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- No tengo ni las manos ni la vista ni los clientes... -decia.

Me esperaba casi todos los jueves y me ofrecia cafe, galletas y dulces que el apenas probaba. Pasaba las horas hablandome de la infancia de Julian, de como trabajaban juntos en la sombrereria, mostrandome fotografias. Me conducia a la habitacion de Julian, que mantenia inmaculada como un museo, y me mostraba viejos cuadernos, objetos insignificantes que el adoraba como reliquias de una vida que nunca habia existido, sin darse cuenta de que ya me los habia ensenado antes, que todas aquellas historias ya me las habia relatado otro dia. Uno de aquellos jueves me cruce en la escalera con un medico que acababa de visitar al senor Fortuny. Le pregunte como estaba el sombrerero y el me miro de reojo.

- ?Es usted familiar suya?

Le dije que era lo mas cercano a eso que el pobre hombre tenia. El medico me dijo entonces que Fortuny estaba muy enfermo, que era cuestion de meses.

- ?Que tiene?

- Le podria decir a usted que es el corazon, pero lo que lo mata es la soledad. Los recuerdos son peores que las balas.

Al verme, el sombrerero se alegro y me confeso que aquel medico no le merecia confianza. Los medicos son como brujos de pacotilla, decia. El sombrerero habia sido toda su vida hombre de profundas convicciones religiosas y la vejez solo las habia acentuado. Me explico que veia la mano del demonio por todas partes. El demonio, me confeso, ofusca la razon y pierde a los hombres.

- Mire usted la guerra, y mireme usted a mi. Porque ahora me ve viejo y blando, pero yo de joven he sido muy canalla y muy cobarde.

Era el demonio quien se habia llevado a Julian de su lado, anadio.

- Dios nos da la vida, pero el casero del mundo es el demonio...

Pasabamos la tarde entre teologia y melindros rancios.

Alguna vez le dije a Julian que si queria volver a ver a su padre vivo, mas le valia darse prisa. Resulto que Julian habia estado tambien visitando a su padre sin que el lo supiera. De lejos, al crepusculo, sentado al otro extremo de una plaza, viendole envejecer. Julian replico que preferia que el anciano se llevase la memoria del hijo que habia fabricado en su mente durante aquellos anos y no la realidad en la que se habia convertido.

- Esa la guardas para mi -le dije, arrepintiendome al instante.

No dijo nada, pero por un instante parecio que le volvia la lucidez y se daba cuenta del infierno en el que nos habiamos enjaulado. Los pronosticos del medico no tardaron en hacerse realidad. El senor Fortuny no llego a ver el fin de la guerra. Le encontraron sentado en su butaca, mirando las fotografias viejas de Sophie y de, Julian. Acribillado a recuerdos.

Los ultimos dias de la guerra fueron el preludio del infierno. La ciudad habia vivido el combate a distancia, como una herida que late adormecida. Habian transcurrido meses de escarceos y luchas, bombardeos y hambre. El espectro de asesinatos, luchas y conspiraciones llevaba anos corroyendo el alma de la ciudad, pero aun asi, muchos querian creer que la guerra seguia lejos, que era un temporal que pasaria de largo. Si cabe, la espera hizo lo inevitable peor. Cuando el dolor desperto, no hubo misericordia. Nada alimenta el olvido como una guerra, Daniel. Todos callamos y se esfuerzan en convencernos de lo que hemos visto, lo que hemos hecho, lo que hemos aprendido de nosotros mismos y de los demas, es una ilusion, una pesadilla pasajera. Las guerras no tienen memoria y nadie se atreve a comprenderlas hasta que ya no quedan voces para contar lo que paso, hasta que llega el momento en que no se las reconoce y regresan, con otra cara y otro nombre, a devorar lo que dejaron atras.

Por entonces Julian ya casi no tenia libros que quemar. Ese era un pasatiempo que ya habia pasado a manos mayores. La muerte de su padre, de la que nunca hablaria, le habia convertido en un invalido en el que ya no ardia ni la rabia y el odio que le habian consumido al principio. Viviamos de rumores, recluidos. Supimos que Fumero habia traicionado a todos aquellos que le habian encumbrado durante la guerra y que ahora estaba al servicio de los vencedores. Se decia que el estaba ajusticiando personalmente -volandoles la cabeza de un tiro en la boca- a sus principales aliados y protectores en los calabozos del castillo de Montjuic. La maquinaria del olvido empezo a martillear el mismo dia en que se acallaron las armas. En aquellos dias aprendi que nada da mas miedo que un heroe que vive para contarlo, para contar lo que todos los que cayeron a su lado no podran contar jamas. Las semanas que siguieron a la caida de Barcelona fueron indescriptibles. Se derramo tanta o mas sangre durante aquellos dias que durante los combates, solo que en secreto y a hurtadillas. Cuando finalmente llego la paz, olia a esa paz que embruja las prisiones y los cementerios, una mortaja de silencio y verguenza que se pudre sobre el alma y nunca se va. No habia manos inocentes ni miradas blancas. Los que estuvimos alli, todos sin excepcion, nos llevaremos el secreto hasta la muerte.

