- ?Quien va?
Reconoci la voz de Cecilia, una de las doncellas al servicio de la familia Aguilar.
- Soy Daniel Sempere, Cecilia.
La mirilla se cerro y en unos segundos se inicio el concierto de cerrojos y pasadores que blindaban la entrada al piso. El porton se abrio lentamente y me recibio Cecilia, encofrada y con uniforme, portando un cirio en un portavelas. Por su expresion de alarma intui que debia de ofrecerle un aspecto cadaverico.
- Buenas tardes, Cecilia. ?Esta Bea?
Me miro sin comprender. En el protocolo conocido de la casa, mi presencia, que en los ultimos tiempos era un accidente inusual, se asociaba unicamente a Tomas, mi antiguo companero de escuela.
- La senorita Beatriz no esta...
- ?Ha salido?
Cecilia, que apenas era un susto perpetuamente cosido a un delantal, asintio.
- ?Sabes cuando volvera?
La doncella se encogio de hombros.
- Marcho con los senores al medico hara unas dos horas.
- ?Al medico? ?Esta enferma?
- No lo se, senorito.
- ?A que doctor han ido?
- Yo eso no lo se, senorito.
Decidi no martirizar mas a la pobre doncella. La ausencia de los padres de Bea me abria otros caminos a explorar.
- ?Y Tomas, esta en casa?
- Si, senorito. Pase, que le aviso.
Me adentre en el recibidor y espere. En otros tiempos hubiera ido directamente a la habitacion de mi amigo, pero hacia ya tanto que no acudia a aquella casa que me sentia de nuevo un extrano. Cecilia desaparecio corredor abajo envuelta en el aura de luz, abandonandome a la oscuridad. Me parecio oir la voz de Tomas a lo lejos y luego unos pasos que se acercaban. Improvise una excusa con la que justificar ante mi amigo mi repentina visita. La figura que aparecio en el umbral del recibidor era de nuevo la de la doncella. Cecilia me dirigio una mirada compungida y se me deshizo la sonrisa de trapo.
- El senorito Tomas me dice que esta muy ocupado y no puede verle ahora.
- ?Le has dicho quien soy? Daniel Sempere.
- Si, senorito. Me ha dicho que le diga a usted que se marche.
Me nacio un frio en el estomago que me sego el aliento.
- Lo siento, senorito -dijo Cecilia.
Asenti, sin saber que decir. La doncella abrio la puerta de la que, no hacia tanto, habia considerado mi segunda casa.
- ?Quiere el senorito un paraguas?
- No, gracias, Cecilia.
- Lo siento, senorito Daniel -reitero la doncella.
Le sonrei sin fuerza.
- No te preocupes, Cecilia.
La puerta se cerro, sellandome en la sombra. Permaneci alli unos instantes y luego me arrastre escaleras abajo. La lluvia seguia arreciando, implacable. Me aleje calle abajo. Al doblar la esquina me detuve y me volvi un instante. Alce la mirada hacia el piso de los Aguilar. La silueta de mi viejo amigo Tomas se recortaba en la ventana de su habitacion. Me contemplaba inmovil. Le salude con la mano. No me devolvio el gesto. A los pocos segundos se retiro hacia el interior. Espere casi cinco minutos con la esperanza de verle reaparecer, pero fue en vano. La lluvia me arranco las lagrimas y parti en su compania.
42
De regreso a la libreria cruce frente al cine Capitol, donde dos pintores entarimados en un andamio contemplaban desolados como el cartel que no habia terminado de secar se les deshacia bajo el aguacero. La efigie estoica del centinela de turno apostado frente a la libreria se discernia a lo lejos. Al aproximarme a la relojeria de don Federico Flavia adverti que el relojero habia salido al umbral a contemplar el chaparron. Todavia se leian en su rostro las cicatrices de su estancia en jefatura. Vestia un impecable traje de lana gris y sostenia un cigarrillo que no se habia molestado en encender. Le salude con la mano y me sonrio.
