- Dejame -habia dicho.
"Dejame."
La editorial Cabestany habia quebrado a los dos meses del incendio del almacen de Pueblo Nuevo. El viejo Cabestany, que murio aquel ano, habia pronosticado que su hijo conseguiria arruinar la empresa en seis meses. Optimista irredento hasta la sepultura. Intente encontrar trabajo en otra editorial, pero la guerra se lo comia todo. Todos me decian que la guerra acabaria pronto, y que luego las cosas mejorarian. La guerra tenia todavia dos anos por delante, y lo que vino despues fue casi peor. Al cumplirse un ano del incendio, los medicos me dijeron que cuanto podia hacerse en un hospital estaba hecho. La situacion era dificil y necesitaban la habitacion. Me recomendaron ingresar a Julian en un sanatorio como el asilo de Santa Lucia, pero me negue. En octubre de 1937 me lo lleve a casa. No habia pronunciado una sola palabra desde aquel "Dejame".
Yo le repetia todos los dias que le queria. Estaba instalado en una butaca frente a la ventana, cubierto de mantas. Le alimentaba con zumos, pan tostado y, cuando encontraba, leche. Todos los dias le leia un par de horas. Balzac, Zola, Dickens... Su cuerpo empezaba a recuperar volumen. Al poco de regresar a casa empezo a mover las manos y los brazos. Ladeaba el cuello. A veces, al volver a casa, me encontraba las mantas en el suelo y objetos derribados. Un dia le encontre en el suelo, arrastrandose. Un ano y medio despues del incendio, una noche de tormenta, me desperte a media noche. Alguien se habia sentado en mi lecho y me acariciaba el pelo. Le sonrei, ocultando las lagrimas. Habia conseguido encontrar uno de mis espejos, aunque los habia ocultado todos. Con voz quebrada me dijo que se habia transformado en uno de sus monstruos de ficcion, en Lain Coubert. Quise besarle, demostrarle que su aspecto no me repugnaba, pero no me dejo. Pronto no me dejaria apenas tocarle. Iba recobrando fuerzas dia a dia. Merodeaba por la casa mientras yo salia a buscar algo para comer. Los ahorros que Miquel habia dejado nos mantenian a flote, pero pronto tuve que empezar a vender joyas y trastos viejos. Cuando no hubo mas remedio, cogi la pluma de Victor Hugo que habia comprado en Paris y sali a venderla al mejor postor. Encontre una tienda detras del Gobierno Militar que admitia genero de ese tipo. El encargado no parecio impresionado por mi solemne juramento atestiguando que aquella pluma Habia pertenecido a Victor Hugo, pero reconocio que era una pieza magistral y se avino a pagarme tanto corno pudo, teniendo en cuenta que corrian tiempos de escasez y miseria.
Cuando le dije a Julian que la habia vendido, temi que montase en colera. Se limito a decir que habia hecho bien, que nunca la habia merecido. Un dia, uno de tantos en que yo habia salido a buscar trabajo, regrese y me encontre que Julian no estaba. No regreso hasta el alba. Cuando le pregunte que adonde habia ido, se limito a vaciar los bolsillos del abrigo (que habia sido de Miquel) y dejar un punado de dinero sobre la mesa. A partir de entonces empezo a salir casi todas las noches. En la oscuridad, cubierto con un sombrero y bufanda, con los guantes y la gabardina, era una sombra mas. Nunca me decia adonde iba. Casi siempre traia dinero o joyas. Dormia por las mananas, sentado erguido en su butaca, con los ojos abiertos. En una ocasion encontre una navaja en sus bolsillos. Era un arma de doble filo, de resorte automatico. La hoja estaba prendida de manchas oscuras.
Fue por entonces cuando empece a oir por las calles las historias acerca de un individuo que rompia los escaparates de las librerias por la noche y quemaba libros. En otras ocasiones, el extrano vandalo se colaba en una biblioteca o en la camara de un coleccionista. Siempre se llevaba dos o tres tomos, que quemaba. En febrero de 1938 acudi a una libreria de viejo para preguntar si era posible encontrar algun libro de Julian Carax en el mercado. El encargado me dijo que era imposible: alguien los habia estado haciendo desaparecer. El mismo habia tenido un par y los habia vendido a un individuo muy extrano, que ocultaba su rostro y al que apenas se le podia descifrar la voz.
- Hasta hace poco quedaban algunas copias en colecciones privadas, aqui y en Francia, pero muchos coleccionistas empiezan a desprenderse de ellas. Tienen miedo -decia-, y no les culpo.
