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- Pues que conversacion tan aburrida.

- La Bernarda dice que se te ve muy guapo, hecho todo un hombre.

- Tomo muchas vitaminas. Un largo silencio.

- Daniel, ?crees que podremos volver a ser amigos algun dia? ?Cuantos anos haran falta para que me perdones?

- Amigos ya somos, Clara, y yo no tengo nada que perdonarte. Ya lo sabes.

- Mi tio dice que andas todavia indagando sobre Julian Carax. A ver si te pasas un dia por casa a merendar y me cuentas novedades. Yo tambien tengo cosas que contarte.

- Uno de estos dias, sin falta.

- Me voy a casar, Daniel.

Me quede mirando el auricular. Tuve la impresion de que los pies se me hundian en el suelo o de que mi esqueleto encogia unos centimetros.

- Daniel, ?estas ahi?

- Si.

- Te ha sorprendido.

Trague saliva con la consistencia de cemento armado.

- No. Lo que me sorprende es que no te hayas casado ya. Pretendientes no te habran faltado. ?Quien es el afortunado?

- No le conoces. Se llama Jacobo. Es un amigo de mi tio Gustavo. Directivo del Banco de Espana. Nos conocimos en un recital de opera que organizo mi tio. Jacobo es un apasionado de la opera. Es mayor que yo, pero somos muy buenos amigos y eso es lo que importa, ?no te parece?

Se me encendio la boca de malicia, pero me mordi la lengua. Sabia a veneno.

- Claro... Oye, pues nada, felicidades.

- Nunca me perdonaras, ?verdad, Daniel? Para ti siempre sere Clara Barcelo, la perfida.

- Para mi siempre seras Clara Barcelo, punto. Y eso tambien lo sabes.

Medio otro silencio, de aquellos en los que crecen las canas a traicion.

- ?Y tu, Daniel? Fermin me dice que tienes una novia guapisima.

- Tengo que dejarte ahora, Clara, me entra un cliente. Te llamo un dia de esta semana y quedamos para merendar. Felicidades otra vez.

Colgue el telefono y suspire.

Mi padre regreso de su visita al cliente con el semblante abatido y pocas ganas de conversacion. Preparo la cena mientras yo ponia la mesa, sin preguntarme apenas por Fermin o por la jornada en la libreria. Cenamos con la mirada hundida en el plato y atrincherados en la chachara de las noticias de la radio. Mi padre apenas habia tocado su plato. Se limitaba a remover aquella sopa aguada y sin sabor con la cuchara, como si buscase oro en el fondo.

- No has probado bocado -dije.

Mi padre se encogio de hombros. La radio seguia ametrallandonos con sandeces. Mi padre se levanto y la apago.

- ?Que decia la carta del ejercito? -pregunto finalmente.

- Me incorporo en dos meses.

Crei que la mirada le envejecia diez anos.

- Barcelo me dice que me va a buscar un enchufe para que me trasladen al Gobierno Militar en Barcelona despues del campamento. Hasta podre venir a dormir a casa -ofreci.

Mi padre replico con un asentimiento anemico. Se me hizo doloroso sostenerle la mirada y me levante a recoger la mesa. Mi padre permanecio sentado, con la vista extraviada y las manos cruzadas bajo la barbilla. Me disponia a fregar los platos cuando escuche los pasos repiqueteando en la escalera. Pasos firmes, apresurados, que castigaban el piso y conjuraban un codigo funesto. Alce la vista y cruce una mirada con mi padre. Las pisadas se detuvieron en nuestro rellano. Mi padre se incorporo, inquieto. Un segundo mas tarde se escucharon varios golpes en la puerta y una voz atronadora, rabiosa y vagamente familiar.

- ?Policia! ?Abran!

Mil dagas me apunalaran el pensamiento. Una nueva andanada de golpes hicieron tambalearse la puerta. Mi padre se dirigio hasta el umbral y alzo la rejilla de la mirilla.

- ?Que quieren ustedes a estas horas?

- O abre esta puerta o la tiramos a patadas, senor Sempere. No me haga repetirselo.

Reconoci la voz de Fumero y me invadio un aliento helado. Mi padre me lanzo una mirada inquisitiva. Asenti. Ahogando un suspiro, abrio la puerta. Las siluetas de Fumero y sus dos secuaces de rigor se recortaban en el reluz amarillento del umbral. Gabardinas grises arrastrando titeres de ceniza.

