Miquel Moliner / Nuria Monfort
Ascendi lentamente, casi temiendo que la finca se derribaria si me atrevia a pisar firme sobre aquellos peldanos diminutos, de casa de munecas. Habia dos puertas por rellano, sin numero ni distincion. Al llegar al tercero escogi una al azar y llame con los nudillos. La escalera olia a humedad, a piedra envejecida y a arcilla. Llame varias veces sin obtener respuesta. Decidi probar suerte con la otra puerta. Golpee la puerta con el puno tres veces. Dentro del piso podia oirse una radio a todo volumen transmitiendo el programa "Momentos para la Reflexion con el padre Martin Calzado".
Me abrio la puerta una senora en bata acolchada a cuadros color turquesa, pantuflas y un casco de rulos. En la penuria de luz me parecio un buzo. A su espalda, la voz aterciopelada del padre Martin Calzado dedicaba unas palabras al patrocinador del programa, los productos de belleza Aurorin, predilectos de los peregrinos al santuario de Lourdes y verdadera mano de santo con pustulas y verrugones irreverentes.
- Buenas tardes. Estaba buscando a la senora Monfort.
- ?La Nurieta? Se equivoca usted de puerta, joven. Es ahi enfrente.
- Usted perdone. Es que he llamado y no habia nadie.
- ?No sera un acreedor, verdad? -pregunto de pronto la vecina con el recelo de la experiencia.
- No. Vengo de parte del padre de la senora Monfort.
- Ah, bueno. La Nurieta estara abajo, leyendo. ?No la ha visto usted al subir?
Al bajar a la calle comprobe que la mujer de los cabellos plateados y el libro en las manos seguia varada en su banco de la plaza. La observe con detenimiento. Nuria Monfort era una mujer mas que atractiva, de rasgos tallados para figurines de moda y retratos de estudio, a la que la juventud parecia estar escapandosele por la mirada. Habia algo de su padre en aquel talle fragil y pincelado. Supuse que debia de rondar los cuarenta y pocos, dejandome llevar, si acaso, por los trazos de cabello plateado y las lineas que ajaban un rostro que, a media luz, hubiera podido pasar por diez anos mas joven.
- ?Senora Monfort?
Me miro como quien despierta de un trance, sin verme.
- Mi nombre es Daniel Sempere. Su padre me dio sus senas hace algun tiempo y me dijo que tal vez usted podria hablarme sobre Julian Carax.
Al oir estas palabras, toda expresion de ensueno se desvanecio de su rostro. Intui que mencionar a su padre no habia sido un acierto.
- ?Que es lo que quiere? -pregunto con recelo.
Senti que si no ganaba su confianza en aquel mismo instante, habria perdido mi oportunidad. La unica carta que podia jugar era decir la verdad.
- Permitame que me explique. Hace ocho anos, casi por casualidad, encontre en el Cementerio de los Libros Olvidados una novela de Julian Carax que usted habia ocultado alli para evitar que un hombre que se hace llamar Lain Coubert la destruyese -dije.
Me miro fijamente, inmovil, como si temiese que el mundo fuera a desmoronarse a su alrededor.
- Solo le voy a robar unos minutos -anadi-. Se lo prometo.
Asintio, abatida.
- ?Como esta mi padre? -pregunto, rehuyendome la mirada.
- Bien. Algo mayor ya. La extrana a usted mucho.
Nuria Monfort dejo escapar un suspiro que no supe descifrar.
- Mejor que suba usted a casa. No quiero hablar de esto en la calle.
20
Nuria Monfort vivia en sombras. Un angosto pasillo conducia a un comedor que hacia las veces de cocina, biblioteca y oficina. De camino pude entrever un dormitorio modesto, sin ventanas. Aquello era todo. El resto de la vivienda se reducia a un bano minusculo, sin ducha ni pica, por el que penetraban toda suerte de aromas, desde los olores de las cocinas del bar de abajo al aliento de canerias y tuberias que rondaban el siglo. Aquella casa yacia en perpetua penumbra, un balcon de oscuridades sostenido entre muros despintados. Olia a tabaco negro, a frio y a ausencias. Nuria Monfort me observaba mientras yo fingia no reparar en lo precario de su vivienda.