A veces Julian desaparecia durante dias enteros. Pronto sus ausencias fueron de semanas. Se iba y volvia siempre de noche. Siempre traia dinero. Nunca daba explicaciones, o si lo hacia, se limitaba a dar detalles sin sentido. Me dijo que habia estado en Francia. Paris, Lyon, Niza. Ocasionalmente llegaban cartas desde Francia a nombre de Lain Coubert. Siempre eran de libreros de viejo, coleccionistas. Alguien habia localizado una copia perdida de las obras de Julian Carax. Entonces desaparecia varios dias y regresaba como un lobo, apestando a quemado y a rencor.
Fue durante una de aquellas ausencias cuando me encontre al sombrerero Fortuny en el claustro de la catedral, vagando como un iluminado. Todavia me recordaba de la vez que habia acudido con Miquel a preguntar por su hijo Julian, dos anos atras. Me condujo a un rincon y me dijo confidencialmente que sabia que Julian estaba vivo, en alguna parte, pero que sospechaba que su hijo no podia ponerse en contacto con nosotros por algun motivo que no acertaba a discernir. "Algo que ver con ese desalmado de Fumero." Le dije que yo creia lo mismo. Los anos de la guerra estaban resultando muy prosperos para Fumero. Sus alianzas cambiaban de mes a mes, de los anarquistas a los comunistas, y de alli a lo que viniese. Unos y otros lo acusaban de espia, de esbirro, de heroe, de asesino, de conspirador, de intrigante, de salvador o de demiurgo. Poco importaba. Todos le temian. Todos le querian de su lado. Quiza demasiado ocupado con las intrigas de la Barcelona de la guerra, Fumero parecia haber olvidado a Julian. Probablemente, como el sombrerero, le imaginaba ya fugado y lejos de su alcance.
El senor Fortuny me pregunto si era una vieja amiga de su hijo y le dije que si. Me pidio que le hablase de Julian, del hombre en que se habia convertido, porque el, me confeso entristecido, no le conocia. "La vida nos separo, ?sabe usted?" Me conto que habia recorrido todas las librerias de Barcelona en busca de las novelas de Julian, pero no habia modo de encontrarlas. Alguien le habia contado que un loco recorria el mapa en su busca para quemarlas. Fortuny estaba convencido de que el culpable no era sino Fumero. No le contradije. Menti como pude, por piedad o por despecho, no lo se. Le dije que creia que Julian habia regresado a Paris, que estaba bien y que me constaba que apreciaba mucho al sombrerero Fortuny y que tan pronto las circunstancias lo hiciesen posible, se reuniria de nuevo con el. "Es esta guerra -se lamentaba el-, que lo pudre todo." Antes de despedirnos insistio en darme su direccion y la de su ex esposa, Sophie, con quien habia vuelto a reanudar el contacto tras largos anos de "malentendidos". Sophie vivia ahora en Bogota con un prestigioso doctor, me dijo. Regentaba su propia escuela de musica y siempre escribia preguntando por Julian.
- Ya es lo unico que, nos une, ?sabe usted? El recuerdo. Uno comete muchos errores en la vida, senorita, y solo se da cuenta cuando es viejo. Digame, ?usted tiene fe?
Me despedi prometiendole informarle a el y a Sophie si tenia noticias de Julian.
- A su madre nada la haria mas feliz que volver a saber de el. Ustedes, las mujeres, escuchan mas al corazon y menos a la tonteria -concluyo el sombrerero con tristeza-. Por eso viven mas.
Pese a haber oido tantas historias virulentas acerca de el, no pude evitar sentir lastima por aquel pobre anciano que apenas tenia mas que hacer en el mundo que esperar el regreso de su hijo y parecia vivir de las esperanzas de recuperar el tiempo perdido gracias a un milagro de los santos a los que visitaba con tanta devocion en las capillas de la catedral. Le habia imaginado como un ogro, un ser vil y rencoroso, pero me parecio un hombre bondadoso, cegado quiza, perdido como todos. Quiza porque me recordaba a mi propio padre, que se escondia de todos y de si mismo en aquel refugio de libros y sombras, quiza porque, sin el sospecharlo, tambien nos unia el anhelo por recuperar a Julian, le tome carino y me converti en su unica amiga. Sin que Julian lo supiese, le visitaba a menudo en el piso de la ronda de San Antonio. El sombrerero ya no trabajaba.