Baje la mirada y observe que el rastro de pisadas en el polvo llegaba hasta la puerta cerrada.
- Alguien ha entrado en la habitacion -dije-. Recientemente.
- No me asuste -dijo la portera.
Me acerque a la otra puerta. No tenia cerradura. Cedio al tacto, deslizandose hacia el interior con un gemido herrumbroso. En el centro descansaba una vieja cama de palanquin, deshecha. Las sabanas amarilleaban como sudarios. Un crucifijo presidia sobre el lecho. Habia un pequeno espejo sobre una comoda, una vasija, una jarra y una silla. Un armario entreabierto reposaba contra la pared. Rodee la cama hasta una mesita de noche cubierta con un cristal que aprisionaba estampas de antepasados, recordatorios de funerales y billetes de loteria. Encima de la mesita habia una caja de musica de madera labrada y un reloj de bolsillo congelado para siempre a las cinco y veinte. Intente dar cuerda a la caja de musica, pero la melodia se trabo despues de seis notas. Abri el cajon de la mesita de noche. Encontre un estuche de gafas vacio, un cortaunas, un frasco de petaca y una medalla de la virgen de Lourdes. Nada mas.
- Tiene que haber una llave de esa habitacion en alguna parte -dije.
- La tendra el administrador. Mire, digo yo que mejor nos vamos y...
Me cayeron los ojos a la caja de musica. Levante la tapa y alli, bloqueando el mecanismo, encontre una llave dorada. La tome, y la caja de musica reemprendio su tintineo. Reconoci una melodia de Ravel.
- Esta tiene que ser la llave -sonrei a la portera.
- Oiga, si el cuarto estaba cerrado, seria por algo. Aunque solo sea por respeto a la memoria de...
- Si lo prefiere, puede usted esperarme en la porteria, dona Aurora.
- Es usted un demonio. Ande, abrala de una vez.
16
Un vahido de aire frio silbo por el orificio de la cerradura, lamiendome los dedos mientras insertaba la llave. El senor Fortuny habia hecho instalar un cerrojo en la puerta de la habitacion desocupada de su hijo que hacia tres del que tenia en la puerta del piso. Dona Aurora me miraba con aprension, como si estuviesemos a punto de abrir la caja de Pandora.
- ?Da esta habitacion a la fachada de la calle? -pregunte.
La portera nego.
- Tiene una ventana pequena, un respiradero que da al tragaluz.
Empuje la puerta hacia el interior. Un pozo de oscuridad se abrio ante nosotros, impenetrable. La tenue claridad a nuestras espaldas nos precedio como un aliento que apenas conseguia aranar las sombras. La ventana que se asomaba al patio estaba cubierta con las paginas amarillentas de un periodico. Arranque las hojas de diario y una aguja de luz vaporosa taladro la tiniebla.
- Jesus, Maria y Jose -murmuro la portera junto a mi.
La habitacion estaba infestada de crucifijos. Pendian de la techumbre, ondeando del extremo de cordeles, y cubrian las paredes fijados con clavos. Se contaban por decenas. Podian intuirse en los rincones, grabados a cuchillo en los muebles de madera, aranados en las baldosas, pintados en rojo sobre los espejos. Las pisadas que llegaban hasta el umbral de la puerta trazaban un rastro en el polvo en torno a una cama desnuda hasta el somier, apenas ya un esqueleto de alambre y madera carcomida. En un extremo de la alcoba, bajo la ventana del tragaluz, habia un escritorio de consola cerrado y coronado por un trio de crucifijos de metal. Lo abri cuidadosamente. No habia polvo en las junturas del fuelle de madera, con lo que supuse que el escritorio habia sido abierto no hacia mucho. El escritorio tenia seis cajones. Los cierres habian sido forzados. Los inspeccione uno a uno. Vacios.