La calma se restablecia entre recelos y odios, pero Julian y yo viviamos en la miseria. Habiamos gastado todos los ahorros y los botines de las andanzas nocturnas de Lain Coubert, y no quedaba en la casa nada para vender. Yo buscaba desesperadamente trabajo como traductora, mecanografa o como fregona, pero al parecer mi pasada afiliacion con Cabestany me habia marcado como indeseable y foco de sospechas indecibles. Un funcionario de traje reluciente, brillantina y bigote a lapiz, uno de los centenares que parecian estar saliendo de debajo de las piedras durante aquellos meses, me insinuo que una muchacha atractiva como yo no tenia por que recurrir a empleos tan mundanos. Los vecinos, que aceptaban de buena fe mi historia de que vivia cuidando a mi pobre esposo Miquel que habia quedado invalido y desfigurado en la guerra, nos ofrecian limosnas de leche, queso o pan, incluso a veces pesca salada o embutidos que enviaban los familiares del pueblo. Tras meses de penuria, convencida de que pasaria mucho tiempo antes de que pudiese encontrar un empleo, decidi urdir una estratagema que tome prestada de una de las novelas de Julian.

Escribi a la madre de Julian a Bogota en nombre de un supuesto abogado de nuevo cuno con el que el difunto senor Fortuny habia consultado en sus ultimos dias para poner sus asuntos en orden. Le informaba de que, habiendo fallecido el sombrerero sin testar, su patrimonio, en el que se incluia el piso de la ronda de San Antonio y la tienda sita en el mismo inmueble, era ahora propiedad teorica de su hijo Julian, que se suponia viviendo en el exilio en Francia. Puesto que los derechos de sucesion no habian sido satisfechos, y encontrandose ella en el extranjero, el abogado, a quien bautice como Jose Maria Requejo en recuerdo al primer muchacho que me habia besado en la boca, le pedia autorizacion para iniciar los tramites pertinentes y solucionar el traspaso de propiedades a nombre de su hijo Julian, con quien pensaba contactar via la embajada espanola en Paris asumiendo la titularidad de las mismas con caracter temporal y transitorio, asi como cierta compensacion economica. Igualmente le solicitaba que se pusiera en contacto con el administrador de la finca para que remitiese la documentacion y los pagos sufragando los gastos de la propiedad al despacho del abogado Requejo, a cuyo nombre abri un apartado de correos y asigne una direccion ficticia, un viejo garaje desocupado a dos calles del caseron en ruinas de los Aldaya. Mi esperanza era que, cegada por la posibilidad de ayudar a Julian y de volver a establecer el contacto con el, Sophie no se detendria a cuestionar todo aquel galimatias legal y consentiria en ayudarnos dada su prospera situacion en la lejana Venezuela.

Un par de meses mas tarde, el administrador de la finca empezo a recibir un giro mensual cubriendo los gastos del piso de la Ronda de San Antonio y los emolumentos destinados al bufete de abogados de Jose Maria Requejo, que procedia a enviar en forma de cheque al portador al apartado 2321 de Barcelona, tal y como le indicaba Sophie Carax en su correspondencia. El administrador, adverti, se quedaba un porcentaje no autorizado todos los meses, pero preferi no decir nada. Asi quedaba el contento y no hacia preguntas ante tan facil negocio. Con el resto, Julian y yo teniamos para sobrevivir. Asi pasaron anos terribles, sin esperanza. Lentamente habia conseguido algunos trabajos como traductora. Ya nadie recordaba a Cabestany y se practicaba una politica de perdon, de olvidar aprisa y corriendo viejas rivalidades y rencores. Yo vivia con la perpetua amenaza de que Fumero decidiese volver a hurgar en el pasado y reiniciar la persecucion de Julian. A veces me convencia de que no, de que le habria dado por muerto ya, o le habria olvidado. Fumero ya no era el maton de anos atras. Ahora era un personaje publico, un hombre de carrera en el Regimen, que no podia permitirse el lujo del fantasma de Julian Carax. Otras veces me despertaba a media noche, con el corazon palpitando y empapada de sudor, creyendo que la policia estaba golpeando en la puerta. Temia que alguno de los vecinos sospechase de aquel marido enfermo, que nunca salia de casa, que a veces lloraba o golpeaba las paredes como un loco, y que nos denunciase a la policia. Temia que Julian se escapase de nuevo, que decidiera salir a la caza de sus libros para quemarlos, para quemar lo poco que quedaba de si mismo y borrar definitivamente cualquier senal de que jamas hubiera existido. De tanto temer, me olvide de que me hacia mayor, de que la vida me pasaba de largo, que habia sacrificado mi juventud amando a un hombre destruido, sin alma, apenas un espectro.