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- Dichosos los ojos, senora Moliner...

El inspector Fumero me ofrecio su sonrisa de reptil.

- No me diga que trabaja usted para mi buen amigo Sanmarti. El, como yo, es el mejor en lo suyo. ?Y digame, que tal esta su marido?

Supe que tenia los dias contados. Al dia siguiente corrio el rumor en la oficina de que Nuria Monfort era una "tortillera", puesto que se mantenia inmune a los encantos y al aliento de ajos tiernos de don Pedro Sanmarti, y que se entendia con Mercedes Pietro. Mas de un joven de porvenir en la empresa aseguraba haber visto a ese "par de guarras" besuqueandose en el archivo en contadas ocasiones. Aquella tarde, al salir, Mercedes me pidio si podiamos hablar un momento. Apenas conseguia mirarme a los ojos. Acudimos al cafe de la esquina sin cruzar palabra. Alli Mercedes me dijo que Sanmarti le habia dicho que no veia con buenos ojos nuestra amistad, que la policia le habia dado informes sobre mi, sobre mi supuesto pasado de activista comunista.

- Nuria, yo no puedo perder este empleo. Lo necesito para sacar adelante a mi hijo...

Se derrumbo entre lagrimas, ajada por la verguenza y la humillacion, envejeciendo a cada segundo.

- No te preocupes, Mercedes. Lo entiendo -dije.

- Ese hombre, Fumero, va a por ti, Nuria. No se que tiene contra ti, pero se le ve en la cara...

- Ya lo se.

Al lunes siguiente, cuando llegue al despacho, me encontre a un individuo enjuto y engominado ocupando mi escritorio. Se presento como Salvador Benades, el nuevo corrector.

- ? Y usted quien es?

Ni una sola persona en toda la oficina se atrevio a cruzar la mirada o la palabra conmigo mientras recogia mis cosas. Al bajar por la escalera, Mercedes corrio tras de mi y me entrego un sobre que contenia un fajo de billetes y monedas.

- Casi todos han contribuido con lo que han podido. Cogelo, por, favor. No por ti, por nosotros.

Aquella noche acudi al piso de la Ronda de San Antonio. Julian me esperaba como siempre, sentado en la oscuridad. Habia escrito un poema para mi, dijo. Era lo primero que escribia en nueve anos. Quise leerlo, pero me rompi en sus brazos. Se lo conte todo, porque ya no podia mas. Porque temia que Fumero, tarde o temprano, le encontraria. Julian me escucho en silencio, sosteniendome en sus brazos y acariciandome el pelo. Era la primera vez en anos que sentia que, por una vez, me podia apoyar en el. Quise besarle, enferma de soledad, pero Julian no tenia labios ni piel que entregarme. Me dormi en sus brazos, acurrucada en el lecho de su habitacion, un camastro de muchacho. Cuando desperte, Julian no estaba alli. Escuche sus pasos en el terrado al alba y fingi estar todavia dormida. Mas tarde, aquella manana, oi la noticia por la radio sin caer en la cuenta. Un cuerpo habia sido hallado en un banco en el paseo del Borne, contemplando la basilica de Santa Maria del Mar sentado con las manos cruzadas sobre el regazo. Una bandada de palomas que le picoteaban los ojos llamo la atencion de un vecino, que alerto a la policia. El cadaver tenia el cuello roto. La senora Sanmarti lo identifico como el de su esposo, Pedro Sanmarti Monegal. Cuando el suegro del difunto recibio la noticia en su asilo de Banolas, dio gracias al cielo y se dijo que ahora ya podia morir en paz.

13

Julian escribio una vez que las casualidades son las cicatrices del destino. No hay casualidades, Daniel. Somos titeres de nuestra inconsciencia. Durante anos habia querido creer que Julian seguia siendo el hombre de quien me habia enamorado, o sus cenizas. Habia querido creer que saldriamos adelante con soplos de miseria y de esperanza. Habia querido creer que Lain Coubert habia muerto y habia regresado a las paginas de un libro. Las personas estamos dispuestas a creer cualquier cosa antes que la verdad.

