- Estas enamorada de Julian, pero no lo sabes todavia.
En agosto de 1933, Julian me escribio anunciandome que casi habia terminado el manuscrito de una nueva novela titulada El ladron de catedrales. Cabestany tenia unos contratos pendientes de renovacion en septiembre con Gallimard. Llevaba ya semanas paralizado con un ataque de gota y, como premio a mi dedicacion, decidio que yo viajase a Francia en su lugar para tramitar los nuevos contratos y, de paso, visitar a Julian Carax y recoger la nueva obra. Escribi a Julian anunciando mi visita para mediados de septiembre y pidiendole si me podia recomendar un hotel modesto y de precio asequible. Julian contesto diciendo que me podia instalar en su casa, un modesto piso en la barriada de St. Germain, y ahorrarme el dinero del hotel para otros gastos. El dia antes de partir visite a Miquel para preguntarle si tenia algun mensaje para Julian. Dudo un largo rato, y luego me dijo que no.
La primera vez que vi a Julian en persona fue en la estacion de Austerlitz. El otono habia llegado a Paris a traicion y la estacion estaba inundada de niebla. Me quede esperando en el anden, mientras los pasajeros partian hacia la salida. Pronto me quede sola y vi a un hombre enfundado en un abrigo negro apostado a la entrada del anden que me observaba entre el humo de un cigarrillo. Durante el viaje me habia preguntado a menudo como iba a reconocer a Julian. Las fotografias que habia visto de el en la coleccion de Miquel Moliner tenian por lo menos trece o catorce anos. Mire a un lado y a otro del anden. No habia nadie mas excepto aquella figura y yo. Adverti que el hombre me contemplaba con cierta curiosidad, quiza esperando a otra persona, al igual que yo. No podia ser el. Segun mis datos, Julian tenia entonces treinta y dos anos, y aquel hombre me parecio mayor. Tenia el pelo cano y una expresion de tristeza o cansancio. Demasiado palido y demasiado delgado, o quiza fuera solo la niebla y el cansancio del viaje. Habia aprendido a imaginar un Julian adolescente. Me aproxime a aquel desconocido con cautela y le mire a los ojos.
- ?Julian?
El extrano me sonrio y asintio. Julian Carax tenia la sonrisa mas bonita del mundo. Es lo unico quedaba de el.
Julian ocupaba una buhardilla en la barriada de St. Germain. El piso se reducia a dos piezas: una sala con una cocina diminuta que daba a una balaustrada desde la que se veian las torres de Notre-Dame emergiendo tras una jungla de tejados y neblina, y un dormitorio sin ventanas con un lecho individual. El bano estaba al fondo del pasillo del piso inferior y lo compartia con el resto de vecinos. El conjunto de la vivienda era mas pequeno que el despacho del senor Cabestany. Julian habia limpiado a conciencia y habia dispuesto todo para acogerme con sencillez y decoro. Fingi estar encantada con la casa, que todavia olia al desinfectante y a la cera que Julian habia aplicado con mas empeno que mana. Las sabanas de la cama se veian por estrenar. Me parecio que eran de un estampado con dibujos de dragones y castillos. Sabanas de nino. Julian se disculpo diciendo que las habia conseguido a un precio excepcional, pero que eran de primera calidad. Las que no llevaban estampado costaban el doble, argumento, y eran mas aburridas.
En la sala habia un escritorio de madera vieja enfrentado a la vision de las torres de la catedral. Sobre el yacia la maquina Underwood que habia adquirido con el anticipo de Cabestany y dos pilas de cuartillas, una en blanco y la otra escrita por ambas caras. Julian compartia el piso con un inmenso gato blanco al que llamaba Kurtz. El felino me observaba con recelo a los pies de su dueno, relamiendose las garras. Conte dos sillas, una percha y poco mas. Lo demas eran libros. Murallas de libros cubrian las paredes desde el suelo hasta el techo, en dos capas. Mientras yo inspeccionaba el lugar, Julian suspiro.
- Hay un hotel a dos calles de aqui. limpio, asequible y respetable. Me permiti hacer una reserva...
Tuve mis dudas, pero temia ofenderle.
- Aqui estare perfectamente, siempre y cuando no suponga una molestia para ti, ni para Kurtz.
Kurtz y Julian intercambiaron una mirada. Julian nego, y el gato imito su gesto. No me habia dado cuenta de lo mucho que se parecian el uno al otro. Julian insistio en cederme el dormitorio. El, alegaba, apenas dormia y se instalaria en la sala en un plegatin que le habia prestado su vecino monsieur Darcieu, un anciano ilusionista que leia las lineas de la mano a las senoritas a cambio de un beso. Aquella primera noche dormi de un tiron, agotada por el viaje. Me desperte al alba y descubri que Julian habia salido. Kurtz dormia sobre la maquina de escribir de su dueno. Roncaba como un mastin. Me aproxime al escritorio y vi el manuscrito de la nueva novela que habia venido a recoger.
El ladron de catedrales
En la primera pagina, al igual que en todas las novelas de Julian, rezaba la leyenda, escrita a mano:
Para P
Me senti tentada de empezar a leer. Estaba a punto de tomar la segunda pagina cuando adverti que Kurtz me miraba de reojo. Al igual que habia visto hacer a Julian, negue con la cabeza. El gato nego a su vez, y devolvi las paginas a su lugar. Al rato, Julian aparecio trayendo pan recien hecho, un termo de cafe y queso fresco. Desayunamos en la balaustrada. Julian hablaba sin cesar pero rehuia mi mirada. A la luz del alba me parecio un nino envejecido. Se habia afeitado y enfundado el que supuse era su unico atuendo decente, un traje de algodon color crema que se veia gastado pero elegante. Le escuche hablarme de los misterios de Notre-Dame, de una supuesta barcaza fantasma que surcaba el Sena por las noches recogiendo las almas de los amantes desesperados que se habian suicidado tirandose a las aguas heladas, de mil y un embrujos que inventaba sobre la marcha con tal de no permitirme preguntarle nada. Yo le contemplaba en silencio, asintiendo, buscando en el al hombre que habia escrito los libros que conocia casi de memoria de tanto releerlos, al muchacho que Miquel Moliner me habia descrito tantas veces.
- ?Cuantos dias vas a estar en Paris? -pregunto.
Mis asuntos con Gallimard iban a llevarme unos dos o tres dias, supuse. Mi primera cita era aquella misma tarde. Le dije que habia pensado tomarme un par de dias para conocer la ciudad antes de regresar a Barcelona.
- Paris exige mas de dos dias -dijo Julian-. No se aviene a razones.
- No dispongo de mas tiempo, Julian. El senor Cabestany es un patron generoso, pero todo tiene un limite.
- Cabestany es un pirata, pero incluso el sabe que Paris no se ve en dos dias, ni en dos meses, ni en dos anos.
- No puedo estar dos anos en Paris, Julian.
Julian miro un largo rato en silencio y me sonrio.
- ?Por que no? ?Alguien te espera?
Los tramites con Gallimard y mis visitas de cortesia a varios editores con quienes Cabestany tenia contratos ocuparon tres dias completos, tal y como habia previsto. Julian me habia asignado un guia y protector, un muchacho llamado Herve que tenia apenas trece anos y se conocia la ciudad al dedillo. Herve me acompanaba de puerta a puerta, se aseguraba de indicarme en que cafes tomar un bocado, que calles evitar, que vistas apresar. Me esperaba durante horas a la puerta de las oficinas de los editores sin perder la sonrisa y sin aceptar propina alguna. Herve chapurreaba un espanol divertido, que mezclaba con tintes de italiano y portugues.