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- ?Eres su novio? -pregunto una de ellas-. ?El alferez?

Me limite a ofrecer una sonrisa vacia, que tomaron por asentimiento. Solo me la devolvio la tercera muchacha, con timidez y desviando la mirada. Las otras dos se adelantaron, desafiantes.

- Te imaginaba diferente -dijo la que parecia la jefa del comando.

- ?Y el uniforme? -pregunto la segunda oficiala, observandome con desconfianza.

- Estoy de permiso. ?Sabeis si se ha marchado ya?

- Beatriz no ha venido hoy a clase -informo la jefa, con aire desafiante.

- Ah, ?no?

- No -confirmo la teniente de dudas y recelos-. Si eres su novio, deberias saberlo.

- Soy su novio, no un guardia civil.

- Anda, vayamonos, este es un mamarracho -concluyo la jefa.

Ambas pasaron a mi lado dedicandome una mirada de soslayo y una media sonrisa de asco. La tercera, rezagada, se detuvo un instante antes de salir y, asegurandose de que las otras no la veian, me susurro al oido:

- Beatriz tampoco vino el viernes.

- ?Sabes por que?

- Tu no eres su novio, ?verdad?

- No. Solo un amigo.

- Me parece que esta enferma.

- ?Enferma?

- Eso dijo una de las chicas que la llamo a casa. Ahora tengo que irme.

Antes de que pudiese agradecerle su ayuda, la muchacha partio al encuentro de las otras dos, que la esperaban con ojos fulminantes en el otro extremo del claustro.

- Daniel, algo habra pasado. Una tia abuela que se ha muerto, un loro con paperas, un catarro de tanto andar con el trasero al aire... sabe Dios el que. En contra de lo que usted cree a pies juntillas, el universo no gira en torno a las apetencias de su entrepierna. Otros factores influyen en el devenir de la humanidad.

- ?Se cree que no lo se? Parece que no me conozca, Fermin.

- Querido, si Dios hubiera querido darme caderas mas amplias, hasta le podria haber parido: asi de bien le conozco. Hagame caso. Salga de su cabeza y tome la fresca. La espera es el oxido del alma.

- Asi que le parezco a usted ridiculo.

- No. Me parece preocupante. Ya se que a su edad estas cosas parecen el fin del mundo, pero todo tiene un limite. Esta noche usted y yo nos vamos de picos pardos a un local de la calle Plateria que al parecer esta causando furor. Me han dicho que hay unas famulas nordicas recien llegadas de Ciudad Real que le quitan a uno hasta la caspa. Yo invito.

- ?Y la Bernarda que dira?

- Las ninas son para usted. Yo pienso esperar en la salita, leyendo una revista y contemplando el percal de lejos, porque me he convertido a la monogamia, si no in mentis al menos de facto.

- Se lo agradezco, Fermin, pero...

- Un chaval de dieciocho anos que rechaza una oferta asi no esta en posesion de sus facultades. Hay que hacer algo ahora mismo. Tenga.

Se hurgo los bolsillos y me tendio unas monedas. Me pregunte si aquellos eran los doblones con los que pensaba financiar la visita al suntuoso haren de las ninfas mesetarias.

- Con esto no nos dan ni las buenas noches, Fermin.

- Usted es de los que se caen del arbol y nunca llegan a tocar el suelo. ?Se cree de verdad que le voy a llevar de putas y devolverselo forrado de gonorrea a su senor padre, que es el hombre mas santo que he conocido? Lo de las nenas se lo decia para ver si reaccionaba, apelando a la unica parte de su persona que parece funcionar. Esto es para que vaya al telefono de la esquina y llame a su enamorada con algo de intimidad.

- Bea me dijo expresamente que no la llamase.

- Tambien le dijo que llamaria el viernes. Estamos a lunes. Usted mismo. Una cosa es creer en las mujeres y otra creerse lo que dicen.

Convencido por sus argumentos, me escabulli de la libreria hasta el telefono publico de la esquina y marque el numero de los Aguilar. Al quinto tono, alguien alzo el telefono al otro lado y escucho en silencio, sin contestar. Pasaron cinco segundos eternos.

- ?Bea? -murmure-. ?Eres tu?

La voz que contesto me cayo como un martillazo en el estomago.