El asesinato de Sanmarti me abrio los ojos. Comprendi que Lain Coubert seguia vivo y coleando. Mas que nunca. Se hospedaba en el cuerpo ajado por las llamas de aquel hombre del que no quedaba ni la voz y se alimentaba de su memoria. Descubri que habia encontrado el modo de entrar y salir del piso de la Ronda de San Antonio a traves de una ventana que daba al tragaluz central sin necesidad de forzar la puerta que yo cerraba cada vez que me iba de alli. Descubri que Lain Coubert, disfrazado de Julian, habia estado recorriendo la ciudad, visitando el caseron de los Aldaya. Descubri que en su locura habia regresado a aquella cripta y habia quebrado las lapidas, que habia extraido los sarcofagos de Penelope y de su hijo. "?Que has hecho, Julian?"

La policia me esperaba en casa para interrogarme sobre la muerte del editor Sanmarti. Me condujeron a jefatura, donde despues de cinco horas de espera en un despacho a oscuras, se presento Fumero vestido de negro y me ofrecio un cigarrillo.

- Usted y yo podriamos ser buenos amigos, senora Moliner. Me dicen mis hombres que su esposo no esta en casa.

- Mi marido me ha dejado. No se donde esta.

Me derribo de la silla de una bofetada brutal. Me arrastre hasta un rincon, presa de panico. No me atrevi a alzar la vista. Fumero se arrodillo a mi lado y me aferro del pelo.

- Enterate bien, furcia de mierda: le voy a encontrar, y cuando lo haga, os matare a los dos. A ti primero, para que el te vea con las tripas colgando. Y luego a el, una vez le haya contado que la otra ramera a la que envio a la tumba era su hermana.

- Antes te matara el a ti, hijo de puta.

Fumero me escupio en la cara y me solto. Crei entonces que me iba a destrozar de una paliza, pero escuche sus pasos alejandose por el pasillo. Temblando, me incorpore y me limpie la sangre de la cara. Podia oler la mano de aquel hombre en la piel, pero esta vez reconoci el hedor del miedo.

Me retuvieron en aquel cuarto, a oscuras y sin agua, durante seis horas. Cuando me soltaron ya era de noche. Llovia a cantaros y las calles ardian de vapor. Al llegar a casa me encontre un mar de escombros. Los hombres de Fumero habian estado alli. Entre muebles caidos, cajones y estanterias derribadas, encontre mi ropa hecha jirones y los libros de Miquel destrozados. Sobre mi cama encontre una pila de heces y sobre la pared, escrito con excrementos, se leia "Puta".

Corri al piso de la Ronda de San Antonio, dando mil rodeos y asegurandome de que ninguno de los esbirros de Fumero me hubiera seguido hasta el portal de la calle Joaquin Costa. Cruce los tejados anegados de lluvia y comprobe que la puerta del piso seguia cerrada. Entre con sigilo, pero el eco de mis pasos delataba la ausencia. Julian no estaba alli. Le espere sentada en el comedor oscuro, escuchando la tormenta, hasta el alba. Cuando la bruma del amanecer lamio los postigos del balcon, subi al terrado y contemple la ciudad aplastada bajo cielos de plomo. Supe que Julian no volveria alli. Ya le habia perdido para siempre.

Volvi a verle dos meses despues. Me habia metido en un cine por la noche, sola, incapaz de volver al piso vacio y frio. A media pelicula, una bobada de amorios entre una princesa rumana deseosa de aventura y un apuesto reportero norteamericano inmune al despeine, un individuo se sento a mi lado. No era la primera vez. Los cines de aquella epoca andaban plagados de fantoches que apestaban a soledad, orines y colonia, blandiendo sus manos sudorosas y temblorosas como lenguas de carne muerta. Me disponia a levantarme y avisar al acomodador cuando reconoci el perfil ajado de Julian. Me aferro la mano con fuerza y permanecimos asi, mirando a la pantalla sin verla.

- ?Mataste tu a Sanmarti? -murmure.

- ?Alguien le encuentra a faltar?

Hablabamos con susurros, bajo la atenta mirada de los hombres solitarios sembrados por el patio de butacas que se recomian de envidia ante el aparente exito de aquel sombrio competidor. Le pregunte donde se habia estado ocultando pero no me respondio.