ventanas. Encontre un estuche sobre mi escritorio que contenia la pluma que le habia comprado anos antes en Paris, la estilografica por la que habia pagado una fortuna en virtud de su supuesta pertenencia a Alejandro Dumas o Victor Hugo. El humo provenia de la caldera de la calefaccion. Abri la compuerta y comprobe que Julian habia arrojado al interior todos los ejemplares de sus novelas que faltaban de la estanteria. Apenas se leia el titulo sobre los lomos de piel. El resto eran cenizas.
Horas despues, cuando acudi a la editorial a media manana, Alvaro Cabestany me hizo llamar a su despacho. Su padre apenas pasaba ya por el despacho y los medicos le habian dicho que tenia los dias contados, lo mismo que mi puesto en la empresa. El hijo de Cabestany me anuncio que aquella misma manana a primera hora se habia presentado un caballero llamado Lain Coubert interesado en adquirir todos los ejemplares de las novelas de Julian Carax que tuviesemos en existencias. El hijo del editor dijo que tenia un almacen lleno de ellas en Pueblo Nuevo, pero que habia gran demanda de ellas y por tanto habia exigido un precio superior al que Coubert ofrecia. Coubert no habia picado y se habia marchado con viento fresco. Ahora Cabestany hijo queria que yo localizase al tal Lain Coubert y aceptase su oferta. Le dije a aquel necio que Lain Coubert no existia, que era un personaje de una novela de Carax. Que no tenia interes alguno en comprarle los libros; solo queria saber donde estaban. El senor Cabestany tenia por costumbre guardar un ejemplar de cada uno de los titulos publicados por la casa en la biblioteca de su despacho, incluso de las obras de Julian Carax. Me cole en su oficina y me los lleve.
Aquella misma tarde visite a mi padre en eh Cementerio de los libros Olvidados y los oculte donde nadie, especialmente Julian, pudiese encontrarlos. Habia anochecido ya cuando sali de alli. Vagando Ramblas abajo llegue hasta la Barceloneta y me adentre en la playa, buscando el lugar al que habia ido a contemplar el mar con Julian. La pira de llamas del almacen en Pueblo Nuevo se adivinaba a lo lejos, el rastro ambar derramandose sobre el mar y las espirales de fuego y humo ascendiendo al cielo como serpientes de luz. Cuando los bomberos consiguieron extinguir las llamas poco antes del amanecer, no quedaba nada, apenas el esqueleto de ladrillos y metal que sostenia la boveda. Alli encontre a Lluis Carbo, que habia sido el vigilante nocturno durante diez anos. Contemplaba los escombros humeantes, incredulo. Tenia las cejas y el vello de los brazos quemados y la piel le brillaba como bronce humedo. Fue el quien me conto que las llamas habian empezado poco despues de la medianoche y habian devorado decenas de miles de libros hasta que el alba se habia rendido en un rio de ceniza. Lluis sostenia todavia en las manos un punado de libros que habia conseguido salvar, colecciones de versos de Verdaguer y dos tomos de Historia de la Revolucion francesa. Era cuanto habia sobrevivido. Varios miembros del sindicato habian acudido para ayudar a los bomberos. Uno de ellos me conto que los bomberos habian encontrado un cuerpo quemado entre los escombros. Lo habian tomado por muerto, pero uno de ellos advirtio que todavia respiraba y lo llevaron al hospital del Mar.
Lo reconoci por los ojos. El fuego le habia devorado la piel, las manos y el pelo. Las llamas le habian arrancado la ropa a latigazos y todo su cuerpo era una herida en carne viva que supuraba entre las vendas. Lo habian confinado a una habitacion solitaria al fondo de un corredor con vistas a la playa, cercenado de morfina a la espera de que muriese. Quise sostenerle ha mano, pero una de las enfermeras me advirtio que apenas habia carne bajo las vendas. El fuego le habia segado los parpados y su mirada enfrentaba el vacio perpetuo. La enfermera que me encontro caida en el suelo, llorando, me pregunto si sabia quien era. Le dije que si, que era mi marido. Cuando un cura rapaz aparecio para prodigar sus ultimas bendiciones, lo ahuyente a alaridos. Tres dias mas tarde, Julian seguia vivo. Los medicos dijeron que era un milagro, que las ganas de vivir le mantenian vivo con fuerzas que la medicina era incapaz de emular. Se equivocaban. No eran las ganas de vivir. Era el odio. Una semana mas tarde, en vista de que aquel cuerpo escarchado de muerte se resistia a apagarse, fue oficialmente admitido con el nombre de Miquel Moliner. Habria de permanecer alli por espacio de once meses. Siempre en silencio, con la mirada ardiente, sin descanso.
Yo acudia todos los dias al hospital. Pronto las enfermeras empezaron a tutearme y a invitarme a comer con ellas en su sala. Eran todas mujeres solas, fuertes, que esperaban que sus hombres volviesen del frente. Algunos lo hacian. Me ensenaron a limpiar las heridas de Julian, a cambiarle los vendajes, a poner sabanas limpias y a hacer una cama con un cuerpo inerte tendido. Tambien me ensenaron a perder la esperanza de volver a ver al hombre que algun dia se habia sostenido sobre aquellos huesos. Le quitamos las vendas de la cara al tercer mes. Julian era una calavera. No tenia labios, ni mejillas. Era un rostro sin rasgos, apenas un muneco carbonizado. Las cuencas de los ojos se habian agrandado y ahora dominaban su expresion. Las enfermeras no me lo confesaban, pero sentian repugnancia, casi miedo. Los medicos me habian dicho que una suerte de piel violacea, reptil, se iria formando lentamente a medida que sanasen las heridas. Nadie se atrevia a comentar su estado mental. Todos daban por descontado que Julian -Miquel- habia perdido la razon en el incendio, que vegetaba y sobrevivia gracias a los cuidados obsesivos de aquella esposa que permanecia firme donde tantas otras hubiesen huido despavoridas. Yo le miraba a los ojos y sabia que Julian seguia alli dentro, vivo, consumiendose lentamente. Esperando.
Habia perdido los labios, pero los medicos creian que las cuerdas vocales no habian sufrido dano irreparable y que las quemaduras en la lengua y la laringe habian sanado meses atras. Asumian que Julian no decia nada porque su mente se habia extinguido. Una tarde, seis meses despues del incendio, estando el y yo a solas en la habitacion, me incline y le bese en la frente.
- Te quiero -le dije.
Un sonido amargo, ronco, emergio de aquella mueca canina a la que se habia reducido la boca. Tenia los ojos enrojecidos de lagrimas. Quise secarselas con un panuelo, pero repitio aquel sonido.