- Bajo a la calle a leer porque en el piso apenas hay luz -dijo-. Mi marido ha prometido regalarme un flexo cuando vuelva a casa.
- ?Esta su esposo de viaje?
- Miquel esta en la carcel.
- Disculpe, no sabia...
- No tenia usted por que saberlo. No me averguenza decirselo, porque mi marido no es un criminal. Esta ultima vez se lo llevaron por imprimir octavillas para el sindicato de metalurgia. De eso hace ya dos anos. Los vecinos creen que esta en America, de viaje. Mi padre tampoco lo sabe, y no me gustaria que se enterase.
- Quede tranquila. Por mi no habra de saberlo -dije.
Se tramo un silencio tenso y supuse que ella veia en mi a un espia de Isaac.
- Debe de ser duro sacar adelante la casa, sola -dije tontamente, por llenar aquel vacio.
- No es facil. Saco lo que puedo con las traducciones, pero con un marido en prision no da para mucho. Los abogados me han desangrado y estoy de deudas hasta el cuello. Traducir da casi tan poco como escribir.
Me observo como si esperase alguna respuesta. Me limite a sonreir docilmente.
- ?Traduce usted libros?
- Ya no. Ahora he empezado a traducir impresos, contratos y documentos de aduanas, porque se paga mucho mejor. Traducir literatura da una miseria, aunque algo mas que escribirla, la verdad. La comunidad de vecinos ya ha intentado echarme un par de veces. Lo de menos es que me retrase en los pagos de los gastos de la comunidad. Imaginese usted, hablando idiomas y llevando pantalones. Mas de uno me acusa de tener en este piso una casa de citas. Otro gallo me cantaria...
Confie en que la penumbra ocultase mi sonrojo.
- Perdone. No se por que le cuento todo esto. Le estoy avergonzando.
- Es culpa mia. Yo he preguntado.
Se rio, nerviosa. La soledad que desprendia aquella mujer quemaba.
- Se parece usted un poco a Julian -dijo de repente-. En la manera de mirar y en los gestos. El hacia como usted. Se quedaba callado, mirandote sin que pudieses saber lo que pensaba, y una iba y como una tonta le contaba cosas que mas valdria callarse... ?puedo ofrecerle algo?, ?cafe con leche?
- Nada, gracias. No se moleste.
- No es molestia. Iba a hacerme uno para mi.
Algo me hizo sospechar que aquel cafe con leche era toda su comida del mediodia. Decline de nuevo la invitacion y la vi retirarse hasta un rincon del comedor donde habia un hornillo electrico.
- Pongase comodo -dijo, dandome la espalda.
Mire a mi alrededor y me pregunte como. Nuria Monfort tenia su despacho en un escritorio que ocupaba la esquina junto al balcon. Una maquina de escribir Underwood reposaba junto a un quinque y una estanteria repleta de diccionarios y manuales. No habia fotos de familia, pero la pared frente al escritorio estaba recubierta de tarjetas postales, todas ellas estampas de un puente que recordaba haber visto en algun sitio pero que no pude identificar, quiza Paris o Roma. Al pie de este mural, el escritorio respiraba una pulcritud y una meticulosidad casi obsesiva. Los lapices estaban afilados y alineados a la perfeccion. Los papeles y carpetas estaban ordenados y dispuestos en tres hileras simetricas. Cuando me volvi me di cuenta de que Nuria Monfort me observaba desde el umbral del pasillo. Me contemplaba en silencio, como se mira a los extranos en la calle o en el metro. Encendio un cigarrillo y permanecio donde estaba, su rostro velado en las volutas de humo azul. Pense que Nuria Monfort destilaba, a su pesar, trazas de mujer fatal, de las que encandilaban a Fermin cuando aparecian entre las nieblas de una estacion en Berlin envueltas en halos de luz imposible, y que tal vez su propio aspecto la aburria.