Me arrodille frente al escritorio. Palpe con los dedos los aranazos en la madera. Imagine las manos de Julian Carax trazando aquellos garabatos, jeroglificos cuyo sentido se habia llevado el tiempo. En el fondo del escritorio se adivinaba una pila de cuadernos y una vasija con lapices y plumas. Tome uno de los cuadernos y lo ojee. Dibujos y palabras sueltas. Ejercicios de calculo. Frases sueltas, citas de libros. Versos inacabados. Todos los cuadernos parecian iguales. Algunos dibujos se repetian pagina tras pagina, con diferentes matices. Me llamo la atencion la figura de un hombre que parecia hecho de llamas. Otra describia lo que hubiera podido ser un angel o un reptil enroscado en una cruz. Se adivinaban esbozos de un caseron de aspecto extravagante, tramado de torreones y arcos catedralicios. El trazo mostraba seguridad y cierto instinto. El joven Carax mostraba las trazas de un dibujante de cierto talento, pero todas las imagenes se quedaban en esbozos.
Estaba por devolver el ultimo cuaderno a su lugar sin inspeccionarlo cuando algo se deslizo de entre sus paginas y cayo a mis pies. Era una fotografia en la que reconoci a la misma muchacha que aparecia en la imagen quemada tomada al pie de aquel edificio. La chica posaba en un suntuoso jardin y, entre las copas de los arboles, se adivinaba la forma. de la casa que acababa de ver esbozada en los dibujos de adolescente de Carax. La reconoci al instante. La torre de "El Frare Blanc", en la avenida del Tibidabo. Al dorso de la fotografia venia una inscripcion que decia simplemente:
Te quiere, Penelope
Me la guarde en el bolsillo, cerre el escritorio y sonrei a la portera.
- ?Visto? -pregunto, ansiosa por salir de aquel lugar.
- Casi -dije-. Antes me dijo usted que al poco de marchar Julian a Paris llego una carta para el, pero su padre le dijo que la tirase...
La portera dudo un instante, luego asintio.
- La carta la puse yo en el cajon de la comoda del recibidor, por si la francesa volvia algun dia. Ahi estara todavia...
Nos acercamos hasta la comoda y abrimos el cajon superior. Un sobre ocre languidecia entre una coleccion de relojes parados, botones y monedas que habian dejado de estar en curso veinte anos atras. Cogi el sobre y lo examine.
- ?La leyo usted?
- Oiga, ?por quien me toma?
- No se ofenda. Seria lo mas normal dadas las circunstancias, al pensar usted que el pobre Julian estaba difunto...
La portera se encogio de hombros, bajando la mirada y retirandose hacia la puerta. Aproveche el momento para guardarme la carta en el bolsillo interior de la chaqueta y cerrar el cajon.
- Mire, no se vaya usted a hacer una idea equivocada -dijo la portera.
- Pues claro que no. ?Que decia la carta?
- Era de amor. Como las de la radio, pero mas triste, eso si, porque aquella sonaba a que era de verdad. Mire que al leerla me entraron ganas de llorar.
- Es usted toda corazon, dona Aurora.
- Y usted es un demonio.
Aquella misma tarde, despues de despedirme de dona Aurora y prometerle que la mantendria informada acerca de mis pesquisas sobre Julian Carax, me acerque al despacho del administrador de la finca. El senor Molins habia visto mejores tiempos y ahora languidecia en un despacho cochambroso sepultado en un entresuelo de la calle Floridablanca. Molins era un individuo risueno y orondo aferrado a un puro a medio fumar que parecia crecerle del bigote. Era dificil determinar si estaba dormido o despierto, porque respiraba como quien ronca. Tenia el pelo grasiento y aplastado sobre la frente, la mirada porcina y picara. Vestia un traje por el que no le hubieran dado ni diez pesetas en el mercado de Los Encantes, pero lo compensaba con una estrepitosa corbata de colorido tropical. A juzgar por el aspecto de la oficina, alli ya apenas se administraban musaranas y catacumbas de una Barcelona, de antes de la Restauracion.
- Estamos de reformas -dijo Molins a modo de disculpa.
Para romper el hielo, deje caer el nombre de dona Aurora como si se tratase de una vieja amiga de la familia.
- Mire que estaba mollar de joven, la verdad -comento Molins-. Los anos la han puesto fondona, claro que yo tampoco soy el que era. Aqui donde me ve, yo a la edad de usted era un adonis. De rodillas se me ponian las chavalas para que les hiciera un favor, cuando no un hijo. El siglo veinte es una mierda. En fin, ?que se le ofrece a usted, joven?