- ?Que tienes tu en contra del paraguas, Daniel?
- ?Que hay mas bonito que la lluvia, don Federico?
- La neumonia. Anda, pasa, que ya tengo arreglado lo tuyo.
Le mire sin comprender. Don Federico me observaba fijamente, la sonrisa intacta. Me limite a asentir y le segui hasta el interior de su bazar de maravillas. Tan pronto es tuvimos dentro me tendio una pequena bolsa de papel de estraza.
- Sal ya, que ese fantoche que vigila la libreria no nos quitaba el ojo de encima.
Atisbe en el interior de la bolsa. Contenia un librillo encuadernado en piel. Un misal. El misal que Fermin llevaba en las manos la ultima vez que le habia visto. Don Federico, empujandome de vuelta a la calle, me sello los labios con un grave asentimiento. Una vez en la calle recobro el semblante risueno y alzo la voz.
- Y acuerdate de no forzar la manija al darle cuerda o volvera a saltar, ?de acuerdo?
- Descuide, don Federico, y gracias.
Me aleje con un nudo en el estomago que se estrechaba a cada paso que me aproximaba al agente de paisano que vigilaba la libreria. Al cruzar frente a el le salude con la misma mano que sostenia la bolsa que me habia dado don Federico. El agente la miraba con vago interes. Me cole en la libreria. Mi padre seguia en pie tras el mostrador, como si no se hubiese movido desde mi partida. Me miro apesadumbrado.
- Oye, Daniel, sobre lo de antes...
- No te preocupes. Tenias razon.
- Estas tiritando...
Asenti vagamente y le vi partir en busca del termo. Aproveche la circunstancia para meterme en el pequeno lavabo de la trastienda para examinar el misal. La nota de Fermin se deslizo en el aire, revoloteando como una mariposa. La cace al vuelo. El mensaje estaba escrito en una hoja casi transparente de papel de fumar en caligrafia diminuta que tuve que sostener al trasluz para poder descifrar.
Amigo Danieclass="underline"
No crea usted una palabra de lo que dicen los diarios sobre el asesinato de Nuria Monfort. Como siempre, es puro embuste. Yo estoy sano, salvo y oculto en lugar seguro. No intente encontrarme o enviarme mensajes. Destruya esta nota en cuanto la haya leido. No hace falta que se la trague, basta con que la queme o la haga anicos. Yo me pondre en contacto con usted merced a mi ingenio y a los buenos oficios de terceros en concordia. Le ruego que transmita la esencia de este mensaje, en clave y con toda discrecion, a mi amada. Usted no haga nada. Su amigo, el tercer hombre,
Empezaba a releer la nota cuando alguien golpeo la puerta del retrete con los nudillos.
- ?Se puede -pregunto una voz desconocida.
El corazon me dio un vuelco. Sin saber que otra cosa hacer, hice un ovillo con la hoja de papel de fumar y me la trague. Tire de la cadena y aproveche el estruendo de tuberias y cisternas para engullir la pelotilla de papel. Sabia a cera y a caramelo Sugus. Al abrir la puerta me encontre con la sonrisa reptil del agente de policia que segundos antes habia estado apostado frente a la libreria.
- Usted disculpe. No se si sera el oir llover todo el dia, pero es que me orinaba, por no decir otra cosa...
- Faltaria mas -dije, cediendole el paso-. Todo suyo.
- Agradecido.
El agente, que a la luz de la bombilla me parecio una pequena comadreja, me miro de arriba abajo. Su mirada de alcantarilla se poso en el misal en mis manos.
- Yo es que sin leer algo, no hay manera -argumente. -A mi me pasa lo mismo Y luego dicen que el espanol no lee. ?Me lo presta?
- Ahi encima de la cisterna tiene el ultimo Premio de la Critica -ataje-Infalible.