- Hijo de puta, te juro que te voy a arrancar el alma a hostias.

El tono era acerado, de pura rabia contenida. Fria y serena. Eso es lo que me dio mas miedo. Podia imaginar al senor Aguilar sosteniendo el telefono en el recibidor de su casa, el mismo que yo habia utilizado muchas veces para llamar a mi padre y decirle que me retrasaba despues de pasar la tarde con Tomas. Me quede escuchando la respiracion del padre de Bea, mudo, preguntandome si me habria reconocido por la voz.

- Veo que no tienes cojones ni para hablar, desgraciado. Cualquier mierda seca es capaz de hacer lo que tu, pero al menos un hombre tendria el valor de dar la cara. A mi se me caeria la cara de verguenza de saber que una chica de diecisiete anos tiene mas huevos que yo, porque ella no ha querido decir quien eres y no lo dira. La conozco. Y ya que tu no tienes las agallas de dar la cara por Beatriz, ella va a pagar por lo que tu has hecho.

Cuando colgue el telefono me temblaban las manos. No fui consciente de lo que acababa de hacer hasta que deje la cabina y arrastre los pies de vuelta a la libreria. No me habia parado a considerar que mi llamada solo iba a empeorar la situacion en la que ya se encontrase Bea. Mi unica preocupacion habia sido mantener el anonimato y esconder la cara, renegando de aquellos a quienes decia querer y quienes me limitaba a utilizar. Lo habia hecho va cuando el inspector Fumero habia golpeado a Fermin. Lo habia hecho de nuevo al abandonar a Bea a su suerte. Volveria a hacerlo en cuanto las circunstancias me brindasen la oportunidad. Permaneci en la calle diez minutos, intentando calmarme, antes de volver a entrar en la libreria. Quiza debia llamar otra vez y decirle al senor Aguilar que si, que era yo, que estaba atontado por su hija y que ahi se acababa el cuento. Si luego le apetecia venir con su uniforme de comandante a romperme la cara, estaba en su derecho.

Regresaba ya a la libreria cuando adverti que alguien me observaba desde un portal al otro lado de la calle. Al principio pense que se trataba de don Federico, el relojero, pero me basto un simple vistazo para comprobar que se trataba de un individuo mas alto y de constitucion mas solida. Me detuve a devolverle la mirada y, para mi sorpresa, asintio, como si quisiera saludarme e indicarme que no le importaba en absoluto que hubiera reparado en su presencia. La luz de una farola le caia sobre el rostro de perfil. Las facciones me resultaron familiares. Se adelanto un paso y, abrochandose la gabardina hasta arriba, me sonrio y se alejo entre los transeuntes en direccion a las Ramblas. Le reconoci entonces como el agente de policia que me habia sujetado mientras el inspector Fumero atacaba a Fermin. Al entrar en la libreria, Fermin alzo la vista y me lanzo una mirada inquisitiva.

- ?Y esa cara que trae?

- Fermin, creo que tenemos un problema.

Aquella misma noche pusimos en marcha el plan de alta intriga y baja consistencia que habiamos concebido dias atras con don Gustavo Barcelo.

- Lo primero es asegurarnos de que esta usted en lo cierto y somos objeto de vigilancia policial. Ahora, como quien no quiere la cosa, nos vamos a acercar dando un paseo hasta Els Quatre Gats para ver si ese individuo todavia esta ahi fuera, al acecho. Pero a su padre ni una palabra de todo esto, o va a acabar por criar una piedra en el rinon.

- ?Y que quiere que le diga? Ya hace tiempo que anda con la mosca detras de la oreja.

- Digale que va a por pipas o a por polvos para hacer un flan.

- ?Y por que tenemos que ir a Els Quatre Gats precisamente?

- Porque ahi sirven los mejores bocadillos de longaniza en un radio de cinco kilometros y en algun sitio tenemos que hablar. No me sea cenizo y haga lo que le digo, Daniel.

Dando por bienvenida cualquier actividad que me mantuviese alejado de mis pensamientos, obedeci docilmente y un par de minutos mas tarde salia a la calle tras haberle asegurado a mi padre que estaria de vuelta a la hora de la cena. Fermin me esperaba en la esquina de la Puerta del Angel. Tan pronto me reuni con el, hizo un gesto con las cejas y me indico que echara a andar.