- ?Donde esta? -grito Fumero, apartando a mi padre de un manotazo y abriendose paso hacia el comedor.

Mi padre hizo un amago de detenerle, pero uno de los agentes que cubria las espaldas del inspector le aferro del brazo y le empujo contra la pared, sujetandole con la frialdad y la eficacia de una maquina acostumbrada a la tarea. Era el mismo individuo que nos habia seguido a Fermin y a mi, el mismo que me habia sujetado mientras Fumero apaleaba a mi amigo frente al asilo de Santa Lucia, el mismo que me habia vigilado un par de noches atras. Me lanzo una mirada vacia, inescrutable. Sali al encuentro de Fumero, blandiendo toda la calma que era capaz de fingir. El inspector tenia los ojos inyectados en sangre. Un aranazo reciente le recorria la mejilla izquierda, ribeteado de sangre seca.

- ?Donde esta?

- ?El que?

Fumero dejo caer los ojos y sacudio la cabeza, murmurando para, si. Cuando alzo el rostro exhibia una mueca canina en los labios y un revolver en la mano. Sin apartar sus ojos de los mios, Fumero le clavo un culatazo al jarron con flores marchitas sobre la mesa. El jarron estallo en pedazos, derramando el agua y los tallos ajados sobre el mantel. A mi pesar, me estremeci. Mi padre vociferaba en el recibidor bajo la presa de los dos agentes. Apenas pude descifrar sus palabras. Todo cuanto era capaz de absorber era la presion helada del canon del revolver hundido en mi mejilla y el olor a polvora.

- A mi no me jodas, ninato de mierda, o tu padre va a tener que recoger tus sesos del suelo. ?Me oyes?

Asenti, temblando. Fumero presionaba el canon del arma con fuerza contra mi pomulo. Senti que me cortaba la piel, pero no me atrevi ni a parpadear.

- Es la ultima vez que te lo pregunto. ?Donde esta?

Me vi a mi mismo reflejado en las pupilas negras del inspector, que se contraian lentamente al tiempo que tensaba el percutor con el pulgar.

- Aqui no. No le he visto desde el mediodia. Es la verdad.

Fumero permanecio inmovil durante casi medio minuto, hurgandome la cara con el revolver y relamiendose los labios.

- Lerma -ordeno-. Eche un vistazo.

Uno de los agentes se apresuro a inspeccionar el piso. Mi padre forcejeaba en vano con el tercer policia.

- Como me hayas mentido y lo encontremos en esta casa, te juro que le rompo las dos piernas a tu padre -susurro Fumero.

- Mi padre no sabe nada. Dejele en paz.

- Tu si que no sabes ni a lo que juegas. Pero en cuanto trinque a tu amigo, se acabo el juego. Ni jueces, ni hospitales, ni hostias. Esta vez me voy a encargar personalmente de sacarle de la circulacion. Y voy a disfrutar haciendolo, creeme. Me voy a tomar mi tiempo. Se lo puedes decir si lo ves. Porque voy a encontrarle aunque se esconda debajo de las piedras. Y tu tienes el siguiente numero.,

El agente Lerma reaparecio en el comedor e intercambio una mirada con Fumero, una leve negativa. Fumero aflojo el percutor y retiro el revolver.

- Lastima -dijo Fumero.

- ?De que le acusa? ?Por que le busca?

Fumero me dio la espalda y se aproximo a los dos agentes que, a su senal, soltaron a mi padre.

- Se va usted a acordar de esto -escupio mi padre.

Los ojos de Fumero se posaron sobre el. Instintivamente, mi padre dio un paso atras. Temi que la visita del inspector no hubiera hecho mas que empezar, pero subitamente Fumero sacudio la cabeza, riendose por lo bajo, y abandono el piso sin mas ceremonia. Lerma le siguio. El tercer policia, mi perpetuo centinela, se detuvo un instante en el umbral. Me miro en silencio, como si quisiera decirme algo.

- ?Palacios! -bramo Fumero, su voz desdibujada en el eco de la escalera.

Palacios bajo la mirada y desaparecio por la puerta. Sali al rellano. Cuchillas de luz se perfilaban desde las puertas entreabiertas de varios vecinos, sus rostros atemorizados asomados en la penumbra. Las tres siluetas oscuras de los policias se perdian escaleras abajo y el repiqueteo furioso de sus pasos se batia en retirada como marea envenenada, dejando un rastro de miedo y negrura.